Tres disparos o La frustrante fuerza del toro

1

Gorgojando, un grupo de palomas están paradas sobre el techo de un palco en la plaza de toros. Frente a ellas, el toro recibe la estocada. Del lomo del bovino comienza a brotar un chorro de sangre. La gente, de menos a más, celebra la muerte del animal, el triunfo del torero.

 A las espaldas de las palomas, calle abajo, policías en una formación compacta, con escudos de plástico a su frente y cascos en la cabeza, caminan hacia un grupo de personas vestidas de blanco que bloquean el tráfico.  

Ahora el toro apenas se sostiene únicamente de sus patas traseras, las delanteras las tiene dobladas y su hocico está pegado al polvoso suelo. El matador clava y desentierra un último sablazo en el lomo del animal. El chorro de sangre se hace más espeso y abundante. Cae. La gente se levanta de sus asientos. Chiflan, aplauden, gritan. El matador de puntillas, da vuelta sobre su eje saludando con una mano extendida, con la que sostiene su sombrero y saluda al público. La escandalosa ovación es silenciada por el estruendo de tres disparos de bala. Las palomas levantan vuelo.

 

2

Oscuridad, incertidumbre y dolor. Lo único que ve, desde esa especie de jaula, son polvosas flechas de luz que entran entre la separación de algunos barrotes y ranuras en las tablas de madera. Afuera hay ruido. Menea el cuello y suelta mugidos. Sus cuernos rozan contra los bordes metálicos del angosto espacio donde, por el momento, permanece preso. El sonido de sus cuernos contra la superficie le produce tensión en el cuello.  

Siente las primeras punzadas, dos en la pierna, una en el lomo. Eso hace que mueva con más fuerza su cuello. Quisiera correr y derribar todo a su paso, pero no puede, el espacio no se lo permite. Contiene la angustia, la impotencia, el coraje. Da constantes patadas hacia atrás, raspando el suelo, entre respiro y respiro.

Escucha  un golpeteo metálico y ve un umbral de luz que atraviesa a toda prisa. Siente el aire correr entre sus cuernos y sobre su pelaje, pero está cegado. Justo cuando comienza a distinguir formas, una punzada en la costilla lo sorprende. Contrae los músculos. De su costado, una banderilla de colores pende. Suelta un mugido y corre tras el hombre montado a caballo, pero es eludido, da vuelta sobre sí, el caballo cambió de dirección y es clavado ahora con una nueva banderilla. Escucha los gritos y chiflidos de las personas. Está furioso.

Después de ser apuntalado seis veces, de ambos costados suyos cuelgan, enganchadas, las banderillas adornadas con estelas en verde, blanco y rojo. Algunas blancas, por la sangre que se escurre hasta el palo de la banderilla, se tiñen de rojo. Su cuerpo palpita, del mismo modo que el corazón le golpea el pecho, por el dolor de las ganchos prensados en él. Pero aún se le ve firme.

Entre ovaciones, el matador hace presencia, ahora es su turno. El toro está pegado a uno de los bordes del ruedo.

El matador camina hacia el centro y extiende el capote a los ojos del animal, que en automático, corre hacia la manta roja pero es eludido. A cada faena la gente celebra, a cada corrida hacia la manta, el toro se ve más, y más, cansado. La sangre cubre ya casi todo su pelaje.

Ahora es lento.

Toma el estoque. Levanta la espada a la vista del público. Entonces, ahora, con una mano extiende el capote frente al toro y con la otra levanta la espada apuntando al lomo de la bestia que, paralizada, no deja de observar la pantalla de tela…

Primero lentos, de puntillas, el torero da unos cuantos pasos. Aumenta la velocidad, se encuentra en una distancia perfecta, deja correr y desentierra, por dentro del lomo, el sable entero. El toro menea la cabeza dando cornadas al aire, un chorro de sangre comienza a emanar por detrás de su nuca, sus piernas delanteras tiemblan, bufa. La gente comienza a aplaudir y chiflar. Se le doblan las piernas delanteras y da de hocico contra el suelo. Al respirar, tanto el aserrín como el polvo,  impregnan su garganta y fosas nasales.

Solo sus piernas traseras lo mantienen de pie. Respira contra el suelo, sus ojos, casi cegados por la tierra que se les han adherido, ven en dirección al público. Observa cómo la gente comienza a pararse, ve a un hombre meterse la mano por dentro del pantalón de donde saca una pistola. Las personas están tan emocionadas con el festejo que nadie sospecha de aquel hombre armado.

El matador se acerca al agonizante bulto de pelaje ensangrentado y le da una estocada más atrás de la nuca. El toro cae tendido en el suelo. Se escuchan tres balazos. Primero uno, con el que las personas dejan de celebrar y luego dos seguidos. Ahora todos corren buscando salir de la plaza, incluyendo al hombre que disparó.

El matador, junto al toro, está tendido en el centro del ruedo. Un charco de tierra y sangre rodea a ambos.

 

3

Un grupo de personas vestidas de blanco, desde el inicio del evento, están sentadas en medio de la calle que da a un costado de la plaza de toros.

Ven que un grupo de policías, cuadras adelante, se acercan a ellos.

Se ponen de pie, no retroceden. 

De pronto se escucha bullicio dentro de la plaza Los policías cada vez están más cerca del ahora nervioso grupo de manifestantes. Se voltean a ver entre ellos. Al aire, levantan las pancartas y extienden una lona.

Cuando los policías están ya a unos escasos cincuenta metros del grupo, se escucha un balazo, seguido de otros dos. Los manifestantes corren, se dispersan por distintas calles. Uno de ellos cae al suelo y se golpea la cabeza, en el cielo ve un grupo de palomas volando. Antes que pueda pararse, es sometido y esposado. De su cabeza, un chorro de sangre resbala hasta su barbilla. Los policías lo tienen boca bajo.

Llegan patrullas a la zona.

Levantan al muchacho del suelo para intentar llevarlo preso, pero éste se rehúsa, patalea contra la patrulla, gira sobre sí e intenta empujar a los policías. Un macanazo en la cabeza le apaga la vista.

Cuando abre los ojos está tras las rejas, junto a un par de sus compañeros y otras personas. Siente que la cabeza le palpita, se soba la nunca y sus dedos se humedecen, lleva la yema de sus dedos a la nariz y percibe un olor a óxido.

Camina de un lado al otro dentro de la celda. Intenta escupir al suelo, pero su saliva está tan espesa que de su boca sólo alcanza a salir aire y grumos blancos.

Se acerca a la reja y grita. Está pidiendo la llamada a la que tiene derecho. Un policía pasa frente de él riendo, hurgando sus dientes con un palillo. El muchacho da un puñetazo a los barrotes y los deja vibrando por un momento. Suelta un bufido y con su otra mano soba la que soltó el puñetazo mientras ve cómo el policía atraviesa una puerta y la cierra.

 


Jorge Orlando Correa (Chetumal, Quintana Roo, 1992). Estudiante en curso de una licenciatura de Humanidades. Es coordinador del Fanzine “Gazapo” y ha tomado el taller de cuento de Leonardo Garvas.

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