Entre noches

 

Cuando duermo la memoria camina

y en la mirada relampaguean

piel y polvo,

cuando maduro la memoria reposa

y en la cara treguan

arena y fuego,

cuando muero la memoria despierta

y bajo las olas reinvento

mi vida de nubes y viento.

Vuelvo a mirar

y me desconozco;

mi pensamiento del tiempo se desnuda,

vuelvo a dormir

y la madrugada se funde

a la espuma de este sueño.

El silencio se desploma,

mi pulso amanece.

 

 

 

Instante

 

Con violáceo fulgor

arde el fuego de jacarandas,

olvido y nubes varadas

en el abismo de un sueño azul:

es el brillante día de muerte estática,

todo es piedra bajo la desolación del sol,

danza la luz en el ombligo infinito del agua

y siembra en un instante

la eternidad en flor.

 

 

Barbarie

 

Bajo la lluvia relampagueante

de jades sombríos y afilados

la soledad ha quedado reducida

a un sembradío de cráneos y olvidos;

en el centro, nuestra cabeza acribillada

flota en una laguna sangrienta,

todo nuestro cuerpo arde miserablemente

al calor de su podredumbre

mientras nocturnos pedernales

nos destazan a corazón abierto;

ahora, unos ojos de lumbre se multiplican

en la oscura epidermis del cosmos:

son las miradas del tiempo,

legiones de meteoros,

que han venido a fulminarnos.

 

 

La Pasión según la Sangre

 

Bajo la brisa de una voz la muerte nos lleva

a los huertos de ceniza en la montaña del fuego,

ahí la vida devora su rostro como si fuese

un fruto desgastado antes de nacer;

 

pero ignoramos que arriba,

con el estruendo de alas metálicas,

la impaciencia es el buitre asolador

que merodea el silencio del alma

y, sin adivinarlo, los emisarios de la muerte

se esconden bajo las piedras

como alacranes de sombra

en el segundo jamás predicho…

 

El futuro arde en los ojos de una cobra agonizante

cuando su danza ebria nos incita al olvido:

en los valles del caos lloverá veneno sobre la soledad del mundo…

 

Pero antes que las trompetas del final

derrumben en belísono desgarre

los obeliscos olvidados

y los sepulcros de la melancolía

los vientres de las musas parirán,

entre contracciones oscuras y albos gemidos,

el rito salvador de las palabras,

festín del vino nuevo para los labios secos,

idilio creciente del río de la vida,

verdeantes peces, agua limpia,

y la poesía es pan de todos,

paloma rebelde, sin Dios.

 

 

La muerte del viento

 

La noche es

el cíclope lunar,

abismo insondable

donde alumbran las estrellas,

tu cuerpo es

el planeta de sangre,

el deseo en su encarnación de astro,

mis palabras son

velamen tendido en las manos de esta hoja,

la nada sólo es nada,

vacío donde nace el silencio,

la nada es la muerte del viento.

 

 

Sol de tigres

 

Con sangriento furor se hincha la garra solar del poniente

cercada en el cielo de la desolación,

justo en esa región del instante

donde la esperanza llora fuego por toda la eternidad,

por eso aquí la luz es un ángel herido que nos besa la frente

mientras todas las palabras son arrastradas

por un inmisericorde viento de cenizas

hacia los valles del silencio,

pronto, el olvido empuñará el blanquísimo fusil de la luna

para disparar a mansalva sus balas de sombra

sobre la envilecida epidermis

de las cotidianas y tristes

muertes que nos abrazan.

En pie de guerra sobreviven

los rumores de lo que fuimos,

ahora nuestro corazón

es una armadura desajustada

donde la espada valiente del canto yace quebrada,

ahora de arena negra son los solitarios sexos

sobre los cuales arden los días como derretidas lenguas.

Una vez más gira y vuela sobre la selva crepuscular

el sol de tigres

que con desquiciado vértigo

se desploma como una sagrada tormenta de colmillos.

 


Jesús Briseño Vázquez (Ciudad de México, 1993). Estudiante de Derecho en la UNAM. Colaborador de Revista Estepario. Publicó en Bitácora de vuelos.