Él se encuentra estático, plantado frente al televisor con los ojos como platos, extendidos de par en par casi a todo lo que da el párpado superior. El televisor está apagado. Dentro de su cabeza, dinámicamente se mueven las células y neuronas como en un baile de graduación, en movimiento oscilatorio de atrás hacia adelante, de un lado a otro, caminan, como en el .gif de que vimos el otro día en Facebook; una célula caminaba con una bola de endorfina sobre lo que parecían sus brazos, pero las células no tienen brazos. El corazón le palpita con fuerza en los oídos. Lo siente en los oídos al compás de la música barroca. Vibrante, remarcada, melodiosa, alegre, estentórea. Así le palpita el corazón. Bueno, nada, se fue, ¿qué se puede hacer? El muchacho se quiere reventar los tímpanos. Da igual si enciende el televisor, todo da igual, pero no se quiere mover. No puede. Si se quemara la casa daría igual. Pero tampoco la casa va a quemarse. Tiene todo el ruido concentrado en los oídos. De haber sido permitido por las estructura de la oreja, tendría los audífonos adheridos a los tímpanos. Y todo lo demás; el cuerpo entero adherido al sofá. Existen tantas palabras para denominar el desagrado, se dice (sí, se dice cosas, porque no está en coma): detestable, execrable, ominoso. Pero esas son demasiado bonitas. Demasiado correctas. La puta de tu madre. No. Demasiado incorrecto.

Comienzan a bajarle lágrimas por el contorno de la cara al tiempo que conserva la expresión cómica de estupefacción. Le corren lágrimas porque no había parpadeado durante un minuto. Un minuto con las pupilas fijadas a la pantalla apagada del televisor. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? Empieza a parpadear con frenesí para refrescarse las córneas. Le arde. El estruendo armonioso continúa reproduciéndose en el ipod, entrándole por las orejas como si se tratara de transfusión de vitaminas vía intravenosa. Vía intrauditiva. Tiene los párpados apretados, arrugados como mínimas hojas de pergamino.

Se vira de repente para descubrir que la pantalla de su teléfono está encendida, señal de que está sonando. Suena en silencio, porque él no puede escucharlo. Es ella, se dice, es ella, que sí, que sí, me cago en todo si no. Pero por supuesto que no, porque ella se fue. Coge el teléfono y es su mamá. “Te compré la vaina”. Bueno, fino, me da igual. Cómpramela a ella y me paro de esta mierda. Pero no, ella no se compra. Él piensa quedarse sentado en ese sofá todo el día, con Bach succionándole toda posibilidad de reflexión. Si hacemos una radiografía de sus pensamientos, vemos a Marion comiendo helado, tiene la lengua más bonita que haya visto. Él quiere que Marion venga a pasarle esa pequeña lengua por su cara, pero en lugar de pensar en una forma de lograrlo, se queda a pensar en ella haciendo ese movimiento con la lengua, de arriba a abajo, con el cabello suelto, los pelos se le desmoronan por encima de la cara, y se le meten en los ojos, enredados en las pestañas, en el helado, en la lengua, y se ríe, al tiempo que intenta sacarse el pelo de la boca con la mano diminuta, con los dedos mínimos como gusanitos blancos. Quiero que me acaricie con esos dedos. Y ella va a volver, porque siempre, putas, vuelve. Pero no, no sería así. Esta vez no.


Rebeca Betancourt (Mérida, Venezuela, 1991)Estudiante de Idiomas. Escribe cuento y poesía. Publica en un blog de asuntos terrestres:  L’Accordéon.