Mi trabajo es simple, y anodino, si se quiere. Me gano la vida escribiendo postales de amor y amistad en una pequeña compañía. No es complicado. Hace veinte años me gradué como estudiante de literatura y, no sin cierto esfuerzo, conseguí asimilar bien algunos trucos para redactar. Aun hoy, a mis cuarenta años, me beneficio de lo poco que aprendí en aquellos lejanos tiempos. De hecho, con un poco de aplicación, he logrado pergeñar en el basurero de las obviedades algunas recetas efectistas. Nada innovador, la verdad. Mutaciones sobre el mismo argumento. A veces me doy el lujo de redactar textos ambiguamente ingeniosos. En ocasiones, no siempre, me permito una rima. O dos. Y en los instantes de mayor sugestión, que son francamente pocos, hasta he llegado a atrever una copla que, me duele un poco decirlo, muy pocos notan. En todos los casos, cuando la nota para la postal está terminada, la leo, en voz alta, una y otra vez, como declamándola. Luego la imprimo, la paso a diseño para que ellos se encarguen del resto, y fin de la farsa.

Luego de cinco años dedicado a repetir el mismo quehacer, casi podría afirmar que tengo perfectamente domeñada mi argucia. Poseo, según me han dicho varias personas, una imaginación que vale muy bien calificar de chisporroteante. No necesito mucho. Me inspiro con poco: una tacita de café y una bandeja con galletitas glaseadas me son suficientes para redactar cinco o seis tarjetas. No requiero más. Como quiera, todo ese anotar y repetir las mismas futilidades cada vez me sienta peor. No es que alguna vez haya sido especialmente avispado. Pero lo cierto es que ese trabajo ha contribuido a que me torne aún más liviano. Incluso me ha rondado la idea de renunciar. Pero la vida es cara y hay que cubrir algunos presupuestos.

Muchas veces he llegado a sentirme como emparedado en una galera de mezquindades. Y aunque lo intento, no puedo engañarme. Desde el principio, supe que mi trabajo consistía en confeccionar artículos de mercería. En su mayor parte, por no decir siempre, se trata de nimiedades dirigidas a un auditorio de pelmazos. Como tantos otros redactorzuelos, yo también tuve sueños de convertirme en un escritor verdadero. En mi cabeza, incluso, tuve la idea de configurar una especie de Nueva Atlántida. Pero mi imaginación ─o mi nula capacidad literaria─ no me alcanzó para que ese mundo soñado pudiera emerger hasta la palabra y se convirtiera en libro. Hace ya bastantes años que mis aspiraciones se derrumbaron como un castillo de naipes.

Muchas veces quisiera aguantar la respiración, sumergirme en ese fango de mediocridades y resurgir donde se aspire un aire más venturoso. En suma: muero de tedio. Más allá de ese trabajo o cualquier otro, que los he tenido, se me antojaría mucho apoltronarme en un lugar y dejar correr los años, modestamente. Pero esos gimoteos, no sé por qué, se han convertido en algo habitual en mi vida. Hace tanto que lo hago que ya perdí la cuenta del tiempo que he pasado hipando y pifiando mi mala suerte. A esta hora no sabría distinguir si he sido el intérprete o la simple comparsa de una comedia cuyo protagonista parece interpretar un doble papel: animador burlesco y actor adusto. Pero tampoco me nace lamentarme. Hará cosa de cinco años, o seis, que adquirí el hermoso don de no quejarme nunca. Agobiado así de remembranzas, acongojado de cabeza y corazón, desgarrado entre una cosa y otra, me siento fraccionado, discordante. Completamente inconexo. Contrastado y, pese a todo, de acuerdo siempre conmigo mismo