En 1996 apareció la película Trainspotting, que por alguna de sus habituales puntadas, los distribuidores decidieron exhibir aquí acompañada de un título alternativo que parecía sacado de un burdo folleto contra las adicciones: La vida en el abismo. No obstante, la cinta ─basada, como se sabe, en la novela homónima de Irvine Welsh─ planteaba justo lo contrario: retrataba la vida disoluta y efervescente de un grupo de jóvenes adictos a distintas drogas como el alcohol, la efedrina, la cocaína, la metilanfetamina y, la droga que hace dos décadas asomaba como la más mortífera de todas: la heroína.
     La cinta, dirigida por Danny Boyle, no sólo se propuso innovar con una fotografía de planos bastante audaces, sino que, además, estuvo protagonizada por personajes cuyas actuaciones, hasta el día de hoy ─ayudados por el ímpetu de la trama y el frenesí de las tomas─ continúan siendo plenamente identificables; Renton, Spud, Sick Boy y Francis Begbie son, todos, nombres que algunos todavía guardamos en nuestra retentiva. Adicionalmente, aquél filme contó con un notabilísimo soundtrack que, en 90 minutos, consiguió reunir a bandas y solistas tan dispares como New Order y Underworld, Iggy Pop y Damon Albarn, Brian Eno y Leftfield, Lou Reed y Heaven 17, entre otros.
     La película ─siguiendo al pie de la letra la trama de la novela─ corrió el riesgo de presentar un tema tabú, evadiendo perfectamente la censura o la exaltación del consumo de estupefacientes, abordando la cuestión de una manera casi retozona, a través de un lenguaje duro y directo, y basado en una jerga completamente scot, con acentos recargados, tal como solía hablarse, hace veintitantos años, en los barrios de Edimburgo. No hay mucho que agregar al respecto: la película de Boyle, que narra la intensa y complicada vida de este grupo de drogadictos escoceses, hoy goza de una celebridad merecidísima.

      Dos décadas después, ha salido T2 Trainspotting. La pregunta a resolver es simple: ¿necesitábamos averiguar lo que le había ocurrido a Renton y sus amigos en los últimos 20 años? No, si somos tan hipócritas como para atrevernos a negar nuestras nostalgias. Sí, si tomamos en cuenta que, además de vendernos un producto hecho todo de añoranzas, el director no quiso, simplemente, ofrecernos una secuela, sino darnos a conocer el verdadero desenlace que, hace quince años, el mismo Irvine Welsh imaginó para sus personajes en la novela Porno. No es el primer autor ─ni tampoco el único director─ que ceden a la tentación de encarar a sus personajes con el pasado. Hasta el gran Alexandre Dumas, en Veinte años después, accedió a contarnos qué suerte habían corrido, dos décadas después, sus tres mosqueteros: Athos, Porthos, Aramis y, claro, D’Artagnan. Ya sea por esta, o por cualquier otra razón, Boyle decidió convocar a sus antihéroes para contarnos lo que les sucedió después de todo ese tiempo. A diferencia del libro, donde han pasado únicamente diez años, en la película han sobrevenido veinte.
     La anécdota ─que ha sido detallada hasta el fastidio en otras reseñas─ no es otra cosa que el sumario de una serie de nostalgias, que comienzan con Renton, regresando a casa 20 años después de escapar a Holanda con las 16,000 libras que, se suponía, iban a repartir entre sus cuatro camaradas. A partir de ahí, el guionista, John Hodge, obliga a los personajes a que vuelvan la mirada atrás, hacia la primera parte, ya sea aludiendo o bien reproduciendo, las escenas más emblemáticas de Trainspotting. En ocasiones, raras, el engarce funciona —el plano inicial de Renton corriendo en la caminadora de un gimnasio, teniendo de fondo “Born Slippy” es una señal interesante—, pero, en términos generales, la mayoría de las reminiscencias tienen un sabor bastante insípido. Una de las peores escenas, me parece, es un largo monólogo donde Renton, sin tartamudear ni tomar aire, intenta explicarle a Veronika, una joven prostituta que colabora con Simon ─antes Sick Boy─ el viejo pasatiempo que ambos solían jugar, por supuesto, dos décadas atrás. La remembranza y el recuento, una vez más, resultan lamentables.
     Hablando de su fisonomía técnica, continuamos gozando de planos congelados, luces estroboscópicas, movimientos de cámara bruscos y, ahora, una cantidad ingente de flashbacks, que, una y otra vez, nos remiten a la cinta de hace 21 años, así como, según podemos observar, a la feliz infancia de los protagonistas.
      En materia musical, la película tampoco consigue emular el genio del brillantísimo soundtrack que acompaña a la primera parte. Aunque, por ahí, de pronto, sale a relucir la mítica “Relax”, de Frankie Goes to Hollywood o la pejagosísima “Radio Ga Ga”, de Queen, la relación entre música e imagen no posee la insuperable contundencia de la primera parte. ¡Se supone que estamos en pleno 2017! ¿En qué lugares, más allá de nuestros recónditos Dada X, Under y UTA, todavía ambientan con esa clase de rolas?
Música aparte, sobresalen algunas secuencias ─como el episodio en donde Spud, liberado ya de las drogas y obsesionado ahora con narrar la historia de sus viejos compañeros, coloca las fotografías de su adolescencia sobre los vidrios y las paredes de su apartamento─ que le confieren a la cinta cierto relieve melodramático. Lejos de estos episodios, se trata de una película que no intenta innovar, y se contenta con lanzarle guiños a su vieja audiencia.
      Más allá del emocionante reencuentro de Renton, Spud, Sick Boy y Francis Begbie ─que no evade los sentimentalismos y que, únicamente por eso, resulta sugestiva─ T2 Trainspotting no es una película lo suficientemente diestra como para conseguir hilvanar una nueva historia. Lejos de las remembranzas que, seguro, despertará entre cierto público cautivo ─su incondicional fan service─ se trata de un burdo reencuentro, similar al que, de tanto en tanto, ciertas bandas ochenteras celebran para allegarse algo de dinero y un poco más de la fama, ay, ya perdida para siempre. El mismo Boyle lo dijo sin empacho: “nos aprovechamos de lo entrañable que los personajes le resultan al público”.
       Tal vez, tomándole la palabra a Boyle, lo mejor sería asomarse al pasado, con ciertos dejos de nostalgia, y mirar la sensacional cinta noventera, sin enfrentarnos a la penosa necesidad de ver cómo se rompieron, aún más, los sueños de estos viejos que, pese a todo, nunca podrán librarse del melancólico adolescente que siempre llevarán dentro.