Durante media silenciosa hora,
                                               una mujer

estuvo cortando a tijera y sal una cortina.

En el suelo trepida un gato, de coraje

o de asma.

El frío aguijonea a la mujer,

y teme cerrar los ojos el gato.

 

La cortina cuelga en jirones

y el mustio gato lame sus tobillos.

Tras el edificio murmura la saliva,

se distingue el rasguño de las patas de un gallo

y las rítmicas goteras de lavanderías suburbanas.

Quizás, adentro de la garganta de esta mujer

se acomoda el murmullo, el rasguño y las goteras.

 

Ella se incorpora,

contempla su cortina hecha falda hawaiana

comienza a mover la cadera como autómata

los ojos cerrados, la garganta podrida.

La puerta con la voz de su hermana mayor

chingadamadre, mandándola a

dormir.

 

Se va la sombra a su habitación.

El gato atigrado por la luz que permite la cortina

permanece en la sala.

 

Pasa un minuto de ojos abiertos.

El gato la alcanza.

La habitación no tiene puerta. Es un laberinto

enmarcado por el rayo temible de la locura,

y la desmemoria.

 

Su hermana mayor en la azotea:

salpica la calle con el jugo de su fruta,

y con el labial le pone los acentos faltantes

                                               a la hora de las goteras.

 

Una joven ha venido a buscarla,

la llama pstt, pstt, que traducido por el silencio es dulzura,

y ella responde con un silbido,

que comprendido por el deseo encuentra camino

entre el olor de la fruta y la escalera hacia abajo.

 

Se van

besando, aunque pareciera que sólo corren.

Las escuchó un perro y alerta a los vecinos.

Pero sus besos veloces las llevan más lejos que los odios.

 

La mujer aquella no abraza el sueño:

el gato insiste en contarle historias con la voz de un niño.

 

Ella sabe que nunca encontrará

que ha buscado desde la bisagra de las puertas

o desde la claridad de los insomnios.

Pero continúa,

            se levanta y se sienta de nuevo frente a la cortina.

La mira.

Cree que entre cada jirón,

puede caber otro corte, o dos,

y retoma las tijeras.

 

Del machete que cuelga en la biblioteca

Me han dicho de mi abuela lo que dicen del mar cuando se calla

lo que dicen de Acapulco cuando no hay sangre sino risas y peces vela,

Sé de sus años en la maquila, sé de su risa,

sé de sus ojos enmarcados en cansancio.

Abuela, le diría, si la tuviera cerca

tomándonos una cerveza, abuela,

la mujer que me gusta, dice que tiene una concha

donde vive un cangrejo,

y dice que en sus ojos hay un camino al centro de los árboles,

y que charla con las gaviotas que vuelan disfrazadas y chuecas,

en especial, dice que ha conocido el amor en los delfines,

y que silba y los pelícanos le acercan la comida.

 

Le contaría también, que en ocasiones de fiebre

sueño que corto a machete las lenguas de esos príncipes de la poesía,

que les hundo las hojas de los libros en los párpados,

y le confesaría que soy tímido componedor de lanchas,

que limpio los buques por diez pesos,

y que terminé de escribir un libro de aforismos para serpientes.

También le diría a mi abuela, que le temo al mar,

y mientras río, mientras abeja y zumo de cebada,

ella bajaría los lentes y se pondría seria.

 

Sobre la mujer que me gusta, no diría sino un suspiro,

sobre mi triste libraco,

comentaría sacando un billete de a cien:

cómprate un machete.

 


José P. Serrato (Ciudad de México, 1987). Defensor de derechos humanos y escritor. Ha participado en diversas ONGs como abogado y educador. Ha publicado en algunas revistas nacionales y extranjeras. Obtuvo el premio en la revista Punto de partida en 2014 por su ensayo Cacerías y fraudes vulgares. El premio de aniversario de la revista Sorbo de letras en Venezuela y una mención en el rubro de poesía en la Revista Punto de partida en 2013. Becario del FONCA entre 2013 y 2014.