Después de escribir durante tantos años ─hablo de más de dos décadas─ a veces yo también me planteo la aburrida pregunta: ¿por qué sigo haciendo esto? Y ahí voy de nuevo, con lo misma cantinela: escribo porque, más que en cualquier otra cosa, creo en la supremacía de las palabras. Para mí, su imperio es deliciosamente libertario: conduce el fraseo como quiere y manipula el contenido a su capricho. Y hablando en términos terapéuticos, escribo sobre todo para que los dedos no se me entuman. Y creo que eso ya lo apunté en otra parte, pero qué importa: me gusta reiterarlo. Lo hago también porque soy un hombre de hábitos. Sí, efectivamente, un tipo rutinario. Ignoro si esto que yo hago es una costumbre y una pasión, como dicen. Escribo porque dicen que las palabras evocan y, de ser así, entonces tendría que confesar que soy un sujeto memorativo. Escribo porque me gustan la pequeña celebridad y la discreta atención que me ha proporcionado la escritura, aunque casi siempre afirme lo contrario. Escribo para estar solo y, al mismo tiempo, para estar acompañado. Ya saben: de personajes. Escribo porque sin que nadie me lo pregunte puedo decir que mi madre cocinaba un arroz suculento y mi padre hacía box de sombra en los Baños Niágara. Escribo porque puedo decir, a mi entera forma y cuando quiera, lo que me pegue la gana. Escribo porque me gusta ser leído. Escribo porque después de salir del sanatorio, luego de un malogrado intento de suicidio, es lo único que puede hacer, mientras estuve en cama. Escribo y publico con cierta regularidad porque al fin y al cabo eso es lo único que los lectores esperan de mí. Escribo porque las palabras aparentan sabiduría, y porque me gusta transformar en frases hermosas toda la mugre que viví cuando era niño. Escribo no para contar la historia que viví sino para crear otra historia diferente a esa. Escribo porque regularmente soy flojo y, anotando esta o aquella bagatela, voy evitando que mi desidia triunfe. Escribo porque, después de todo, no se vive tan mal de esto: porque con ello pago el alquiler y las cuentas. Escribo porque, aunque voy sacando muchas cosas, aún no consigo vaciarme de sandeces. Aunque algunos digan que mi escritura es agresiva y ofensiva, yo hago esto para tranquilizarme. A veces, sin preverlo, escribo utilizando el gimoteo. No es mi culpa. No siempre puedo contenerme, y en ocasiones lloro. Me gusta la ironía, y no cedo a denunciar las miserias del mundo en mis textos porque me fatiga que hoy casi todos los personajes compitan en estar arruinados.

Además de todo, escribo porque hacerlo me permite disfrutar poniendo palabras imaginarias en boca de personajes ficticios, lo cual hace que la actividad literaria me resulte relajante en los intervalos en que no estoy pergeñando noticias tontas y efímeras en los periódicos donde casi toda la vida he trabajado.

Ahora mal: jamás me he tomado muy en serio este pasatiempo literario. Y precisamente por eso continúo aquí, esparciéndome. Estoy persuadido de que cuando comience a solemnizarme dejaré de escribir y, si todavía conservo cierta agudeza, me internaré en el mundo de los videojuegos. Escribo porque, llegado un tiempo, hacerlo me ha parecido muy fácil. Ayer, alguien me preguntó ─creo que un tipo que se llama Rubén, en el trabajo─ que si creía en la literatura como un algoritmo. Le dije que sí. Bien mirado, yo todo el tiempo uso moldes y arquetipos. Para mí, que toda la vida escuché música, la literatura debe tocarse con instrumentos afinados. Más que el mensaje, me importa la eufonía. Una metáfora por aquí, una licencia poética que transforme mis enunciados en octosílabos o endecasílabos y, tarán, lista mi paginita del día. Escribo sin plantearme argumentos en particular. Aunque el libreto parezca coherente, yo voy saltando de un lado para otro, para simular cierta libertad que, en estricto sentido, no existe. Puras palabras de diccionario, que voy combinando con más o menos fortuna, así, mi literatura.

Al final, mediante la aplicación continuada de ciertas artimañas literarias, he conseguido, a la edad de 55 años, la independencia económica, lo que significa que estoy en condiciones de costearme mis vicios, mientras sólo fume cigarros baratos, evite el alcohol, y vaya a ver una película los miércoles. Si me sobra algo, lo destino a la compra de libros que hojeo como si fuesen catálogos, a ver qué historia me parece lucidora y, modificando ciertas generalidades, la recompongo. Y de ese modo, para ir forjando mi literatura, no necesito de más líricas o adornos portentosos.

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