Durante mucho tiempo guardé entre mis pertenencias las fotocopias de un libro: Una historia del mundo en diez capítulos y medio, de Julian Barnes. Eso fue en los tiempos en que no existían las versiones digitales y en que no era ni remotamente tan fácil como ahora ordenar el libro a distancia o buscarlo en la insondable maraña de Internet. Si tuviera que describir su argumento en unas cuantas palabras diría que se trata de una historia personal del mundo. Claro, una descripción en tres o cuatro palabras es imposible, en parte porque la historia del mundo de Barnes es en principio una colección de relatos, cada uno de ellos con sus propios personajes y argumento, pero también porque no se trata de un libro de género convencional. Puede que sea una novela disfrazada de ensayo, o tal vez un libro de relatos que en el fondo es o quiso ser una novela. Una de las cosas que personalmente me gusta en algunos de los libros de Barnes, o mejor dicho, la razón por la que me gustan precisamente esos libros de Barnes y no otros, es este carácter híbrido (pienso, además de en éste, en El loro de Flaubert), el hecho de que entre sus páginas se encierre más de lo que a primera vista parecen ofrecer.

Género y clasificación aparte, Una historia del mundo en diez capítulos y medio siempre me ha parecido un gran libro. Las fotocopias en cuestión llegaron a mí como parte de las lecturas obligatorias de un curso sobre literatura inglesa cuyo profesor (un inglés afincado en México desde años atrás) detestaba los convencionalismos de la enseñanza universitaria local y lejos de pretender hacernos pasar por una retahíla de escuelas, corrientes y autores pretendía lograr que consiguiésemos leer por placer. Supongo que de entrada esto algo decía acerca de su temeridad, y también de sus loables (y quizá ingenuas) intenciones. En cierta forma, y al menos en mi caso, lo logró. Como primera lectura sugirió justamente el libro de Barnes. Recuerdo la estupefacción juvenil con la que empecé a adentrarme en sus páginas, el febril asombro ante las imágenes que poco a poco se desplegaban ante mí, el regocijo del ávido lector ante las pequeñas joyas que Barnes ha tallado como paciente artesano, historias que son pequeñas cápsulas de sabiduría disfrazada de divertimiento. Ahora, a distancia, creo que entiendo la razón de aquella elección: se trata de uno de esos libros que se leen bien incluso a temprana edad, tal vez porque engancha con facilidad o porque los relatos que lo componen (los capítulos de la Historia) son de lectura muy ágil, casi fácil, aunque en el fondo escondan interrogantes tan profundas y antiguas como el mundo mismo.

La historia de Barnes empieza con un recuento apócrifo de la aventura del Arca de Noé narrada por el más inusitado de los viajeros: un ejemplar de carcoma que, desde luego, viajaba de polizón. Esta historia me recuerda otro libro cuya prosa alucinante gira en torno al mismo mítico evento: Not Wanted on the Voyage, de Timothy Findley. En ambos casos el narrador es un indeseable que tras colarse en el arca y sobrevivir a la hecatombe provocada por la ira de Dios se da a la tarea de contarnos, con ironía y sarcasmo, los detalles de una trayectoria que resulta ser todo menos edificante. El Noé de Barnes, como el de Findley, es un anciano ebrio y malvado, un irascible capitán asistido por unos hijos no mucho más virtuosos que él, casados con mujeres de costumbres más que dudosas. A bordo de aquel navío los animales (y los humanos) sufren las de Caín durante una travesía cuyo propósito, alcances y consecuencias no acaban de entender, en gran parte porque nadie, Dios para empezar, tuvo la decencia de explicárselos. Durante los más de cuarenta días y cuarenta noches que dura el viaje hay desobediencia, motines, suciedad, abusos y hasta asesinatos, de suerte que al final lo milagroso resulta ser que el Señor haya decidido que valía la pena salvar a semejante caterva en primer lugar.

¿Qué clase de lección deja un episodio así? Me parece que lo que Barnes quiere decirnos es que siglos van y siglos vienen y no hay nada nuevo bajo el sol, especialmente en lo que se refiere a los numerosos defectos y miserias de la raza humana. Poco importa aquí que las ignominias sean cometidas contra los animales del arca, contra los felices pasajeros de un crucero, o contra los judíos obligados a emigrar de Europa, el hecho es que el ser humano es poseedor de un interminable y siempre creciente arsenal de vergonzosas y ruines acciones. Todo esto, por supuesto, no es novedad. “Empecemos por el principio…” dice Barnes, y en el principio ya era la iniquidad. En buen inglés de cultura de raigambre cristiana y grecolatina a Barnes le gusta ir a buscar ese principio preferentemente en los mitos bíblicos, y hay que perdonárselo. Como afirma el personaje de “Proyecto Ararat”, un astronauta que tras una revelación en la luna se da a la tarea de ir en busca del arca de Noé siguiendo con puntos y comas lo escrito en la Biblia, “(…) si un astronauta israelí quería ir a buscarla a Israel, le parecía muy bien; y si un astronauta islámico hacía otro tanto en Irak, le parecía bien igualmente.” En suma, todo el mundo tiene derecho a su propia opinión.

De más está decir que las historias del libro de Barnes están elegantemente relacionadas entre sí: “Todo está relacionado, incluso las partes que no nos gustan, especialmente las partes que no nos gustan”, afirma la heroína de “La superviviente,” frase que parece un eco de lo que Barnes mismo nos ofrece, parentescos que son como los resplandores de un fuego que se enciende en un capítulo para así iluminar otro. En ocasiones se trata apenas de una relación incidental, sutil guiño bajo cuyo influjo, no obstante, el efecto total prevalece. Como suele suceder con este tipo de textos híbridos el hilo narrativo general sólo es evidente tras la lectura de la totalidad, y lo es especialmente en esos intersticios en donde los textos se empalman, se iluminan unos a otros, en las grietas en las que ciertos pasajes cobran nitidez sólo muchas páginas después. También como es el caso en este tipo de obras el todo es aquí más que la suma de las partes.

Por las páginas de Una historia del mundo en diez capítulos y medio desfilan algunos de los grandes temas que definen la condición humana: el amor y el desamor, el perdón y la culpa, lo puro y lo impuro, la fe y la duda, la esperanza y la desesperación. A los dieciocho años mi historia favorita era la del arca de Noé, aunque supongo que es inútil decir que el tiempo y la edad han modificado mis preferencias. En relectura descubro que prefiero la imaginaria crónica medieval del juicio a la carcoma, fantástica ilustración de los extremos a los que puede llegar la estupidez humana, incluso (o sobre todo) cuando se piense iluminada por la razón; o mejor aún, “Naufragio,” maravilloso ensayo sobre el hundimiento de la fragata “Medusa” inmortalizado por el pintor francés Théodore Géricault, en el que Barnes decortica las capas del proceso de creación artística al tiempo que se interroga sobre el papel de la catástrofe en el arte. Tan frecuente es el tema, por cierto, que si se llevase al límite la máxima de Mallarmé (“la vida existe para convertirse en libro”) uno tendría que terminar aceptando que acaso las tragedias en el fondo estén ahí únicamente para eso: para servir de inspiración.

 

¿Y qué hay del medio capítulo? Un capricho de Barnes, sospecho, sin el cual el libro, nos dice, estaría “incompleto,” pese a que él mismo reconoce que se trata de una suerte de excrecencia amorfa, de un paréntesis que por ello mismo porta ese título. A mí es el que menos me gusta, probablemente porque lo descubro basado en una suerte de artículo de fe en el que me cuesta trabajo creer. ¿El amor de pareja como sustrato primigenio de todo lo demás? ¿O el amor en general, sin adjetivos, como necesidad primigenia? No lo sé, y hasta el propio Barnes tiende a ser cauteloso. Sentimentalismos aparte, creo que este paréntesis no hacía falta, a no ser como nota melodramática, como si al autor le hubiera dado un poco de escozor inclinarse por la desesperanza, cual demiurgo incapaz de permitir que en su imperfecto mundo la maldad triunfe al final sobre todo lo demás.

 

El otro gran tema del libro es, desde luego, la Historia como tal. El postulado principal de Barnes parece ser que la verdad histórica como tal no existe: existen posturas en torno a ella, existen interpretaciones, existe la manipulación, incluso en los grandes mitos (sobre todo en los grandes mitos), en suma, “la historia no es lo que sucedió sino “simplemente lo que los historiadores nos cuentan.” O también: “¿La historia del mundo? Sólo voces que hacen eco en la oscuridad; imágenes que arden durante unos siglos y luego se apagan; cuentos, cuentos viejos que a veces se superponen; extrañas conexiones, impertinentes relaciones.” En esto Barnes me recuerda a otros escritores de su generación, Rushdie, Vonnegut, Amis, McEwan, autores para quienes parece que la historia es un cuestionamiento constante, una narrativa entre otras, una suerte de fábula autorizada que no por ello deja de estar siempre en permanente construcción.

En el año 2000 compré al fin el original del libro de Barnes en una librería de Munich y pude al fin deshacerme de mis manoseadas y viejas fotocopias. Más recientemente me hice de la traducción al español publicada por Anagrama, aunque confieso que no acaba de gustarme porque a ratos la encuentro demasiado “española” (vosotros sabéis a lo que me refiero). En relectura me parece que de pronto, rara vez por fortuna, flota en algunos de sus pasajes un vago olor a envejecido, pero estos pequeñísimos lapsos aparte Una historia del mundo en diez capítulos y medio me sigue pareciendo formidable. Se publicó por primera vez en 1987, y treinta años después, a la velocidad a la que las novedades editoriales dejan de serlo, cuando lo que se escribe se vuelve obsoleto en menos de lo que tardan en aparecer las reseñas, esta obra mantiene casi intacto su encanto; al entretejer lo sublime con lo cotidiano es capaz de hacernos evocar aún lo mismo la trascendencia que la banalidad de lo que somos, la miseria y la grandeza que nos caracterizan, como individuos y como especie. Esto no es poca cosa. De hecho, ya es mucho decir.