TANÍ KABYF
(FRAGMENTO)

Entusiasmado por su trabajo quiso ponerle nombre a cada región, pero no pudo, porque el mundo estaba incompleto, estaba desfondado.

Y se entristeció.

Y cantó, cantó así por mucho tiempo

Mito kiliwa de la creación.

 

I.

Las voces no hablan, escuchan. El silencio no habla.

La ceguera auroral: hice la noche, porque todo era luz que no manaba sombra,

hice la luz como un lago que se inmola, hice la noche como una compasión.

Y pájaros boreales de tristeza, y una caja musical muy silenciosa en el destino del corazón del agua,

y puertas que al cruzarlas llevan al mismo sitio, y puentes que unen un pájaro consigo mismo.

La música está llena de ventanas sin salida, el exterior siente ser creado por la música.

Y la montaña muere convertida en eco, nace, toca su alegre compasión inútil,

el indio labra los cabellos del dinero y siente cómo una anciana vacía la vida de sus pies,

y el tambor del dolor increado sacude la humanidad donde una mujer despierta de la muerte

en el destino y la memoria de una mujer, una joven de paja que rasga los ocasos

con su alma echada a andar, con su tumba que ha huido de superstición en superstición,

pone sus pechos en los eones frente a los marranitos recién mutilados en la beatitud,

en la boca del pensamiento donde brilla la necesidad como una flor sagrada donde pocos han de vaciar la verdad,

y la simiente se marchita y en su aborto atraviesan el tiempo brozas suspirantes,

pero he puesto tres alas dentro de las piedras de lo desconocido,

y aporrean cantores las piedras para escuchar cuánto miedo tienen las alas de parar,

hay un hombre que tiene miedo de ser madre

mientras juega con los otros niños en la guerra de las flores

y arranca su corazón desde otra niña que vive en un rincón del ojo de un lagarto

y nace y lentamente se acerca al pecho de una joven y le besa los pechos

y le besa los labios donde todo está vivo y está quieto, mana la leche en sus ojos y en ellos beben todos los pueblos,

y sus pechos dicen “hasta aquí” a sus manos y se yerguen en la selva como selvas

y él no entra al entrar en ella y ella guarda el silencio de la muerte: su vientre está lleno de agua,

de sueño que se gesta con un follaje ruinoso, echa a andar a Dios, y nace una hormiga muerta en el batir de tierra

de los niños, con sus cuerpos batallan sin derrota o victoria, descarnados de una faz del laberinto,

mientras la sangre escoge bajo la luz los ópalos, las gencianas iracundas y secretas,

la paja irreconocible, el pan que descoyunta, el barro humilde removido de las cosas por la fe de que era impuro,

el eco de un color, más tenue y más lejano todavía, la mirada de un perro,

un solo ojo de hombre, mientras la sangre escoge el vaho de su Rajah,

el cabello de una esclava de un cuento miserable, el murmullo de un ciego, y la carne profética.

Revelar es la prédica del carnicero: arranca el rostro engañoso de una cosa que llaman inmunda,

la tierra calla, y devoran el resto de su vida invivible: siempre están por nacer.

Levantan las velas ya levantadas, atraviesan el mar atravesado, arrasan sus ojos nuevos

que los crearon y ya los esperaban. Y el emerger de lo invisible es la nostalgia de un ojo,

todo mantel es piel inmemorial; el carnicero que predica más allá del cuerpo fielmente se hace polvo como ha dicho,

saquea la promesa del destino que no es futuro, sino interior.

Muros son sus hallazgos, escalas de la escucha. Con fuego honran el vedado festín,

y cosechan su odio por lo grave, lo denso: empuñan el espectáculo, la hoz del corazón,

para segar cadenas. Y cuán sublimes cadenas restaña la sangre, hay una música que en ellas florece una vez nada más,

torbellinos de siervos retornan a sí mismos como una palabra incandescente.

Donde brotan las flores, a la orilla del sueño,

a la orilla del tiempo,

a orillas de la mente,

donde palpan los caminos del llanto como hilos, como cuerdas del sitar (cerrojo de la música),

donde se es imagen angostada pues la carne no es tan grande como el sueño y sin embargo es más profunda,

y sólo aquí se ofrece la flor de la necesidad, y sólo aquí desprecian su color sosegado.

Porque el color más turbio es transparente en el sueño, un camino flexible donde el viento y la piedra son las aguas del germen todavía,

una sien desenfrenada donde tanto da el trigo pues no se distingue de la lluvia o la estatua,

el mar donde estalla el nacimiento de los ríos de la tierra, donde el viento se prepara para entender el peso de la carne.

Y puse la vida para que ella eligiera, hostil, elemento de la murmuración:

en ella todo es acto y los actos son imagen: en ella las palabras esperan ser dichas,

como una devoción,

casi como un aliento, más que casi un aliento.

Y mira la creación, la carne que recuerdas, la muerte despierta que se esconde en lo más hondo de tu sueño,

esperándote para postrar tu imagen ante mí, para vaciar tus ojos y sentir tus imágenes, plenas de gravedad,

y con ellas coser el peso del mañana de la vida. Haré rodar tus ojos por la tierra, segadores del alma,

porque en medio de la locura es el misterio, y la vida yerra en ella como un niño perdido,

y la vida,

que todo la contempla en su desvanecido jardín.

Veo correr la madrugada como una súplica, veo las aguas conjeturales de los que sólo saben vender falsos dolores

entre los secretos que no olvidan, confundidos con el arrebol peligroso,

todavía no saben andar y ya desprecian la vida que no son, que sólo es mía, el eco de su boca embalsamada,

ni una canción de cuna. No el ocio de la carne como un naufragio sagrado, como un ardid aventurero que fortifique la perdidiza espuma y la entierre y la desentierre del corazón. Pues son tiempo, y las criaturas sueñan que caminan dentro de mí

con pasos que no andan, que los fuegos de mi serenidad desprenden del gran árbol, que nadie recorre;

apenas se dan cuenta que no hablan, que sembrados en la muerte se mojan las manos benditas en el llanto,

apenas mueven un poco de tierra y la hacen un nudo sin salida de fealdad sin salida que ya no logra ver

las notas suspendidas del infinito, y colocan el hambre inflamada del mar como si estuviera dormido,

pero está despierto y poderoso va desgarrando los vientos y se quiebra dentro de su mirada propia,

allí convergen las gaviotas preñadas del abismo,

los sapos de sentinas florecientes y las mujeres de pechos carcomidos por la luz.

Pues los pasos no tienen eco en el destino, miserable criatura limitada; mírate una vez más, di:

dónde están mis adentros, dónde empiezan mis ojos, si son la aguja en el pajar de la sustancia;

mírate y dime dónde tus coyunturas sino llorando abandonadas en medio de la imagen,

donde no existen más, aplacadas y salvadas para siempre, no en la vigilia ya, no ya en el sueño,

desembarcadas al fin sobre sí mismas, inabarcables en la fuente de la boca, pero allí alzadas,

casi fluyentes, casi quietas,

parpadeantes, como si eligieran las presencias que las miran,

despiertas, femeninas, como la vida oscuras como el punto más real de las palabras,

más humildes ya siendo infinitas, renuncian a la torpe conquista del espacio,

al demasiado tiempo. Pues una sola imagen es inabarcable.

Desde allí miran, con la vida más serena en su mirada,

a los tenues humanos caídos recién a la palabra, maravillados con el musgo arrasador,

pidiendo más aún, una boca más grande todavía, inacabable aliento para sus brevísimos pulmones,

más pulmones más grandes. Qué sordos, qué suntuosamente pobres han de ser,

que necesitan confirmar la miseria de su boca, repetir su propia imagen para creer en el agua.

Y ellas, cuya voz es ya interna solamente, silenciosas,

hablan sólo porque las palabras encumbran su camino hacia la tierra,

delgadas como casi pensamientos,

son flores que se abren como sentido y obra, cuyas presencias escuchan el ruego de las cosas.

 

Pero nada hay más hospitalario que una boca, y nada más hostil.

La noche está despierta susurrando su historia a los dormidos, los pájaros desandan el tiempo de su sueño,

el mar historia humanos, lánguido carmín de vida antigua,

un puente doloroso donde se cumple el cielo. En carcajadas condolientes la palabra de la noche resbala,

su cuerpo se dilata en el pensamiento,

contempla los desnudos callejones sin salida, la contempla el amarillo de una íntima garganta,

silenciosa descubridora cuán prematuramente, cuánto la soledad de la palabra bordante aún invisible,

despertando muy segura en la garganta de su muerte apacible como un venado blanco, poco a poco.

De los obreros resbala, y del eco callado sin su cuerpo, enardecida en su espera radiante de memoria,

ebria de escalofríos, resbala como el llanto del rostro de una niña,

como un ave resbala del corazón del viento, da a luz:

músicas que aún no nacen se reúnen en la mano de senderos pensativos,

oyen qué grandes y malgastados linderos que se cierran sobre un presentimiento, callan entre las voces bajas

que no quieren aún ser oídas por la vida; no la transformación, tan rezagado silencio del aliento,

tanta lengua que encuentra cuerpos más cristalinos, sino el interior quieren. Llueve en la muerte,

llueve debajo de la muerte, dentro. Resbala su comienzo entelerido,

la flor rebasa una vez más su fin. Y lluvia, que te detienes y musitas el alma derramada de la atroz, sublime música

por los que no has visto aún, y en tu caída colocas la rompiente solar,

a través de tu voz oigo que viene el que ha llegado, oigo que no habla,

cómo se pierde quedo entre los gestos de tu antiguo delirio,

cómo entre las graves infancias se espanta sagradamente,

florece en la ambición de sus ojos perdidos, en el consejo siempre último del sueño

y su prostitución violeta, y su riqueza que viste una pobreza

tan humilde que no tiene desnudez, y el florecer que eclipsa no un cadáver ni el polvo ni el mar desolador,

sino su propia huella en la memoria,

su color sucesivo que no alcanzaba a ser color del todo, leprosa letanía del ruiseñor en el monzón erguido por tres voces,

por dos veces,

follaje sí entre las manos, pero nunca tocado,

y piedra, y bosque ejecutado siempre igual, inesperado siempre,

tierra mira cómo remontas sueño adentro,

tiempo adentro, aire,

mira cómo el aire se atenebra lentamente en el camino del regreso por los otros,

sueño adentro, tiempo adentro,

hacia la primer tierra.

 

CANTO TERCERO
O
EL NÚMERO DE FUEGO

 

I.

Sólo hay dos cuerpos míos que buscan mi cabeza

Dos almas de una sola que se matan de sueño

De este adiós que se abre como un sol de destino

Dos necias bendiciones de mi boca indecisa

 

Dime si mis entrañas me devuelven mis ojos

Si este viento preñado si esta roca de luz

Dime si hay dos vivencias que no encuentra la vida

Pues el fuego me aburre de tanta perfección

 

Mi cabeza de oro mi cabeza encendida

Como un pájaro oculto muy lejos de su canto

Dos flores como escalas solares

Como entrañas de luz que ya no podrán ser

Como soñar despierto

 

Ha llegado la carne con su ajedrez de almas

Dos frentes de una boca que abarca mil cabezas

Mira cómo las indias mira cómo los niños

Se lavan con el alma sus manos infinitas

Sólo por acercar un movimiento al pan

Mira mis dedos rotos cómo les doy mis dedos

Para que todo toquen

Para que todo rompan y recojan sus dedos

Sobre sus vientres lloro como sobre mis ojos

Sobre sus labios caigo como unos labios muertos

 

Y retrasan los labios a su propio sonido

Para que todo toquen para que los tambores

Y rompan el amor y toquen sus cerebros

Para que todo rompan como si yo existiera

Para que paren todo para que en el pasado

Curen con su mirada las batallas de un ciervo

Y forjen la profunda cornamenta

Y los hondos caminos del ojo que penetra

La red de luz inmensa del follaje

Que el corazón procura como un dormido epitafio

 

Lléname de saliva llena mi germen de flores y de ruinas

Oh pescador de símbolos

Animales absolutos

Oh déjame adornar mi cuello con tu llanto

Déjame que mi diestra siegue tu dicha humana

Y en mi oreja la cuelgue inmensa de tus ojos

Oh cimiento que conoces las horas contadas

Cómo besan sus sexos desde tu antiguo trono

Cabeza resplandeciente

Cabeza eterna sólo si no equivoca

Déjame cobijarte en la flor prematura

Devolverte al ahogo del corazón dormido

 

Arrástrame en la senda del pan de la montaña

Quiero ver tu crueldad si es bella como un fruto

Quiero ver tu mirada tu bastón traicionero

Si es capaz de besar una mugrienta herida

 

Halla mi soledad y márcala en tu rostro

La de la ortiga cubra para siempre la vida

La del capullo inunde tu voz inalterable

La del gallo tus manos que transforman la noche.

 

II.

No puedo caminar porque no encuentro mis pasos,

oigo cómo las ramas que quiebro se quiebran en algún sitio

dentro de mi corazón, y hay un llanto que no sé de dónde viene entre las rocas

como palabras mías que yo no diré nunca; oigo una gran mentira que se escuda en los árboles,

el agua merodea sus gestos y busca la entrada y construye la entrada que no encuentra

y construye las entrañas de la entrada,

pero la roca es una puerta donde nadie entra ni sale, ni tiene respuestas en su piel acosada

como un punto de nostalgias y destinos, mudas inútiles entradas que son sus adentros,

gestos que lejos de los pasos son los pasos siguientes,

donde el eco es una voz arrancada a la mirada, un pulso que cae de la mirada

como maduro, abriéndose liviano acariciado por el acoso de una luz carroñera,

sus carnes alegóricas, su inalcanzable velocidad donde reverbera y se regocija la quietud,

su inalcanzable velocidad que no logra alcanzar a la quietud.

Y todo está abandonado,

en el ojo del tiempo hay un espíritu que urde un despertar de entre todos sus sueños perdidizos,

abandonados como formas vacías del deseo, perfectos

como ciudades torpes y desnudas, labios de piedra que son restos de piedra indestructible,

eternidades puras frente a la máscara transparente de la noche,

frente a la sangre que se pierde en sus palabras, ilegible,

la que escribe su cabeza mutilando su brazo y dibuja su brazo mutilando su voz;

todo está abandonado,

el muchacho que arranca un corazón de chica como un fruto ambicionado de otra orilla,

la sangre ajena que no se secará nunca en su corazón,

la cierta vagina desterrada de su imagen

y las lágrimas muertas sobre una mirada al fin desnuda de ojos,

la habitación saciada y sus paredes que murmuran satisfechas

y los muebles que ríen por dentro del muchacho como entes que se esconden en su silencio,

como niños que corren a la esquina de la existencia luego de sembrar su travesura;

todo está abandonado,

el tablero al costado del espíritu, los labios más pesados que la vida,

la primera saliva de otros labios, la segunda saliva de los propios

y de pronto no haber tenido labios nunca,

los otoños del cuerpo, su desprendimiento de palabras y cuerpos,

la pérdida del cuerpo, la búsqueda del cuerpo,

el esplendor de la ceguera,

el futuro que aniquila a la memoria como a un testigo de su crimen,

la memoria que devora al destino para saciar su imagen de infinito;

todo está abandonado,

el reflejo liberado de las aguas, la dureza liberada de la tierra,

el agua liberada de su transparencia, la tierra liberada de su propia mano,

los cuerpos que no se tocan como si se tocaran,

cuerpos que no se tocan por su propio deseo,

cuerpos que hacen sus bordes desde dentro;

todo,

la que ofrenda sus labios a una voz que se ofrenda,

la que se arrodilla ante su imagen desnuda de destino,

la que toca sus pechos con las manos de otro,

la que besa en el beso de dos desconocidos,

la que no puede ser,

la que ve en los espacios su propio corazón,

lejano ya, exiliado de su interior,

todo,

todo está abandonado.

 


Omar Jasso (Estado de México, 1990) Escribe Mandorla y El camino del buey, que forman parte de La música de Iyov.