Nunca ha nacido y nunca muere el ser uno.

Al no haber existido, nunca cesará de existir.

 

Atender a la pregunta por la relación del uno, el yo o el ego, con el otro, el todo o el cosmos, es el resorte del presente escrito. Evidentemente cada concepto o determinación acuñen a pensamientos filosóficos distintos, sin embargo no me referiré detenidamente a ellos aquí, porque lo que me interesa es pensar las diferentes relaciones que surgen de dicho entramado conceptual. En este sentido explicaré una comprensión entre lo uno, el yo y el ego. Por otra parte, se intentará hacer lo mismo con el otro, el todo y el cosmos. Seguidamente se advertirá que están muy cercanos entre sí y que existen tensiones relevantes entre ellos. Por último se mirará qué tipo de relaciones se dan entre estos y cuál es la más interesante en un proceso de retroalimentación perenne.

 

I

De las distintas definiciones que existen sobre lo uno, es sugestiva la que presentó Kierkegaard al afirmar que al hablar sobre lo uno, se hacía referencia a un hedonismo exacerbado. Un hombre que vive para sí, que de esta manera aborda la vida y no se consume a sí mismo, sino por el contrario, reduce su esfera vital procurando que la vida le sea lo menos nociva posible.

 “Éramos un montón de existencias incómodas, embarazadas por nosotros mismos (…)” la existencia, vista de esta manera sartreana, parece una forma a la que se le pueden agregar cosas. Quizá se le pueda agregar un uno preocupado de sí, tan preocupado que  ha olvidado gastar su vida por contemplarla como un hedonista que se da a sí mismo un lugar preeminente en el mundo que no conoce, que sólo le importa habitar con su embarazosa existencia. Al Uno kierkegaardiano le interesa sobrevivirse, sobreponerse a sí mismo.

 

Por otra parte, aparece una comprensión completamente distinta del hombre si lo asumimos como un “yo” profundamente vital, que se reitera a sí mismo como poseedor del mundo que habita porque también lo conoce y se lo apropia con toda su fuerza y poder. Este hombre, esta individualidad que se mira más poderosa que todo aquello que se tiene por poderoso y glorioso, que se mira como más para ser más, guarda en ese comprensión de sí, una relación muy fuerte con Brahman en cuanto se piensa como el todo que es irreductible a categorías del pensamiento, irreductible a las palabras que significan las cosas. Brahman y el “yo” son irreductibles en su multiplicidad de acepciones. Es interesante la argumentación stirneriana que apela a este yo poderoso, que se consume a si mismo para consumir el mundo. Aquel que entiende su poder como la herramienta que tiene para apropiarse de las cosas: “(…) aquel cuyo único cuidado es vivir, no puede pensar en gozar de la vida. En tanto que su vida está todavía en cuestión, en tanto que todavía puede tener que temblar por ella, no puede consagrar todas sus fuerzas a servirse de la vida, es decir, a gozar de ella. ¿Pero cómo gozar de ella? Usándola, como se quema la vela después que se emplea. Usa uno de la vida y de sí mismo consumiéndola y consumiéndose. Gozar de la vida es devorarla y destruirla.” (Stirner, 2003, pág. 357)

 

El “yo” es la multiplicidad que confluye en la individualidad de quienes somos en cuanto más que, nombrables y delimitados por el cuidado que se procura ante la vida que nos constituye. El “yo” guarda una relación directa con Brahman que veremos más adelante. Por ahora me gustaría advertir que tanto el uno está o puede estar presente en el otro. Desde mi comprensión cuando en el gita Brahman le habla a Arjuna, podría hablarle a un “yo” que se sabe parte de Brahman. Pero antes de pasar a esta parte, veamos a un “Ego(¿ista?)” también de corte stirneriano y que podría aproximarnos a una comprensión más interesante de lo Uno y el Yo.

 

El ego es un individuo incoercible, no persigue un ideal, se consume y destruye aquello que intenta limitarlo. Es un “yo” destructor, no es una invención metafísica sino una afrenta directa contra toda idea que, pretendiendo dominar al hombre, intenta hacerse real. ¿Por qué contra las ideas? Porque las ideas son el lastre más pesado que domina al hombre; lo constriñen a ser criatura de sus propias creaciones. Quizá no tendría ninguna relevancia para lo dicho aquí que el ego se construya como fuerza destructiva, pero si hacemos un ejercicio vital, podemos advertir que se construye de esta manera porque se opone a toda un mundo que en cuanto abstracto, intenta dominarle, convertirlo en su servidor, en su criatura. Evidentemente el ego deviene de la fuerza del yo, pero también  de lo uno. El Ego, en cuanto fuerza destructiva intenta liberarse de todas las aprehensiones que limitan sus posibilidades de ser en el mundo. Es un yo, de allí su lucha contra el pensamiento y las ideas que intentan dominarlo. El ego es un creador, poderoso, de allí que también que cuide de sí, de su poder y se conozca como un uno. Pero aunque es un yo y un uno, el ego también se sabe particular. Así lo presenta en las siguientes palabras:

Yo no pretendo tener o ser nada particular que me haga pasar ante los demás, no quiero beneficiarme a sus expensas de ningún privilegio; pero yo no me mido por la medida de los demás, y si no quiero sinrazón en mi favor, no quiero tampoco ninguna clase de derecho. Yo quiero ser todo lo que puedo ser, tener todo lo que puedo tener. Que los otros sean o tengan algo análogo ¿qué me importa? Tener lo que yo tengo, ser lo que yo soy, no lo pueden. Yo no les hago ningún agravio, como no le hago daño a la roca teniendo sobre ella el “privilegio” del movimiento. Si ella pudiera tenerlo lo tendría (Stirner, 2003, pág. 179.) 

Sin pretender ser dialéctica, nada más alejado de mi intención que terminar encerrada en un círculo lógico, es de apreciar que el ego en cuanto conserva elementos importantes para sí como su  fuerza y poder para mantenerse creador, también destruye y se libera de todo aquello que pretende dominarlo, en otras palabras, de elementos que se encuentran en sí mismo, como sus pensamientos. Esta tensión creadora entre conservar y destruir hace al ego singular e irreductible. Sin embargo es inquietante que él mismo tenga la capacidad de autodestruirse ¿para qué? Para no quedarse encerrado en sí mismo, para no terminar por ser un ego criatura, sino creador multiforme, multidimensional. Por otra parte, tampoco se trata de que el ego se convierta en una concepción fija y determinable de lo que somos o tendríamos que ser. Tampoco creo que esté por encima o fuera de nosotros mismos. Es lo que somos y podemos ser, y sin embargo, tampoco se puede advertir que tenga que desligarse de un auto/conocerse, auto/destruirse, auto/superarse, auto/conservarse que lo lleve a depurarse; a vivir no para si, para su cuidado, sino de si, de la actividad constante que le ayuda a tener la tensión entre la destrucción y la conservación. Alguna vez un viejo anarquista dijo “la alegría de destruir es la alegría de crear”, es una buena síntesis para comprender al ego, ¿un ego anárquico que se insurrecciona contra sí mismo para no aprehenderse a algo y así permanecer dueño de sí? ¿Un ego egoísta que piensa en conservar su poder y fuerza? O, ¿un ego que en cuanto dueño de sí, conserva su poder y fuerza, y en este sentido, permanece creador  ante sus criaturas? ¿Un ego que se inmolaría para no ser su propia criatura y perder así su individualidad?

No me importa responder a los anteriores interrogantes, no se trata de determinar lo indeterminable. Más que hallar respuestas lo que el ego puede ofrecernos es un panorama infinito de posibilidades de ser, una comprensión multidimensional de lo que somos en cuanto fuerza y poder destructivo y creativo.

 

II

      En la filosofía de la India hay distintas referencias a lo otro, pero al no tener una concepción dual del mundo, propia de la metafísica y cristiandad de occidente, no tratan al uno y al otro como separados o diferenciables entre sí, sino todo lo contrario,  hacen parte de una unidad cósmica que está representada en Brahman. En esta medida, es complejo discernir lo otro, el todo y el cosmos. He decidido abordarlos de manera general por las relaciones y semejanzas que encuentro con la comprensión del yo y el ego al que nos referimos anteriormente.

El otro, ese “tú” también nos conoce y crea a nosotros mismos. El otro se nos aparece como lo distinto, lo ajeno, como maya. Pero cierto es que es otra cara de la unidad de lo que viene y lo que es. Conserva la diferencia de lo uno, opuesta pero firmemente constitutiva de la unidad.

A su vez lo otro está presente en el todo. Podría tener una madeja mal enrollada al combinar todos estos conceptos. Me excuso si puede entenderse de esta manera, para mí las relaciones son iluminadoras. Veo que todos están ligados y hacen parte de una red bastante densa y resistente en la que pueden plasmarse distintos movimientos vitales, sin tener que supeditarse en ello el uno al otro, ni el yo a la totalidad.

 

Decía un gran filósofo del siglo pasado que el vacío contenía la totalidad. El vació y la nada no se pueden dejar a un lado cuando en el trasfondo del presente escrito late el corazón amorfo del ser, tan íntimamente relacionado con el vacío y la nada de donde surge el mismo. Digo amorfo porque al ser no hay que aprehenderlo, sino preguntárselo, como diría ese viejo filósofo. Pero no es lugar este para ahondar en discusiones ontológicas, aunque bien podría ser un texto que gire en esas direcciones.  No encuentro una relación más estrecha entre el yo y la totalidad, como lo decía anteriormente, entre ese yo anárquico, y esa totalidad de la que él hace parte en cuanto vive, que en el diálogo que Brahman tiene con Arjuna, al incitarlo a librar una batalla contra su maestro por él mismo, porque es su deber emplear sus propias fuerzas en las acciones que acomete, pero a su vez, es propio de sí que renuncie a los frutos de las acciones, quizá porque esperar los frutos significa que no puede disfrutarse la acción; gozar de la misma, sino cuidarla, esperando ciertos resultados que no dependen de un creador particular, de una ilusión que pretende controlar el mundo sino, de una totalidad; de Brahman que, en cuanto totalidad, puede ser el único sujeto real de una acción mayor.

 

Los que están completamente ofuscados por las características (psico-físicas) de la naturaleza quedan apegados a sus actividades. El que comprende la totalidad no debe confundir a los de mente embotada que no la comprende. Lánzate al combate y ofréceme todos tus actos. Actúa sin la fiebre de la inquietud en el alma, libre de ambición y egoísmo con la mente fija en el Ser. Aquellos que con fe y esperanza siguen mis enseñanzas se liberan también de las consecuencias de las acciones. Pero los que desprecian esta enseñanza y no la practican conociéndola, los que están equivocados y no tienen discernimiento, van a la ruina. (1997, págs. 91-92)

 

De aquí la necesidad de un “yo” destructivo porque en su destrucción están representadas su fuerza y poder de renunciar a sí para ir mucho más a allá de sí. Para comprenderse parte de una totalidad, de Brahman que incita a una prueba bastante grande, el renunciamiento de sí.

 

El ego en cuanto uno, yo y singularidad, tendría una relación estrecha con el cosmos, que lo comprendo cómo el momento en que todo, hasta la totalidad se desintegra. Porque todas las cosas que pertenecen al mundo son pasajeras y es engañoso perseguirlas, intentar reducirlas o reducirse a ellas. Lo importante del pensamiento de la India no es la idea de inmortalidad, por el contrario, es la finitud, el sabernos perecederos lo que hace particular cada una de nuestras existencias, cada uno, cada yo, cada ego, cada otro, cada totalidad que somos y de las que somos parte.

 

III

        Más que acusar al ego de pensarse como motor de las acciones, tendríamos que exaltar, en primera instancia, su capacidad para destruirse, desaprenderse y movilizarse en una comprensión cósmica del mundo. Es una comprensión un poco distinta del ego al que se le señala como un narcisista. El ego tiene una tensión a la que nos hemos referido antes, y está en cada uno de nosotros equilibrar o saturar la balanza de un lado. Hay un acto de creación en toda destrucción, la sensación de estar ante el vacío que contiene la totalidad, enmudece al ego que, renunciando a los frutos de su acción, puede hallarse ante una comprensión depurada de sí mismo, luego de un acto de destrucción. Totalidad y ego no son contrapuestos, confluyen en el cosmos en el cual ambas se desintegran siendo una la voz de la otra, pero siendo la totalidad la conciencia omnisciente del ego.

 

*Bhagavad Gita. (1997). Madrid: Trotta.

*Stirner, M. (2003). El único y su propiedad. España: Sexto piso.