Para mi hermano Alejandro Sevilla, en su cumpleaños

Deseaba, como todos los domingos, sentarme a escribir mi columna semanal, tranquilo, y sin mayores contratiempos. Tenía, según yo, dos o tres temas que podrían interesarle a mis lectores, ay, siempre tan escasos. En el transcurso de la semana, había visto tres películas y leído cuatro libros. Material, pues, no me faltaba. Y tampoco entusiasmo. Por lo general, escribo todos los días, una o dos páginas.

Lamentablemente, acepté ir a festejar el cumpleaños de mi hermano mayor a su casa, en Ixtapaluca. Y, para enredar más las cosas, decidí llevarme a mi hija pequeña, que tiene seis años. Aparte de ir remolcándola de la mano e ir cargando la enorme mochila que, por alguna razón, su madre siempre me enjareta cuando voy a recogerla, también tuve que ir estibando una enorme bolsa con medicinas. “La niña está enferma y tienes que darle su medicamento, puntualmente”, me dijo casi a gritos y con ese aire de dirigente sindical que siempre usa conmigo. Yo, como siempre, le dije “que sí, que está muy bien, que no necesitas decirme lo que yo ya sé perfectamente”.

Aunque mi hermano pasó por nosotros y nos llevó en su camioneta, el viaje fue largo, caluroso y tediosísimo. Ixtapaluca, para quienes vivimos al sur de la ciudad, no está precisamente aquí, a la vuelta. El cumpleaños incluyó el repertorio de siempre: pollos asados (que tanto le gustan a mi hermano), refrescos de sabores (que tanto fascinan a mis sobrinas), cervezas, pastel  (que tanto come y cocina mi cuñada) y una cantidad de niños, parientes y desconocidos, corriendo por todo el jardín. A decir verdad, jamás me han gustado ese tipo de convivencias. Nunca he tolerado muy bien las aglomeraciones. No obstante, veo realmente poco a mi familia. Y pensé que ésta podía ser una oportunidad propicia para hacerlo. Creí, además, que siendo cumpleaños de mi hermano y Día del niño, podía matar dos pájaros de un tiro: felicitar a mi hermano y, de paso, llevar a una fiesta a mi hija, para que conviviera y se divirtiera un poco con sus primos y sus tíos, ya fuera con ellos o bien: a costa de ellos.

Mi hermano, quien es apenas un año mayor que yo, es un psicólogo de tiempo completo. Dentro o fuera del consultorio, el doctor jamás renuncia a dar terapia, ni aun en sus días de descanso. Es un hombre que, además de trabajar ocho horas en un hospital, correr maratones y leer a los filósofos clásicos, todas las noches se traslada en una bicicleta de montaña hasta un gimnasio a dar clases de Taekwondo. Aunque de talla compacta, el tipo posee un vitalidad abrumadora y, para mí, francamente chocosa. El hombre tiene poca confianza en los seres humanos y, en general, su idea sobre el mundo es completamente calamitosa: el planeta ─según éste maestro de artes marciales coreanas─ supura estulticia y los idiotas, que además “no están acostumbrados a leer ni a hacer ejercicio, porque son unos imbéciles, güevones e hijos de la rechingada”, deberían ser arrasados de la faz de la Tierra.

Después de beberse dos cervezas Kirin Light, porque, de acuerdo con él, la cebada japonesa “tiene un cuerpo sorprendentemente suave, que no engorda”, comenzó a hablar de su tema preferido: él mismo. En algún momento, y sin que nadie se lo pidiera, al psicólogo se le ocurrió dejar en claro que su musculatura no estaba hecha a base de esteroides. Para ello consideró oportuno retarme a medir fuerzas a través de unas vencidas. A sabiendas de que perdería, y como además no me costaba ningún trabajo  obsequiarle mi pequeña deshonra el día de su cumpleaños, decidí aceptar su bobo desafío. Apenas nos tomamos de las manos y dieron la orden de comenzar, efectivamente, en dos segundos hundió mi brazo en la mesa, mientras la concurrencia, sus hijas, su mujer y sus invitados, berreaban el indiscutible triunfo del festejado. Para evitarme el fastidio de mandarlo al diablo, y permitir que mi hija continuara saltando en el dichoso “brincolín”, le expliqué que saldría a buscar un café internet, para mandar mi columna, “porque, los editores se ponen demasiado frenéticos y delirantes, como tú, cuando no se las envío a tiempo”, le dije. Con aquella sonrisa de dientes lobunos que desde niño lo ha caracterizado, me dijo que entrara a su estudio y redactara mi “tira cómica” desde su iPad Pro. Le dije que no era mi estilo y, después de explicarle a mi hija que “ahorita vengo, mi vida, que no me tardo y pórtate bien”, salí a buscar aire y, como había dicho, un café internet.

No necesité indagar demasiado. A una calle me topé de frente con el “cibercafé Pokemón”. Apenas entrar, me recibieron 3,000 decibelios del grupo  Sepultura. “¿Tienes una máquina”, le pregunté a gritos a un muchacho greñudo que, con unos auriculares gigantes colgando alrededor del cuello, me dijo que “sí, claro, pásale, la que gustes tomar”. Gusté tomar la 003, de las 004 que había. En la 001 había un señor de casi 60 años que estaba preparando un currículo o cosa parecida que, después de unos minutos, le preguntó al dependiente que “¿sí te puedo mandar a imprimir?”, a lo que el chavo de los audífonos descomunales, que además lucía una desgastada playera de Leprosy, le respondió, todo amabilidad, que “¡claro que sí, mándala a la Broter Dcp-j100”, “¿qué?, ¿a cuál?”, le preguntó el sexagenario sin entender muy bien lo que estaba diciéndole el joven, indudablemente metalero; “¡Nomás mándala a imprimir, y ya!”, le respondió, categórico. La computadora 002 estaba vacía, y en la 004, justo a un lado de mí, había dos adolescentes y un niño de aproximadamente diez años jugando Street Fighter V.

No les quiero poner pretextos, pero expresiones como “¡Ay, nomá, tantoparaesamamá!”; “¡Yo soymásvergazquetúmijo!”; “¡Qué!”; “¡Qué, güé!”; “¡Mtamá, valevé, güe, shiaaalee!”; “¡Ay, nomásnopierdas, eh!”; y sonidos como “¡Round one, fight!”; “¡Round two, fight!”; “¡Round three, fight!”; “¡Come on!”; y algunos otros efectos de la vigorosa juventud ixpapaluqueña, sencillamente, me impidieron abordar, mis habituales temas esta semana. Espero me disculpen; no todos los días se festeja a un hermano que, a sus más de cuarenta años, todavía se sube a la azotea, a darle de patadas al aire.