Quiero un vaso de agua, es todo. No se creería lo complicado que es llamar a la puerta de alguna persona y pedírselo. Cada vez es más difícil para los hombres como yo el diario vivir en las ciudades. Antes, cuando el ambiente en los barrios parecía ser tranquilo, revisaba los botes de basura y ahí me encontraba dos que tres cosas, tanto para vestir como para comer. Pero ya ni  meter las manos dentro de los contenedores es bueno. 

El otro día que revisaba uno en una zona de gente de dinero, esperando hallarme alguna ropa o algo que aún pueda ser comestible, sentí un olor a podrido que no parecía ser ni de frutas ni de leche. Pensé que podría ser un perro o un gato muerto. Pero pensé mal. Hurgando entre el mosquerío, cartones y bolsas, encontré la cabeza de un hombre con los ojos y boca a medio abrir. 

Yo, que he vivido de la basura durante ya un tiempo, nunca había sentido la mínima provocación. Esa vez vomité hasta lo que no tenía en el estómago. 

Desde eso ya me la pienso para meter mis manos entre los desechos. Más porque los muertos ahora son pan de cada día. Solo hace falta ver algunas páginas de los periódicos de las últimas semanas para darse cuenta de eso. Por lo general, los medio leo cuando en alguna banqueta del parque los viejos y señores los olvidan después de usarlos. En las primeras planas, siempre al lado de las muchachotas, se ven  las imágenes de algún encontrón de carros, pleito de vecinos, robos en casas y, últimamente, baleados más que nada. CABEZA DE PLOMO decía un encabezado del último periódico que tuve en mis manos. En la foto un hombre estaba con la cabeza toda agujereada de “diez tiros en la choya” según lo escrito.  

Y entre todo ya ni a uno que no tiene nada que ver lo dejan tranquilo. Para una tarde, dormía bajo la sombra de un árbol, con un periódico en mí nuca como almohada y soñaba con Carmen, mi ex mujer, la que me dejó por borracho y mujeriego hace ya no sé qué tanto, hasta que el cañón de una metralleta me despertó a picotazos en la frente. Al abrir los ojos un par de borrosas siluetas azules me hicieron pensar que seguía en el sueño, pero en cosa de un segundo, cuando la vista se me hizo clara, las siluetas pasaron a ser un par de policías.

Me treparon a una patrulla y me llevaron a la estación. Ahí me hicieron preguntas sobre un tipo con un alacrán tatuado en el cuello. Que porque había ya varios reportes de gente que en noches lo tenían visto dentro del parque de manera sospechosa. Yo les dije que veo a muchas personas todos los días pero que nunca había visto al sujeto del alacrán. Me preguntaron varias veces si estaba seguro, mismas que conteste que sí, que estaba seguro de no haberlo visto. Quise también preguntar que a qué se referían con que el hombre actuaba de manera sospechosa, pero ya sabía como se ponen cuando les respondes con preguntas. En lo que pasaba todo eso, vi un botellón de agua a espaldas de los oficiales.

Después de algunos zapes y jaladas de pelo, cuando se dieron cuenta que de verdad no sabía nada y por fin me dejaron ir, les pregunté si podían ofrecerme un vaso de agua, pero lo que me dieron fueron cinco para que me retire del lugar.

Hoy está nublado. Da la impresión que lloverá recio. Los aromas a madera fresca que se desprende de los árboles y el de tierra húmeda se pueden oler por las calles.

Llevo ya varias casas y nada, nadie me quiere dar un vaso de agua. En algunas hasta me ven y me ignoran, en otras de plano ni salen. No sé qué pensarán, tampoco sé que les cuesta. Es un vasito y ya, nada del otro mundo.

Estoy llamando a la puerta de esta casa. Un perro saca medio hocico fuera de las rejas. Con cada ladrido la sacude. Es un perro sin raza. Me agacho y lo miro unos segundos a los ojos. Esta táctica nunca me falla. Ya puedo acariciarle en la nariz. El perro jadea. Le digo que tranquilo, que no le voy hacer nada. Ahora escucho la voz de una mujer. Me levanto e intento pedirle un vaso de agua o algo que pueda ofrecerme, pero no puedo ni terminar de decir lo que diría porque es Carmen. Creo que ella no me reconoce. O tal vez sí. Una voz de hombre grita desde dentro de la casa a Carmen que quién es, Carmen no le contesta. Escucho que alguien se levanta de una silla y se asoma a la puerta. Veo el tatuaje de alacrán en su cuello, también veo otros tatuajes en su pecho y brazos. Mi corazón se vuelve de piedra y se desmorona en un segundo. Sáquese para allá pinche viejo, me grita el hombre.

Estoy caminando hacia el parque, las primeras gotas de agua caen sobre mi hombro. Calles adelante, el muro de lluvia avanza hasta donde me encuentro.

 


Jorge Orlando Correa (Chetumal, Quintana Roo, 1992). Es coordinador del Fanzine Gazapo. Ha tomado el taller de cuento de Leonardo Garvas. Cuenta con publicaciones en medios literarios y culturares como La Rabía del Axolotl, Cantera Malaquita, Gaceta del Pensamiento, Revista PUF y su blog personal. Estudia una licenciatura en Humanidades en la UQROO.