Así empezó todo.

 

El paisaje nocturno de un parque, el vaivén de la cuerda de un perro, la presencia de una luna que menguaba, tu imagen y yo.

 

Me solté del pasamanos al mirar que tu cachorro atravesaba corriendo la fronda sin hallar ningún obstáculo en su huida. Atrás quedaban tu semblante sofocado y el reclamo casi apenas perceptible que pedía poner un fin a su carrera, antes de hallarse a merced de los autos que surcaban la avenida, amenazantes al encuentro de su prisa. Mi planta holló la cinta azul de su correa al tocar el suelo, y en el vértigo absoluto de un instante, superado el estertor que lo obligó a frenar el paso, se hallaba a salvo.

 

Llegaste a mí cuando cruzaba ya los brazos satisfecho de mi hazaña, quebrando el flanco de mi torso sobre el filo de la barra vertical que sujetaba a la estructura de aquel juego que elegí como aparato de ejercicio y permitiendo que el cabello me cayera sobre el rostro, dejando ver tan solo a uno de mis ojos. Desde entonces, cada vez que tu memoria me buscaba en sus archivos, recordabas la postal de aquella imagen que a decir de tus palabras cautivó inmediatamente a tus sentidos.

 

Aquella noche regresamos de la mano hasta el centro del pueblo, escuchando ensimismados el rumor que hacía de pronto coincidir a nuestros pasos a partir de aquella hora, luego de haber intercambiado como cargas de las manos que no unían a nuestros cuerpos a los pliegues de mi vieja sudadera y a la cuerda que lograba sujetar de nueva cuenta a tu cachorro.

 

Al llegar hasta tu casa fue sencillo decidir que cada tarde volveríamos a encontrarnos para hacer juntos el viaje de regreso; y fue también común acuerdo el resolver que cada obstáculo que hiciera que soltásemos las manos al andar sería tomado como algún augurio adverso. Así logramos inventarnos nuevas rutas que intentaban prolongar nuestros encuentros a la vez en que eludían a la presencia de los árboles y postes que surgían a nuestro paso.

 

Coincidiendo con el tiempo en que el cachorro elevaba su talla y mudaba de pelo, poco a poco hiciste ver que otros ocultos meridianos de tu piel guardaban tonos y texturas para mí desconocidos. Aunque, a pesar de la delicia de su encuentro, nunca supe definir a tales horas bajo el nombre del amor. Pero tampoco me negué a la providencia de la entrega que dejaba que trazara en los contornos de tu piel una guarida que sirviera de refugio a mi deseo.

 

Te enseñé a reconocer a los impulsos que ostentaban superar tu voluntad y hallaste en mí nuevas respuestas a las dudas que aún no habías tenido tiempo de plantear a tu conciencia de mujer; aunque al momento en que intentabas traducir mis emociones en palabras obtuviste solamente a mi silencio.

 

Así la noche cobijó miles de veces al gemido detonado por tus labios tras la exacta precisión del recorrido de mis manos sobre la húmeda planicie de tu piel, cuando ya sólo la fatiga de tu perro y la velada claridad de las estrellas y los faros se atrevían a atestiguar discretamente a las primicias que ofrecía tu vespertino florecer. Y tras domar la vastedad que me entregó tu geografía, también yo quise huir de ti.

 

Fue la tarde que trazamos nuestro último paseo. Concentrado en repasar de nueva cuenta mi discurso de ruptura, no me pude percatar de que la sombra de un tronco talado imponía su presencia ante mí. Liberar de improviso tu mano llegó a persuadirme que hacía lo correcto.

 

Y así acabó todo.

 

El paisaje nocturno de un parque, el vaivén de la cuerda de un perro, la presencia de una luna que menguaba, tu imagen y yo.

 

Pero en esta ocasión fue distinta la huida, eras tú quien colgaba de aquel pasamanos la tarde después de escuchar mis palabras, ceñida a tu cuello la cuerda tensada del perro que un día rescaté.

 

 


Santiago de Arena, (Ciudad de México, 1976). Escritor, dramaturgo, editor, director de teatro, locutor y promotor cultural. Miembro de la Fundación para las letras Mexicanas y de la Sociedad Iberoamericana de Escritores. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana. Se ha desempeñado en el terreno de la docencia, la dirección y la crítica teatral y la coordinación de talleres culturales y de creación literaria. Es autor de aforismos, poesía, ensayo, artículos periodísticos, piezas teatrales y obras narrativas. Entre sus publicaciones destacan la novela La corona de Raquel y la pieza de teatro Después de la lluvia.