Debido a una puerilidad maté sin querer a un viejo amigo. Cuando revivo aquél minuto vuelvo a sufrirlo todo. Mi único consuelo, mi única esperanza –si acaso una persona como yo pueda imaginar que en algún lugar exista todavía la esperanza– es que alguien me insulte, arrastre mi rostro entre las inmundicias o me aniquile de una vez.

Es totalmente cierto: el hombre a quien asesiné, hará ya cosa de tres años, tenía dos pequeñas hijas –mellizas, si no me engaño– y, como usted mejor que nadie sabe, una esposa decididamente hermosa. Era, si cabe decirlo, un hombre afortunado. ¿Me comprende usted?

Así pues lo reconozco: he sembrado demasiadas semillas de aflicción a mi paso. Pero he querido ayudar en algo, se lo aseguro. Soy heredero de una pequeña cadena de negocios que, de un tiempo a la fecha, han comenzado a gozar de cierta prosperidad. Las ganancias han crecido hasta convertirse en un suculento botín. Hoy poseo un capital que solo me bastaría para alimentar a una asociación de menesterosos durante varios años. Eso me ha posibilitado donar algún dinero para los huérfanos e incluso para una rara sociedad de madres viudas. Y, verá: si aún no he cedido el resto de mi fortuna se debe a que otras ineluctables razones se me han interpuesto. No obstante, le prometí a la dulce madre de Dios que viviría hasta mi última hora cargando en mi espalda la pesada losa de un proscrito. Tiene razón y también lo acepto: soy tan mezquino, tan cobarde que no he sido capaz de contar mi crimen a las autoridades, tal como hace tiempo debía hacerlo. Pero a cambio me he impuesto toda suerte de castigos y puniciones. Observe, si no: para sufrir algo más de lo debido hace un par de años decidí contraer nupcias ¡Alto! ¡Se lo ruego: no anticipe juicios equivocados sobre mí! Lo que quiero decir es que para atormentarme hasta el hartazgo tomé de los arrabales a una prostituta ajada y desleal –quizá la peor de su ralea: engañada por todos sus amantes, detestada por los miembros de su familia y abandonada por sus propios hijos– para que se convirtiera en mi esposa y descargara sobre mí todo el odio y el resentimiento de que era capaz. Y bien que resultó: hasta hoy es un volcán de furia que no ha cejado de arrojar sobre mí su hirviente y detestable lava de odio. Cuando lo considera necesario me muele a palos al tiempo que me zahiere con los insultos más bajos, cubriendo así mi vida de ridículo y escarnio. Yo callo y me someto, siguiendo así lo prometido. No obstante, alguna vez he deseado, se lo confieso, perder completamente la razón: transformarme en un imbécil, a fin de escapar de los demonios que todos los días laceran mi conciencia. Sólo en pesadillas, a veces, encuentro momentos de respiro.

¿Todavía me escucha? ¿No es sencillamente pasmoso? Permítame acercar un poco más para que escuche mejor lo que debo confesarle: esta mañana una inesperada visita me ha tomado totalmente inadvertido. Sin anuncio previo usted acudió a mi morada a buscar, según me dijo, explicaciones. En un instante me sentí inundado por el temor y la sospecha. Tal vez deseaba vengar al padre y esposo amado que le arrebaté, como haría cualquier mujer sensata en su lugar. Como quiera, he tratado de explicarle pero también la he notado decidida a no escucharme. Según parece, ha querido sacar de mí una confesión completa, franca y brutal. Todo eso lo entiendo, incluso. Lo que es más: he querido dársela en la medida de las posibilidades. No obstante, a la primera palabra que ha salido de mis labios se me ha arrojado encima agobiándome con insultos, golpes, reproches: “¡Usted es un monstruo, un ser sin corazón, un verdugo maldito!” Vociferado esto, ha querido salir de mi casa para llevar de inmediato mi historia a las autoridades. Me ha gritado y afrentado  llamándome asesino, miserable, desgraciado y otras lisuras. Ah, debió mirar su rostro convulsionado por el furor. Llegado a este punto no he logrado controlar mi desesperación. ¿Me entiende? De haber podido, habría evitado atarla en esa silla y cubrir su hermosa boquita aframbuesada con esa cinta horrorosa. No me gusta el cuadro que ofrece. Hablando con franqueza, me asusta un poco. De suerte que no ha venido acompañada por las niñas. ¿Gemelas, no es cierto? Para decir la verdad, no sé qué habría hecho en ese caso.

Tal vez no debí acometer su cuerpo con tanta furia. Ahora pienso que aporrear su delicado rostro con mis ásperos nudillos hasta la fatiga hubiera sido suficiente para acallarla. A la distancia, todo lo demás me ha parecido un poco excesivo. Pero de los diferentes castigos que me obligué a propinarle, ninguno lamento tanto como el verdugón que le ha quebrantado la frente y el cartílago. Su sola estampa me suscita escalofrío y me ha hecho perder el gobierno de mis esfínteres. ¿Aún me sigue? ¿Y a qué se debe ese rostro horrorizado? Comienzo a dudar sobre la conveniencia de semejante despliegue de sinceridad ¿En verdad me está escuchando? Debe creerme: nunca me he tenido por un hombre de mente retorcida y quienes desde hace tiempo me conocen opinan que no soy una mala persona. Por ello he decidido omitir los desagradables detalles de lo que habrá de ocurrir entre nosotros ahora que está completamente desnuda. Una cosa es segura: cuando terminemos con todo esto tendré que buscar algo para sosegar mi estómago.