Mirar el mundo es estar atento a lo que sucede más allá de nosotros, más allá de lo que a simple vista se atisba. Estar atento nos mantiene en una preocupación constante sobre los hechos del mundo. El poeta tiene también una manera particular de nombrar el mundo a través de su arsenal lingüístico.

La poesía es esa brevedad de mirar con los ojos una realidad.  Paul Valery acota lo siguiente: la poesía sigue siendo ese resquicio maravilloso de asombrarnos. Aún más allá de su secreto, se extrae el néctar de palabra, el néctar poético que nos transporta hacia algo inexplicable, es decir, a ese otro mundo que se sublima con el pensamiento. Dentro de cada poema del poeta hay una realidad que tiene que ver con su conocimiento del mundo, con sus lecturas, pero sobre todo con su conocimiento de vida. Encontramos en el poema una verdad que sólo es cierta en ella misma, el poema nos revela un verdad ya vivida, una certeza de haber tenido un contacto con las cosas de la vida. Hay pues en el poema ese carácter de certeza.

Piel de tierra de Hubert Matiúwàà tiende ese vínculo entre la verdad y la poesía, es decir, la certeza de cada verso, de cada palabra que van significando un mundo, en el cual, sin equivocación va nombrando para situarnos en una realidad.

La oralidad se transforma en escritura, las enseñanzas en una piel verdadera. ¿Cómo transformar esa oralidad en algo tangible? ¿Cómo transcender de lo oral a lo escrito? En el libro mismo encontraremos respuestas muy acertadas para responder estas preguntas.

La oralidad y la escritura son necesarias para producir sentidos y conceptos. En Piel de tierra confluyen y se dan cita estos dos términos, así propiciar el pensamiento colectivo una sociedad. La poesía  nos une en ambos territorios. La palabra se siembra en la tierra y en la piel.   Construye en todos los sentidos vasos comunicantes no sólo hacia una región, sino que universaliza y construye y hermana. María Zambrano atestigua que:

La cosa del poeta no es jamás la cosa conceptual del pensamiento sino la cosa fantasmagórica y soñada, la inventada, la que hubo y la que no habrá jamás. Quiere la realidad, pero la realidad poética no es sólo la que hay, la que es; abarca el ser y el no ser en admirable justicia caritativa, pues todo, todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser jamás.

 

Piel de tierra justifica ese sentido del poeta. En su cartografía el libro nos muestra la estructura de una visión muy particular del mundo, mejor dicho, del mundo de Hubert Matiúwàa, que, a través de la percepción de mirar y nombrar, ejecuta su palabra para llegar más allá de toda interpretación, desborda en imágenes la identidad de los Mè phàà.

El poemario Piel de tierra está construido en seis voces que nombran: La cicatriz de mi voz, Soñaron los perros, Voz de la abuela, El silencio de la abuela, Hombre de piel, Piel de tierra.

En La cicatriz de mi voz encontraremos al poeta dando utilidad a la palabra, es decir nombrar para arraigar ese silencio y desde ahí predicar, atesorar la palabra, concluir en la palabra, acercarnos a ese silencio que dice y renombra:

Pongamos la palabra en el oído del viento,

En la piel de la serpiente, en la raíz del higo blanco,

Allí irá nuestra voz, día a día entre la tierra caliza.

 

Y sigue apuntando:

Despertemos el silencio del pájaro

Que guardó en su canto el arco iris.

 

Comentaba líneas arriba que hay en este poemario esa dualidad de oralidad y escritura, la oralidad que nos forma desde ese conocimiento de los abuelos, de los padres, que tiene mucha importancia y con la cual crecemos y entendemos parte de nuestro mundo, aunque el mundo cambie y las circunstancias sean distintas, pero el pensamiento y la tradición tienen que salvaguardarse:

Al decir la palabra triste de los abuelos,

Decimos: palabra que mira,

Que guarda, que vive.

 

En la memoria se reconstruye el pasado, por eso Hubert siembra la memoria en la hoja en blanco, cosecha palabras y conserva la tradición oral en la blancura y transparencia de esa misma memoria. El poeta sabedor de sus costumbres y de su ideal siempre tiene tiempo para pensar, y, en este pensar reflexiona sobre lo que nos acontece, porque el poeta le da realidad a la comunidad, le da certeza a la vida. Felipe Benítez asegura que la poesía es el resultado de un proceso de reflexión estética, de actuación verbal y especulativa… Hubert entonces, actúa sobre esta realidad, porque a pesar de todo, la poesía es en ella misma una certeza y una verdad.

En la voz Mè phàà el poeta Hubert confirma su condición de ser porta voz, se reconoce, como alguien que tiene sus raíces en la montaña de Guerrero:

De ti, vengo tierra, vengo pueblo,

Vengo triste palabra, pequeño tallo,

Amarillo dolor en hoja.

 

Se nace tierra y nos volvemos piel. Hubert atestigua pues la palabra y las despierta al nombrarla, porque así uno es real cuando lo nombran, entonces la voz Mè phàà se hace estallar cuando alguien la nombra, ahí en la voz misma se sabe viva, piel, tierra. Rubén Bonifaz dice:

En la obra de todo poeta existe una serie de palabras, significantes de conceptos o de contenidos emocionales, que pueden servir de clave para descifrar la visión que él tiene del mundo.

Porque la lectura de un poeta es, para quien la hace, un instrumento iluminador de sí mismo, que amplía y enriquece sus capacidades comprensivas de sí mismo y de las cosas que lo circundan.

 

Hubert con este poemario nos ilumina. Su voz es la voz de todos y como la oralidad esta voz se pasara de voz en palabra escrita, lleva a cuesta su conocimiento y sus costumbres, en su poema La noche en que no duerma, nombra una realidad en la que nadie está ajeno, el poeta sabe que la noche tiene sus misterios y sus demonios. Las noches en que no se duerme se hacen largas, duraderas en su pensamiento, largas noches de insomnio, el poema dice que en la noche que no duerma sentirá un terror:

En la noche que no duerma,

Tendré dos ojos del día

[…]

Miraré el sueño en plumas de pollos,

A los abuelos pedir por sus hijos

Que viven en el norte

Y a los que quedaron en el camino

[…]

A mi madre quien me dio la voz del pensamiento

Y oiré la lumbre acariciar a la leña

Que pintará el comal que  sostendrá la casa.

 

Aparte de sentir como nos va comunicando una realidad, el poema comulga con las formas de ver una certeza. Porque sus palabras se unen para dar fe no sólo de un mundo particular, sino de un mundo más allá. De una realidad. Y la referencias maternas y de la casa son imprescindibles para el poeta, porque es ahí donde uno aprende los menesteres de la vida, ahí cosechamos esperanzas, hambres, tristezas, dolor, alegrías, juegos y sobre todo conocimiento. Dije que se cosecha dolor pero el dolor tiende sus caminos para hacernos referencia de que se vive siempre a cuestas de algo. En el poema La primera lluvia, el poeta nos confirma ese dolor de marcharse pero sin olvidar  lo que se aprende en la casa:

Como dijo la abuela:

Si he de hirme

Con las primeras lluvias,

Me llevaré tu silencio

Y tus ojos,

Para que tú brotes palabra,

Brotes corazón.

 

En esta realidad, hay imágenes bellas construidas a partir de lo emocional, es decir, de lo que nos hace referencia: brotas corazón, sentencia el poeta y nos calla con esa imagen, nos hace pensar en la belleza de su palabra, de su conocimiento humano, de su sentir.

El poeta es pues un evangelizador de los buenos deseos. La poesía nos acerca a un conocimiento estético del poeta. Hecho de voz, el poeta nos da su palabra, nos revela una verdad que ahí se hace posible.

Piel de tierra es un poemario donde encontramos honestidad desde la poesía misma, nombra mas no moraliza, tiende poemas como una verdad absoluta, camina por senderos donde uno se acomoda a sentir golpes poéticos. La voz misma del poeta se transforma.

El lector sin duda tendrá en sus manos y en sus ojos un libro que asiste al encuentro con la poesía. Piel de tierra de Hubert es carne que generaliza a todo un pueblo, da voz y realidad, dice: Mi pueblo, hoja de olvido,/casa donde amaneces en sereno. No es hoja de olvido es una realidad. Han estado desde mucho antes, el corazón de la Montaña está más presente, más palabra. El corazón de la Montaña es Piel de tierra.

 


Ulber Sánchez Ascencio (Tepetixtla, Coyuca de Benítez, Guerrero). Licenciado en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Guerrero. Ha publicado los libros de poesía: Días como esas tortugas que van al mar (Verso destierro, México, 2010), Como música de Mahler moran las tristuras de la infancia (Instituto Mexiquense de Cultura, Estado de México, 2011), Bajo el signo del cardo (La tinta de Alcatraz, estado de México, 2012) Su trabajo aparece en las antologías de poesía: Más vale sollozar afilando la navaja. Antología extroficial de poesía. (Cuiria ediciones, México, 2004), 40 barcos de guerra, antología de poesía y sus editoriales. (Verso destierro, México 2009).