EL LOCO POUND

 

El loco Pound, el loco Ezra

siempre se soñó ventrílocuo, siempre:

fascinado con el dispositivo-lengua

del que escuchaba susurros y acoples

mientras se escondía como un gato

al acecho entre la maleza de la infancia,

el loco deliraba desde pequeño

con una gran estafa, la mejor de todas:

usar ese fantástico, pero indócil

instrumento para reproducir

el torcido sánscrito de las calles

y el chino, el griego de las Academias

y el latín de los pornógrafos, Propercio

y el chinga tu madre de los marinos

que se enculan para matar el hastío

en las tardes infinitas del trópico.

Todo mezclado, como en una molotov:

así lo soñaba el loco mientras

saqueaba la sabiduría de las bibliotecas

en noches de trabajo y verso febril.

 

Quería ser uno y todos, el muy puto,

el loco, el loco Ezra. Jugar al ventrílocuo,

ser tan sólo un niño rescatando palabras

de entre los escombros. Pero el jueguito

le salió mal. Demasiado mal. 

Estuvieron a  punto de colgarlo 

por facho y sedicioso,  las buenas

conciencias del mundo lo metieron

en una jaula  estrecha como se haría

con  un perro que se quiere

trepanar en el laboratorio.

Pero el loco tenía buenos amigos,

grandes contactos que lo salvaron

de ser carroña para cuervos.

Al manicomio lo mandaron

entonces,  ya que no podían colgarlo,

al manicomio con tal que se dejara de joder.

 

Entonces el loco Pound, el loco Ezra

dejó que el tiempo pasara, que su nombre

se borrara del libro de los proscritos

 y se fugó; quería satisfacer un extraño

capricho antes de hacer su último 

sieg heil al sol moribundo de la vida:

navegar en las aguas de la Ciudad

de México,  las más purulentas

del universo y ser ñero entre los ñeros,

dominar los mil dialectos de sus barrios.

El secreto del dispositivo, pensaba,

residía en algún lugar de sus descampados

y calles  llenas de taquerías.

Y así fue como, caminando, caminando, 

por meses y años, solitario búho,

el loco terminó con una barba infinita

y un escapulario de la Guadalupana

colgado de su pecho,  repitiendo frases

inconexas a desconocidos, gritando

en plena calle por Cristo Rey

y su imposible resurrección.

 

Nadie ha logrado aún

traducir su idioma de barranca.

 

¤

 

HIDALGO

 

La celebración

arrastra su cola

embetunada de vómito

por el Campamento 2 de Octubre.

Un día después

del estallido y la algarabía

contemplamos

el campo de batalla

ya limpio de cadáveres:

tapizado de cuetes

aún humeantes el enorme

y vacío estacionamiento,

sucias las calles, legañosos

los ojos de los caminantes

en Sebastián Lerdo de Tejada,

 

así como lastimeros

los aullidos de perros que no

comprenden del fervor

ni del desborde de cerveza

que hace un éxtasis completo

de nuestra sencilla

vulgaridad de inquilinos

a los que se les ha

cortado el agua

por casi dos semanas.

 

Pero los perros

desconocen la bendita

saga que nosotros

comprendemos y

adoramos hasta

en sus últimos detalles.

El llamado de Hidalgo

sigue retumbando

en los corazones, cómo

negarlo, cómo cerrar

los ojos ante tan maciza

verdad, quién podría:

sólo que hoy su grito

de rebelión parece más bien

fundirse con el alarido de las patrullas

que recorren Iztapalapa

en las auroras más

salvajes de México

o  con la simple, monótona

letanía de los vástagos

del thinner, aquellos

trepanados por Capital

que elevan sus alucinados

coros al cielo cada tarde.

 

Como si cantaran

para invocar la lluvia, como si

danzaran en honor

del sueño que alguna

vez precipitó a Hidalgo

hacia la insurrección

                                          y la ruina.

 

 ¤

 

VELASCO, EL VALLE DE MÉXICO

 

La ciudad antes del monstruo:

inmaculada aún, una pura

lejanía colmada por el sol

y la imagen de los dos

magníficos volcanes

realzando el horizonte

del cuadro. Un saludo

a la belleza esa paz porfiriana.

Todavía no, todavía:

el manantial de las aguas

negras y los muertos

que los buzos rescatan

de los canales cada mañana.

Por ahora una limpia

y luminosa capa

de azul cielo cubre

una tierra que parece

expeler un crudo aroma

de estiércol y de vacas

aburridas rumiando

eternamente la llanura.

Casitas apenas visibles

manchan con su blancura,

sus ocres techos el verde

brioso de árboles extinguidos.

La pintura es el arte

de ocultar la incuria

del tiempo, de hacer

fulgir el paisaje

sin melancolías.

Alfilerazos negros,

crestas de sombras

bailotean en el centro

del espejismo, mensajeros

de esa noche perpetua

que son catedrales, palacios

embozados. Un manantial

de aguas negras borbotea

bajo la sábana de luz,

de calma campesina

con que Velasco

barniza Anáhuac.

Porque en la ciudad

antes del monstruo

parece no correr

tan siquiera una brisa,

latir ningún corazón

sino en sordina.

Macehuales sin rostro

conversan en un primer

plano antes de ser devorados

por el camino. Tanta

luz, tanta armonía,

desnudas figuras

que oscurecen

el incendio sin fin

que llamamos México,

que ocultan los restos

de sus futuros decapitados

bajo un aura de lejanía,

de inmensidad inmaculada,

con sus dos magníficos

volcanes realzando

el horizonte del cuadro.

 

¤

TZOMPANTLI

 

“Las ciudades elevadas

                    serán manchas de herrumbre sobre montones de yeso.

                         Las raíces no romperán los montículos por un tiempo, las

                                           amables lluvias las curarán,

     entonces nada quedará de la edad de hierro

                         ni de toda esta gente, sino un fémur o algo así, un poema

                      clavado en el pensamiento del mundo, astillas de vidrio

                                   en los tiraderos de basura, una presa de concreto allá  lejos en la

                                               montaña…”

Robinson Jeffers

 

Construir una épica

acerca de las ruinas

de una fábrica abandonada

es tentación para

este poema que despliega

su insidia desde la nada:

pero no son más

que muros caídos,

maleza, herrumbre

multiplicada  lo que se apropia

del yambo, declinación

sin majestad,

vejez mancillada

como la del anciano

que ha perdido su dentadura

y babea respuestas

que nadie comprende

a cabalidad en la mesa.

Así el fruto

de la arquitectura,

nuestras grandes

obras,  semilla de cascajo.

También el temblor

que somos,

apenas vestigio

que el arqueólogo

de los siglos venideros

intentará rescatar

bajo fragmentos

de escaleras, reminiscencias

de habitaciones

de antiguas y saqueadas

necrópolis. No será

una hecatombe

la que ha de arrastrarnos

hacia ese polvo. Ningún

Apocalipsis señalado

en las escrituras.

Pues es el Tiempo,

aquel del pedernal

afilado, ese de la silenciosa

polilla y su carcoma,

el Tiempo que  no entiende

de yambos ni suspira

por ruinas quien

infiltra sus termitas

en la materia de las grandes

obras con  porfía,

en el  jadeo mismo

de nuestra respiración

que se refugia en el pecho

como un frágil polluelo.

El Tiempo –no sé si

usar mayúscula o

una discreta cursiva

para invocarlo- y el

ímpetu de Aniquilación,

de infatigable desastre

que comanda ese levantar

y caerse de condominios,

inmensos estacionamientos

diseminados por la ciudad.

Como si nunca, jamás

estuviéramos satisfechos.

Como si viviéramos

entre los espejismos

de un imperio eclipsado.

 

El poema despliega

aquí su insidia desde la nada,

pero no eleva sortilegios

hacia el canto o la épica

porque trata sólo

de muros caídos,

del acre aroma

de la orina que como

el incienso viene

a colmar el descampado,

de periódicos arrugados

y la ropa vieja en que

esquizofrénicos y adolescentes

dormitan durante la noche,

del sánscrito indescifrable

de los graffitis que sube

por las paredes como

una fantástica enredadera.

De una declinación

sin majestad.

Esta ola de hombres

y de cosas que la resaca

de la Historia azota

contra las rocas,

mezcla con la arena

de nuestros sueños,

dispersa al fin con

el sargazo y la espuma.

Restos que algún

explorador, un robot

o un alienígena desenterrarán

de la ceniza y la arcada

alguna lejana mañana.

Porque día ha de venir

de cierto, de cierto os digo…-

en que nada sino el pasmo

o el desconcierto más

absoluto agrietará

el rostro de  quien

tropiece con las pirámides

de cráneos y huesos

astillados que se esconden

bajo los cimientos de los edificios

de esta ciudad  trepidante.

Un perturbador mensaje

surgido de las profundidades

como aquellos tzompantlis

de la vieja Tenochtitlán,

estrechas plataformas

donde las cabezas de los enemigos

muertos contemplaban

con ojos opacos

el ascenso de un poder

irresistible, su gloria de imperio

próximo a eclipsarse.                       

Y cada cráneo

de esa tenebrosa

empalizada era como el verso

de una larga epopeya, la exaltación

misma desplegada en un poema

vuelto hacia la nada,

vuelto hacia la nada,

vuelto

                 hacia la nada.

 


Manuel Illanes (Santiago de Chile, 1979). Ha publicado los libros de poesía “Tarot de la carretera” (Fuga, Santiago de Chile, 2009), “Crónica de Tollan” (Piedra de Sol, Santiago de Chile, 2012; La Ratona Cartonera, Cuernavaca, 2013) y “Memorias del inframundo” (Mantra Edixxxiones, México DF, 2016). Poemas suyos figuran en la antología “Residencia temporal: seis poetas chilenos en México” (Aldus, México DF, 2016). Es licenciado en Lengua y Literatura Hispánica de la Universidad de Chile y Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM. 

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