William Blake fue un muchacho imaginativo y visionario. No era alto y, aunque sus miembros eran escuálidos, nunca se arredró ante una talla fornida ni una voz de barítono. A la menor provocación, el hijo de James Blake —un humilde vendedor de calcetines— se liaba a golpes con quien fuera.

Un día le dijo a su madre —Catherine Wright, una maestra que decidió no llevarlo a la escuela y educarlo en casa— que había visto un árbol atiborrado de ángeles, y no le había dado miedo. Esa clase de portentos le parecían normales y, más tarde, se dedicaría a recrearlos tozudamente en su obra. Su camaradería con los seres invisibles conservó durante toda su vida una especie de candorosa familiaridad, y nunca se sintió turbado por su comercio con el mundo sobrenatural. Un día, mientras estaba recostado en su cama, sintió morir de terror al ver a Dios asomarse por la ventana de su habitación.

Blake fue un asaz lector de las Sagradas Escrituras y jamás leyó la Biblia sin que un ángel caído —invariablemente culto y armado de una aplastante filosofía— llegara hasta donde él se encontraba, vomitado desde las mismísimas mazmorras del infierno, exprofeso para esclarecerle el texto. Blake se tuteó con Moisés y Dante, sin que ni el uno ni los otros se sorprendieran de tan excéntricas confiancitas. En la mesa de su casa, los profetas Isaías y Ezequiel compartían con él los alimentos. El poeta Milton también solía dialogar con el poeta inglés, aunque a veces se ponía pesado y tenía que despedirlo: “He visto a Milton ayer… He intentado demostrarle que estaba equivocado. Imposible”.

“A quién saluda usted” —le preguntó un día, intrigado por su monologante afabilidad, cierto amigo que lo escuchó hablar consigo mismo. “Al apóstol Pablo” —le respondió Blake, muy quitado de la pena.

Algunos de sus coterráneos le llamaron despectivamente “Mad Blake”. Y para aligerar el apodo, dijeron que sus múltiples desvaríos, bien vistos, podrían ser “una locura trascendental”. En otra ocasión, algún visitante inopinado encontró a Blake y a su mujer —completamente desnudos— sentados en el piso, leyendo precisamente al autor de El paraíso perdido. “Entre usted” —dijo Blake, cordialísimo. “No somos más que Adán y Eva”.

Un día escandalizó a la concurrencia —y sobre todo a su mujer, Catherine Boucher— cuando anunció que, tal como había hecho Abraham, tomaría una segunda esposa. Pero Catherine —que no sabía escribir pero sí protestar— se opuso con tal firmeza a la frescura de su esposo que el poeta tuvo que renunciar a seguir al pie de la letra las enseñanzas que había aprendido en el Pentateuco. Y privarse de sus anhelos, por cierto, era algo que lo indignaba y le ponía los pelos de punta. Blake sostenía que quienes “reprimen su deseo son aquellos cuyo deseo es bastante débil para poder ser reprimido”, que la “senda del exceso lleva al palacio de la sabiduría”, y que “la prudencia es una fea y rica solterona cortejada por la incapacidad”.

Era un hombre testarudo y, en contraste con sus queridos y admirados profetas —que estaban imbuidos de una soberana majestad y ya no sentían el aguijón de las pequeñas y viles animosidades humanas—, su intolerancia sobrepasaba cualquier cosa. Una mañana, mientras intentaba explicarle a un grupo de estudiantes cuál era el origen de las efigies pintadas y las ceras multicolores que adornaban los muros interiores de la Abadía de Westminster, un jovencito creyó chistoso interrumpir su arenga. El iracundo Blake no tolero la hazaña y, dándole un certero puñetazo en el pecho, lo hizo caer de bruces desde el andamio en que ambos estaban.

William Blake se alimentó –quizá hasta el empacho– de literatura hermética y siempre tuvo una mórbida inclinación por lo misterioso y sibilino. En una semblanza descuidada, el escritor estadounidense Julien Green —que tanto propagaba su admiración por el autor de Tiriel— afirma que Swedenborg fue el teólogo a quien Blake más admiró. Pero se equivocó. O mintió deliberadamente. O quizá algo más tonto: concentrado en repetir los datos biográficos cacareados por tantos otros, el orgulloso gringo —que por cierto fue el primer extranjero en ser elegido miembro de la Académie française— no puso atención a lo que el propio Blake había escrito: “Swedenborg se envanece de que cuanto escribe es nuevo, aunque sólo es un índice o un catálogo de libros publicados antes”. Y más adelante, con más énfasis, agregó que no pretenda sostener que sabe algo más… “sólo sostiene una vela al sol”.

Y es que el profeta Blake, con una rabia parecida a la de Cerbero, fue un guardián implacable de sus propias creencias. Y no dejó pasar por su puerta a nadie que no se ajustara íntegramente a sus autosugestiones. Odiaba rabiosamente a la “iglesia oscurantista” y, aunque propuso unas anómalas bodas entre el cielo y el infierno —o precisamente por eso— afirmó que una de las peores experiencias que había tenido había sido “montarse en el coche fúnebre del matrimonio”.

Blake, por otro lado, fue también un dibujante concienzudo: no sólo ilustró sus propios libros —Cantos de inocencia, Canciones de experiencia, etcétera—, sino que también introdujo a sus personajes desnudos, alados y musculosos entre las páginas de obras como El Paraíso perdido, de su venerado Milton, El libro de Job y, además, comenzó las ilustraciones —que nunca terminó— de La Comedia de Dante. Y no concluyó porque Blake sólo dibujaba cuando, según decía él mismo, había tenido alguna importante revelación. Sus bocetos —que hacen pensar en terroríficos esbozos del Día del Juicio— contienen imágenes, en ocasiones de abatido espanto y, en otras, de feroz alegría, pero siempre apocalípticas.

Durante un buen rato, nadie se ocupó de imitarlo —o no pudo— y no fundó escuela. Tampoco es que su literatura hubiera querido tocar al gran público. Pero incluso sus escasos lectores, muchas veces, se sintieron ofendidos por sus asperezas. Los editores lo exasperaban y, contrario a lo que sostienen ciertos reseñista descuidados, jamás salió a buscarlos para ofrecerles sus manuscritos. El autor de El matrimonio del cielo y el infierno —dijeron en su momento sus muchos detractores— escribía cosas crípticas e indecentes. ¿Sería necesario agregar que vivió y murió pobre? Curiosamente, muchas décadas después de su muerte, sería un poeta escéptico que le cantó al sadomasoquismo, al lesbianismo y al suicidio, Algernon Charles Swinburne, el encargado de exaltar la imagen y erigir el altar pagano del iluminado William Blake.