La separatividad es ilusión. Creer que cada uno de nosotros es independiente de los demás y no impacta en la realidad es absurdo. Resonamos con el otro no solo a condición de compartir un espacio o un tiempo determinados, sino más allá de las supuestas fronteras que brindan la época y las nacionalidades. Sentirnos solos en el mundo puede resultar más una elección o un descanso de sospecharnos tan conectados con el resto. La autora lo sabe. Sabe también del camino que el escritor como creador debe recorrer en busca de la autenticidad. Está consciente de los umbrales por atravesar en pos de encontrar el propio mito sobre el mundo, sobre uno mismo y la particular manera de crear.

Nos encontramos ante un libro sencillo, no por eso menos profundo, que se aproxima a tres autores desde la autoría, desde la humanidad, de persona a persona sin limitantes de espacio o de tiempo, sin pretensiones de análisis intelectual o político. Se acerca a sus vidas desde su propia vida, tira el lazo hacia el otro buscando su propio asidero. Como creadora, Karen Villeda se ha dado a una de las tareas más arduas, descubrir sus interlocutores no sólo a nivel artístico, sino vital, pues no existen las separaciones, pero existen las proximidades. Cómo hablar si no sabemos con quién estamos dialogando, qué decir de la obra sin hablar de la vida.

La autora nos lleva de la mano con sus propios descubrimientos. Tiende puentes entre el autor y su propia revelación, dejando a la tarea del lector atravesar de una tierra a otra, haciendo de este libro no sólo una experiencia enriquecedora, sino activa, desafiante.

Comienza desplegando ante nosotros a una Leonora Carrington que no sólo atravesó cada uno de los umbrales buscándose a sí misma, sino que los escribió. La autora, cual si nos diera un recorrido por el parque, pues tan natural se ha vuelto para ella), nos señala: mira, en el cuento La dama oval, Leonora niña descubrió que no es mujer sino caballo, se reveló ante su padre y como consecuencia, le prendieron fuego a su equino de madera. El umbral de la niñez ha sido atravesado, en palabras de la autora, “el verdadero fin de la infancia es a partir del castigo que más recordamos”. Después nos cuenta su particular experiencia con los caballos, su superado miedo a montarlos y hace una confesión, “Yo no quisiera ser un caballo, aunque he jugado a serlo porque las implicaciones del brío se me antojan irresistibles.”

Prosigue con El primer baile, cuento en el que Leonora adolescente renuncia a presentarse en sociedad e intercambia su lugar con una hiena disfrazada de humana que termina por devorar su propia máscara; se posiciona rebelde ante sus deberes sociales y familiares, detractora del rol que se le impone desempeñar. Acá, continua el paseo, en El orden real, Leonora se da cuenta de que la simple rebelión al orden existente no basta, desgarrar el velo que nos pintaron de niños no es suficiente; derrocar un régimen sin haber encontrado una nueva manera de vivir el mundo, puede significar sólo su renovación.

Conforme avanza la lectura, las rebeliones de Leonora se convierten en cuestionamientos. Si no soy todo eso que me empujaron a ser, ¿entonces quién soy? La autora nos describe cómo Leonora se despoja de las ataduras sexuales y morales, de las expectativas de género, de los conceptos pre hechos de lo que significa estar vivo, de lo que significa estar enfermo o loco, de lo que implica la creación artística y lo que es uno mismo. Me atrevo a decir que la autora nos habla de Leonora para descubrirse a sí misma, aunque no lo enuncie, la delata su mirada tan íntima y personal. Explora el camino de Carrington haciéndonos ver que ella lo ha recorrido. Reconoce a Leonora como tierra fértil en la que se alojaron cual semillas las ficciones transmitidas por su familia y más tarde florecieron en su obra. Pero como suelo fecundo, atraviesa de manera distinta las inclemencias del tiempo, las transiciones naturales de la edad son acrecentadas por la sensibilidad, se colman de misticismo y significado. No es casualidad que Leonora afirme que es el mundo quien la pinta ella y no ella al mundo.

La autora se acerca a Leonora y nos contamina con su mirada fresca, nos muestra a la artista que desdeñó una asimilación regurgitada sobre el mundo y buscó su propia aproximación, se aventuró a lo desconocido y se desprendió de las cadenas de la predestinación para descubrir que el universo es más grande que ella misma, que su familia y su sociedad. Nos habla, pues, de una Leonora que logró pertenecerse, la única posición conveniente para crear.

Llegamos entonces a Virginia. Cuando comencé a leer el ensayo y la autora describió su espacio de trabajo y los libros de cabecera como testigos de la lucha en apariencia silenciosa sentí un espasmo en el estómago, detuve la lectura. No es cierto, me dije, ¿se va a aventurar a indagar en Un cuarto propio de Virginia Woolf? ¿Un ensayo que se ha revisado, discutido, desdibujado, simplificado y comprimido hasta la asfixia en ideas aisladas, fuera de contexto, símbolo conveniente de banderas políticas casi siempre engañosas?

Primero pensé en la temeridad de la autora, después tomé en cuenta su manera de aproximarse a Leonora y decidí confiar. Me llevé una grata sorpresa. En lugar de cometer la común atrocidad de asentir ante una obra a la que la Historia ha dado un lugar o descartarla de inicio basada en prejuicios y posturas políticas divergentes, la autora no sólo se acerca a ella, sino la revive, un ensayo de hace casi un siglo lo vuelve presente por medio del cuestionamiento genuino y el acercamiento personal, cotidiano.

Virginia en Un cuarto propio defiende al género femenino por haberlo encontrado completamente aplastado por el fascismo patriarcal y con voz de trueno enuncia que la mujer para ser independiente debe tener posición económica solvente y un cuarto propio, vital para desarrollar la creatividad. Pero la autora viaja a la raíz y descubre que la posición de Virginia es tan incluyente que cuando enuncia a la mujer, enuncia al mundo. Propone que todos, mujeres y hombres, defendamos nuestro espacio vital que se ve constantemente asediado por pequeños fascismos, que vivamos nuestras propias experiencias y creemos a partir de ellas, que inventemos más allá de los cánones, que tengamos la solvencia para disfrutar de nuestro tiempo de ocio y formemos un criterio para cuestionar la propaganda social y política que permea nuestras vidas hasta lo más profundo. En pocas palabras, que nos demos espacio y permiso de ser, en toda la extensión de la palabra. La autora nos entrega a una Virginia cuya rebeldía es consecuencia de la generosidad.

Culmina el ensayo con una reflexión muy sentida sobre su propia vida:

“Crecí bajo la sombra de un admirador de Franco. Mi padre, autoexiliado en México, tenía una serie de casetes con marchas de la Falange Española. Si un poema puede describir a la perfección la relación con mi padre es “Daddy” de Sylvia Plath. […] Mi espacio suele estar en conflicto con las visiones del mundo que encuentro día a día, particularmente la paterna. Resistir el encerramiento o abrir la puerta, esa es la cuestión.”

Continuamos con Norah. Este ensayo tiene una alegre peculiaridad. Antes de siquiera abrir el libro, resultaría facilísimo pensar que si una autora, es decir, mujer, se da a la tarea de hablar sobre otras tres autoras, es decir, mujeres, es porque tomará una postura feminista que defienda el papel de su género en la creación, de las malas condiciones que existen para que ésta se dé y otro cúmulo de ideas de las que por cierto, no aparece una sola. Es más, el ensayo ni siquiera se trata de Norah Borges, ni de la autora, ni de Guillermo de Torre ni de nadie. Es un texto que se va develando hasta descubrir que no habla de una persona, sino de una obra. De cómo la realidad se teje para que la obra exista, cómo los sucesos se conectan producto de la causalidad.

Viene a mí, pienso, el propósito cumplido del ensayo: los autores son importantes como tierra fértil y como trabajadores de esa tierra, responsables de limpiarla de maleza, prejuicios, conceptos pre hechos y discursos sobados para que producto de los estímulos, crezca la obra como flor, como árbol, como enredadera. El artista cultivándose para ser canal que conecte a la Naturaleza con la obra, que deje pasar la luz. El autor recorre un camino y va dejando huella a su paso, para encontrar quién es, qué es el mundo, con quién dialoga en la obra y en la vida y cuál es su propia manera de crear. La huella y consecuencia de estos descubrimientos es la obra.

Tres, en la Cábala, doctrina que por cierto cita la autora, Binah es el entendimiento, el número de la creación. Es la síntesis producto de la danza y conciliación de los opuestos, la energía femenina del universo, la forma como disciplina de la fuerza, la raíz de la fe. Un número importantísimo; sin embargo, lamento decir que este libro no se trata de tres, sino de cuatro. A pesar de que la autora realiza la labor nobilísima de dejarse de lado para observar al sujeto en cuestión, no deja de ser un trabajo de autodescubrimiento. Sólo un escritor puede acercarse de una manera tan fresca e íntima a otros escritores, vincular su propia vida, para entrar en la de otros con conexiones no solamente intelectuales, sino de cuerpo y emoción. Explora a autores que fueron en busca de su liberación mientras ella busca la suya y nos invita a buscar la propia.

En mi caso, y espero en el de todos aquellos que decidan abrir el libro, Karen Villeda, al revelar la conexión que tiene con los autores, me revela mi propia conexión con ellos. Yo también, como Leonora quiero descubrir mi apariencia más allá del cuerpo y el contexto, como Virginia me gustaría que todos tuviéramos el privilegio de ser, y como Guillermo quiero que nos acerquemos a la luz y respiremos fuera de la caverna. El libro me resulta una llamada a pertenecerse, a inventarnos cuando miramos hacia el otro, a indagar en el prójimo para traslucir el universo porque, repito, la separatividad es ilusión.


Amaranta Chávez Monterrubio, (Ciudad de México, 1992). Licenciada en cinematografía y egresada de la Escuela Mexicana de Escritores. Ha exhibido cortometraje y documental en distintos festivales cinematográficos. Ha publicado cuento y fotografía en medios electrónicos e impresos. Actualmente realiza sonido directo y diseño sonoro para cortometraje y largometraje.