Nunca he hablado de Silvia, no sé si porque no lo he necesitado o porque lo he rehuido. Ahora mismo no es necesario, pero lo haré. La acabo de encontrar. Vine a comer con mi padre a un centro comercial de Lindavista y la vi desde lejos, no sé si ella se enteró, lo más seguro sería que sí lo hiciera. Era una mujer bastante lista, tan lista que pudo haberme visto antes y haber fingido no notarme.

Estamos en los últimos días de diciembre, el ambiente en la calle y el tráfico están relajados. Faltan un par de días para la cena de Año Nuevo y la gente está a gusto consigo misma. Esta mañana mi padre me habló para ver a dónde me gustaría ir a comer. Le dije que podríamos venir al “10” del centro comercial por unos churrascos; no se lo pensó ni dos veces, me dijo que sí. Hice la escuela primaria y secundaria en esta zona de Lindavista. Durante ese año, lo admito, no hice otra cosa que jugar basquetbol y hacer amistades. Me era muy fácil hablar con la gente, con las chicas se me soltaba la lengua al punto que muchas pensaban que tenía una o varias novias… Había momentos en que las chavas eran integradas al patio con los chavos, a pesar de que en clase siempre estábamos separados. También coincidíamos con ellas en el momento de hacer educación física, desde el otro extremo del patio las podíamos ver haciendo calistenia: sentadillas, abdominales, “jogging” y saltar la cuerda.

Nunca nos acercábamos a hablarles, especialmente si eran de tercero. Mis compañeros se limitaban a conocer a tres o cuatro chavas que, en algún momento, les ayudaron presentándoles a las que sí les interesaban; pero siempre nos limitábamos a las de segundo. En un tiempo en que yo había sentido cierta seguridad, me hice conocer por las chicas más guapas de segundo y tercero. La verdad es que no tenía mucho qué decir, pero me las arreglaba para saludar y hacer uno que otro comentario al cruzarnos en el patio o en las escaleras.

Había varias chavas atractivas, algunas porque tenían la cara muy bonita, ojos grandes, de pestañas rizadas como pistilos, otras con la nariz respingada y una que otra porque tenía los dientes delineados que al reír dibujaban una destellante media luna. También estaban las que ya tenían un cuerpo desarrollado, como las de tercero, que llevaban una blusa translúcida que permitía a los más observadores vislumbrar los encajes de sus sostenes. De todas ellas la más llamativa era una rubia alta y curvilínea a quien se le había puesto el apodo de “La Barbie”. Era ella la que nos robaba el aliento al pasar y a la que muchos de nosotros brindamos numerosas sesiones masturbatorias, todas las cuales eran brindadas con el respeto y devoción de una libación votiva. A mí me gustaba subirme al primer piso y otear el patio mientras ellas pululaban. No me importaba si eran más altas, si tenían novio, ni si éste podía romperme la cara, yo tenía una lista de mujeres que me fascinaban; incluso adquirí el talento de prever que algunas chavas, en un futuro cercano, serían parte de la belleza femenina de la escuela.

En ese ambiente dinámico había cierta estabilidad para mí, la cual fue interrumpida por una sola persona: Silvia. Ella era de tercero, tenía la piel blanca como una hoja de papel, los ojos grandes y expresivos, la nariz tenuemente aguileña y los labios rosados, además tenía un olor intenso a hormonas. Era muy simpática, su sonrisa deslumbraba aquel rincón del mundo. Sin embargo, aunado a este estilo tan enternecedor, había algo en ella que la hacía descollar, un rasgo con el que nadie podía competir en todo el Colegio, ni siquiera “La Barbie” se perfilaba para hacerlo. Silvia tenía el trasero más grande y mejor formado de toda la secundaria, de toda la prepa y del claustro de profesoras. Era algo realmente exuberante. Verla caminar era contemplar una playa donde las olas rompían cadenciosa e infatigablemente.

Pensaba que Silvia era inalcanzable para un “moco” como yo, así que me conformaba con verla contonearse por el colegio donde fingía hacer mis estudios. Esa era la calma a la que me había acostumbrado hasta que la suerte decidió otra cosa.

Yo estaba en el equipo de básquetbol, lo cual me hacía quedarme después de clases, cosa que a mí no me molestaba porque no me gustaba estar en mi casa. Un día, después del entrenamiento opté por tomar la calle de Coquimbo, en lugar de Callao, que era la que casi siempre tomaba para salir a la Avenida Ticomán; de hecho, las usaba alternativamente. Aún, pasados tantos años, no sé a qué extraño prodigio debo el haber tomado esa decisión aquel día. El hecho es que mientras caminaba por esa calle, desde cierta distancia, divisé a una chica con el uniforme del Colegio. Sola, sentada en una estructura de concreto, la joven ninfa enjugaba sus lágrimas con un kleenex. Al irme acercando más y más, el corazón me dio una punzada en el pecho. Era Silvia, estaba completamente sola y sollozante. Por un segundo titubeé en qué hacer, pero algo me impulsó y me decidí a acercarme para consolarla. Ajada por el llanto, Silvia tenía los párpados, la nariz y los labios de un rosa marcado. Creo que me rehusó la mirada en un inicio pero mi voz le cayó bien.

–¡Hola!… ¿tú eres Silva, verdad? –fue una frase que me salió del fondo del corazón, y que me sorprendía al oírla.

Ella volteó estupefacta, ¿quién venía a hablarle de ese modo? ¿De qué manera su nombre era conocido por ese “moquito” que, de buenas a primeras, la venía a interrumpir? Algo en ella se debió de haber encendido, una curiosidad que se impulsaba por la vanidad o solamente era una oportunidad de no sentirse tan miserable como se había estado sintiendo en ese momento.

–Hola, sí, soy yo. ¿Cómo sabes mi nombre? –preguntó con una sonrisa nublada por la tristeza, pero que seguía siendo la sonrisa más linda del mundo.

–Bueno, es que eres una de las chavas más guapas de la escuela y muchos sabemos tu nombre…

–¡Ay!, qué lindo eres. ¿Cómo te llamas?

Le contesté y me presenté. Había tenido suerte en mi escarceo y eso me animó para continuar. Le conté que coincidíamos algunas veces en el patio mientras tomábamos la clase de educación física, que ella sobresalía de las demás por su encanto. Hice mi mejor esfuerzo para que sintiera lo mucho que me alegraba verla en la escuela. Y no pude evitar hacer la pregunta casi obligatoria…

–¿Por qué una chica tan bonita como tú está llorando en medio de la calle?

Cuando me contestó se le escaparon dos lagrimones. Estaba ahí porque la acababa de cortar su novio, era un chico llamado Raúl que… Antes de que continuara, le dije que sabía perfectamente de quién se trataba. Hacía un par de meses los había visto besándose en esa misma calle. Admito que fue una sorpresa desagradable para mí verla fajando con aquel tipo. Sin embargo, debo decir que, como mis esperanzas con ella eran nulas, no me sentí humillado, pues me imaginaba que, desde el inicio, yo no competía en ese nivel. Ella mostró sorpresa y una suerte de halago condimentado con alarma, para ese momento se estaría preguntando hasta dónde llegaba la información que tenía de ella. Precisamente en esa época Silvia no quería que la gente supiera de su vida más de lo necesario. Era bastante reservada, nunca me dio su teléfono ni me dejó acompañarla hasta su casa.

La presentación tuvo como broche de oro los minutos en que la acompañé a tomar su microbús y la promesa de que alguna vez saldríamos juntos. Ella tomaba el transporte en una de las últimas bases de la estación Indios Verdes. En cuanto el micro subía un puente yo ya no tenía la menor idea de para dónde iba.

Las veces que pudimos platicar en el Colegio fueron momentos realmente extraordinarios, pues, ante la incredulidad de mis compañeros de que la había conocido, el vernos hablar con afabilidad hacía que una especie de absurda aura de superioridad me iluminara. La imagen bamboleante de Silvia mientras andábamos por el patio o en la acera fuera del Colegio me hacía sentir que flotaba. Con ella tuve mis primeras citas, fuimos a comer pizza, a comer crepas e, incluso, un día me animé a llevarla al boliche. Me hacía sentir una fuerza que nunca había experimentado, le pedía el coche a mi papá y, aún con el miedo de las primeras veces, un día la quise dar la sorpresa de ir a recogerla a un ensayo de baile que tenía. Lo que yo no sabía es que Silvia había empezado otro noviazgo con alguien de su salón, así que me tuve que conformar con un frío saludo mientras ella iba de la mano de un musculoso jugador del equipo de voleibol. Esa fue la última vez que la vi ese año, al regresar a casa tuve una crisis de nervios y exploté en llanto contra mi almohada. Mi padre me sorprendió y pensó que se debía a la llamada de atención que me había hecho un día anterior. Me dijo que no era para tanto, que me calmara; lo que no sabía mi viejo era que su hijo acababa de experimentar por primera vez el dolor quemante de recibir una puñalada trapera de una mujer.

Un año después, en una kermés que organizaba el Colegio, me reencontré con Silvia. Iba radiante, llevaba unos pantalones de mezclilla que realzaba sus encantos, las piernas le lucían como no he vuelto a ver algo igual. Llevaba una blusa blanca y una chamarra no sé si de piel o de imitación. Después de que la saludé, pude notar que la blusa que llevaba estaba un poco sucia, incluso luida, y me entristeció verla así. Ante mi propuesta de que la llevaba a su casa, dijo que no gracias. Le insistí pidiéndole que me diera su teléfono y tampoco aceptó, dijo que ella me llamaría. Le di el número y, a pesar de que ya había perdido la esperanza, me llamó unos días después. Recuerdo que en ese época yo era muy tonto, buscaba palabras “clave” en sus frases que me hicieran sentir correspondido, así que cualquier detalle lo interpretaba como la prueba de que podríamos llegar a ser algo más que amigos. Salimos un par de veces, de hecho, fue en esa etapa de nuestra relación cuando fuimos al boliche, no antes. A pesar de que llevaba el auto, Silvia me pedía que solo la dejara en el sitio de Indios Verdes, así que lo estacionaba y la acompañaba a pie. Iba muy nervioso, no me quería imaginar que volviera a andar con alguien más, entonces, con la mayor de las torpezas, apenas unos instantes antes de que se subiera al micro, le dije que si quería ser mi novia. Ella estaba preparando el dinero de su pasaje, así que fue totalmente desafortunada mi pregunta. El resto de la tarde me sentí un perfecto imbécil. Si había tenido alguna oportunidad, mi impericia la había hecho zozobrar. Dijo que por qué no después hablábamos de eso…

Nunca me volvió a hablar y no volvimos a vernos por más de diez años.

Como dije antes, poco tiempo después, me corrieron del Colegio debido a una inusitada mezcla de mala conducta y falta de dinero, yo comprendía los dos estigmas que podías tener en esa escuela, porque, normalmente, los mal portados eran tolerados hasta lo indecible porque sus padres eran gente acaudalada, mientras que los pobres casi siempre obtenían las mayores notas, así que los esperaban en sus rezagos. Durante un par de años estuve trabajando en varios oficios y, por una extraña razón, adquirí el trabajo de editor en una pequeña editorial.

Tenía que atravesar la ciudad todos los días porque seguía viviendo en el norte. Viajaba una hora en Metro de ida y otra de regreso. Mis amistades eran totalmente diferentes a las de la secundaria. Tenía una novia con quien me llevaba bastante bien y con quien había acordado mantener la relación abierta. Estoy seguro que fue un miércoles, venía de regreso del trabajo cuando la vi. Supe que era Silvia a pesar de lo cambiada que estaba. Había subido mucho de peso, vestía de negro y llevaba el cabello más largo. Los ojos, nariz y labios eran los mismos a pesar de estar enmarcados por unas mejillas abultadas. Las piernas y las pompas estaban infladas y habían perdido esa majestad que me habían hecho alucinar en su momento. Me acerqué, y modosamente le dije que si no era Silvia. Volteó, me vio y dijo:

–¡Claro!… Y tú eres…

Dijo mi nombre con incertidumbre, como si hubiera tenido que buscarlo en un cubo donde se guardan cachivaches, y no como si lo hubiera olvidado totalmente. Los carrillos estaban inflamados, lo notaba ahora que la tenía más cerca. Me preguntó que dónde me iba a bajar, dije que en la siguiente estación, ella preguntó que si tenía tiempo de que nos tomáramos un café.

¿Qué era lo que me presentaba la vida, una suerte de revancha, una segunda oportunidad diez años después? Iba a tomarme el café o lo que fuera con ella.

Entramos al Sanborns y nos sentamos en un gabinete. Me preguntó casi de inmediato si tenía novia, le dije que sí, pero que era una relación abierta. Sonrió y dijo, “Si fueras mi novio, moriría de celos…”. Empezó con un cumplido y me sentí comprometido a hacerle uno yo también, solo que lo que veía no era ni la sombra de aquella joven, estaba abotargada, fumaba un cigarrillo tras otro y se tronaba el cuello sonoramente. También tomaba el café con cierta desesperación y a cada taza le ponía de tres a cuatro sobres de canderel. Le dije que la recordaba muy bien, que siempre fue la chava más lista, más ordenada, la más aplicada de la escuela. Hizo un gesto de burla, como si lo que le acababa de decir le diera una flojera inocultable.

–Pues ya cambié –dijo mientras le daba una pitada al cigarro.

–No me digas, ¿cómo…? –dije para saber qué le había molestado de mi intento de cumplido.

–En ese tiempo era una chava muy controlada por mi padre. Lo que sucede es que –hizo una pausa, como para decir algo no demasiado importante– de los doce a los dieciséis años mi papá abusaba de mí.

Su comentario me dejó frío, además, no pude quedar indiferente ante la forma acartonada, exangüe con que lo había dicho. En ese momento, como una cascada que se precipitaba en caída libre, una retahíla de imágenes empezó a surgirme en la cabeza: la forma simpática de comportarse, su sonrisa de niña, su mirada entre ingenua y maliciosa, su contoneo al caminar, el desarrollo prematuro de sus caderas y la exuberancia de su cuerpo, las negativas por dar a conocer su casa, su renuencia a darme el teléfono, esa sensación que irradiaba desolación, todo eso se estrellaba en mi mente como dardos bien afilados.

–Mi mamá lo permitió todo el tiempo, por más que se lo decía, no me quería hacer caso. Mi papás son mucho mayores, así que viven a la antigua, lo que diga el hombre es lo que cuenta –todo lo decía como si lo hubiera racionalizado o como si no quisiera enterarse de sus propias palabras.

–¿Y tus hermanas…?

–Cuando crecí, amenacé a mi papá de que si les tocaba un dedo, lo denunciaría. –En ese instante apagó el cigarrillo y, al querer tomar otro, notó que se había terminado la cajetilla–. ¿Me puedes prestar veinte pesos?

–Desde luego, ¿qué necesitas?

–Unos cigarros.

Llamó a la mesera, le pidió más café y que le trajera unos cigarros de la caja. La señorita se acercó, me recibió el dinero y enseguida volvió con la jarra y unos marlboro.

–Después estudié medicina –continúo. Yo ya lo sabía, ella siempre decía que quería ser médico, además mis primas conocían a una de sus hermanas y me habían dicho que Silvia estaba en la UNAM–. Obviamente, ya no me dejaba gobernar por mi papá. Aprendí a ponerme como loca y reclamarle lo que me había hecho.

A medida que fumaba, bebía café y hacía gestos desquiciados, como tronarse el cuello o la espalda o tensar la quijada, yo experimentaba una tristeza creciente. Frente a mí estaba uno de los seres más luminosos que jamás haya conocido, pero que se había reducido a un ser dañado.

No esperaba que pagara su consumo, pero me sorprendió un poco la forma en que ni siquiera hizo el gesto de querer hacerlo. La acompañé a una avenida donde pasaba su colectivo, le pregunté si era seguro, me dijo que sí, que aunque fuera noche, “es seguro porque conozco a los choferes de la ruta”. Intercambiamos teléfonos y, al decirnos adiós, me dio un abrazo y quiso besarme. Aunque me moría de ganas por besarla, por primera vez después de tantos años, no lo hice. Me limité a darle el abrazo. Al separarnos, lo volvió a intentar y me dijo que no le importaba que tuviera novia. Le contesté que la sentía muy frágil, que lo mejor sería esperar. No quería aprovecharme. A los pocos segundos de separarnos, un microbús se detuvo frente a nosotros. Silvia lo saludó y se subió. Antes de arrancar me hizo el gesto de que me hablaría.

Al día siguiente, terminando de comer, Silvia me habló a la oficina, me preguntó si podíamos tomar un café en el mismo sanborns. Dije que sí. En mi trabajo yo tenía fama de ser muy tranquilo, además conocían a Mónica, mi novia, (la de la relación abierta), así que no dejaron de notar lo que habían visto. Era la semana previa a salir de vacaciones de semana santa, lo tengo muy claro. Volvíamos al mismo lugar, al mismo gabinete y a los mismos temas. Esta vez Silvia traía una cajetilla de cigarros mentolados y una coca light de 600 ml., después me acostumbré a verla con un refresco como ése. Me dijo que el día anterior había ido a ver a un doctor, “un viejito muy buena onda”. Si entendí bien, el médico le regalaba caja de antidepresivos Talpramín.

–¿Te los regala?, ¿así nada más? –sabía que mi pregunta era impertinente, pero quería saber de qué se trataba aquello.

–Bueno, es un hombre muy solo, a veces lo visito para hacerle compañía.

No pude evitar sentir un escalofrío, ¿Silvia le hacía favores sexuales al viejo ése?

–Por eso voy a verlo al Centro Médico. Es un hombre muy solo, así que yo lo trato bien. Pero, cambiemos de tema, ¿cómo está tu novia? ¿Por qué no la viste hoy? ¿Cómo se llevan?

–No la vi porque te iba a ver a ti.

–¿Le dijiste…?

–Sí.

–¿Qué me ibas a ver a mí? –se tragó el humo y lo sacó por la nariz con prisa.

–Sí.

–¿Y qué le dijiste de mí?

–Que eres una amiga que quiero mucho.

–¿Y me quieres mucho? – cruzó los brazos y levantó el cigarrillo dejándolo así por varios minutos.

–Sí.

Para ese momento, yo ya no era el “moquito” de hacía diez años, cualquiera que fuera su juego lo iba a saber.

Silvia se me acercó en el gabinete de una forma por demás obvia y me ofreció su boca. La recibí con un beso y mis brazos se aprestaron para estrecharla. No sé cuánto tiempo estuvimos así, el tiempo dejó de existir y en mí no había nada más que una honda sensación de agradecimiento, con la vida, con el tiempo, con las cosas que me habían transformado y con esos labios y esa lengua que ahora luchaban con mi lengua y con mis labios.

Salimos del lugar un poco más temprano que el día anterior, llegamos a Insurgentes y una combi se detuvo frente a nosotros. Silvia le dijo que no iba… y el tipo se arrancó. Nos volvimos a trenzar en un beso profundo, aún no nos separábamos totalmente y me susurró:

–¡Llévame a un hotel! –su mirada y sus labios estaban encendidos.

–¿Estás jugando, verdad? –le pregunté, lleno de escepticismo.

–¿Tengo tipo de estar jugando o de que quiero pasar la noche contigo? –Cuando nos besamos le había acariciado uno de los senos discretamente, pero no había hecho más– …¡Si no me vas a llevar, no me andes calentando!

Solo puedo pensar en la forma en que mis pupilas se habrán dilatado, mi corazón ensanchado y algunos de los vasos de mi cuerpo hinchado como lo hacen los gallos de pelea.

–A ver, Silvia, ¿de verdad quieres ir? Ayer estabas sensible, ¿hoy es porque lo quieres… tanto como yo?

–¡Llévame y hazme el amor!

Me di cuenta de que no llevaba el dinero suficiente para llevarla a un motel decente. Pensé rápido y se me ocurrió que podríamos pasar a mi casa; ahí tenía mis ahorros y en el cajón debía tener algunos condones. Llegamos a mi edificio, le pedí que me esperara en el pasillo para no evidenciarnos. Saludé a mi madre, le dije que iba a una fiesta, tomaría un abrigo y regresaría a la mañana siguiente. Salí y la encontré sentada en un escalón, de la misma forma que hacía más de diez años la había encontrado la tarde en que la conocí.

Antes de llegar al hotel pasamos a un Oxxo por más condones, cigarros y unas cervezas. Lo extraño era que Silvia no parecía intimidada por la situación. Hay chicas que no quieren acompañarte a comprar los condones, otras empiezan a temer a la noche, mientras que con Silvia era ver a alguien habituada a esos lances nocturnos.

Por mi parte, me sentía henchido, estaba a punto de meterme a la cama con el amor platónico de mi adolescencia. Nunca sentí que la ropa me quedara mejor, era una sensación extraña, pero agradable.

Cuando entramos en la habitación las cosas tomaron una naturalidad insospechada. Nos acoplábamos como si aún estuviera encendida la vieja flama. Me entregué con la vehemencia de un presidiario que había sido enclaustrado durante más de diez años. Ambos estábamos exultantes, ella me decía cosas irrepetibles con las que expresaba su felicidad. Parecía que ahora sí estaríamos juntos para siempre, sólo tendríamos que aprender a vivir con esa felicidad. Unos minutos después de hacerlo, Silvia dijo que quería darme algo único, algo que sellara lo nuestro. Yo le dije que ya estábamos unidos como nadie. Sin embargo, dio por terminada la conversación cuando bajó entre las sábanas para satisfacerme con la boca de una forma que demostraba que en lubricidad ella aún tenía mucho que descubrirme.

Al día siguiente, muy temprano, le dije que debía irme a casa para darme un regaderazo y cambiarme de ropa. Con la luz del día pude ver un detalle que se me había escapado la noche anterior. Las sábanas que la cubrían se habían movido cuando se enderezó para darme un beso de despedida y descubrieron sus piernas, estaban rayadas, arañadas, tenía unas cicatrices que recorrían su piel a todo lo largo.

–¿Qué te pasó? –le pregunté con la mirada fija en aquellas marcas.

–Algún día te lo diré… –se irguió y me atrajo hacia ella besándome. Caí en la cama y lo volvimos a hacer, sólo que esta vez insistió en que fuera por detrás. Fue algo incontrolable. No podía dejar de pensar que, por primera vez en toda mi vida, estaba frente a aquella grupa que tantas noches me había impuesto un insomnio inexorable. Aunque no era la misma línea ni tenía la misma forma que antaño estaba poseyendo a Silvia en un presente que entre más lo gozaba más escurridizo se me volvía.

En todo el tiempo que trabajé como editor, nunca tuve un día tan malo como ese viernes. Me quedé dormido un par de veces mientras hacíamos las pruebas de unas capillas. Mi asistente, que me dictaba para cotejar, me descubrió en parpadeos de lapsos bastante largos. Su silencio cómplice me hacía saber que ella estaba al tanto del encuentro del día anterior. Pero, por si quedaba alguna duda, la llamada de Silvia que llegó en ese momento me terminó de delatar.

–¡Licenciado! –me llamó la secretaria, con mucha afabilidad.

Algo me dijo que era Silvia, incluso estaba seguro de qué sería lo que me iba a decir. Contesté, del otro lado de la línea se oía un barullo como de calle, ella tardaba en responder.

–Hola, …, quiero que hablemos, ¿podemos vernos hoy?

–Sí, desde luego, ¿todo está bien? –pregunté como el bombero que tantea el pomo de una puerta para saber si del otro lado hay un incendio…

–Sí, … es que… no puedo soportar compartirte. Te quiero sólo para mí.

En ese momento, sentí los ojos de la secretaria sobre mí. Yo sonreía fingiendo que no pasaba nada, y poco a poco mi risa se volvió el gesto de alguien a quien le acaban de decir lo que ya esperaba. Debía ser suyo absolutamente, debía entregarme en cuerpo y alma si quería continuar metiéndome a su cama. La reacción no sólo era plausible, sino lógica. En ese momento, estaba leyendo mucho a Sartre, era mi figura tutelar, por eso le había dicho a Mónica que estuviera todo abierto. Veíamos durante horas cine de la Nouvelle vague, del neorrealismo italiano y de la época silente del cine, compartíamos lecturas, me daba su opinión sobre mis textos; jamás la dejaría. Al menos eso pensaba.

Le contesté que nos viéramos cerca de mi trabajo para no esperar a que tuviera que llegar hasta el norte. Me dijo que si quería nos veíamos en Centro Médico. No pude dejar de sentir cierto escozor al aceptar.

Ese día, como mencioné, salíamos de vacaciones, así que nos dejaron salir temprano. Llegué al Metro Centro Médico varios minutos antes. Mi plan era el siguiente: A pesar de la forma en que se había degradado el físico de Silvia, a pesar de ser ese personaje tan problemático, me preguntaba si aún la quería. La respuesta era fácil, desde luego que sí la quería, pero no me iba a arriesgar a que, antes de que la ayudara a salir de ese escollo, ella me hiciera caer a mí. Si íbamos a formar la pareja que hacía diez años yo deseaba, debíamos hacerlo en mis términos, no había olvidado aquel asunto del médico al que no sé qué tipo de favores le hacía. Tampoco estaba clara para mí la manera en que se ganaba la vida. En apariencia, ella cuidaba de una niña, hija de un padre soltero. Además, tan sólo nos habíamos visto un par de veces, no era justo que me pidiera que dejara todo por ella. ¡Bueno, y las cicatrices! ¿Quién era realmente Silvia, este oscuro personaje?

En el siguiente tren llegó Silvia, iba muy arreglada, a su capacidad, pero muy arreglada; llevaba una camisa blanca, unos jeans azules y una chamarra. Por momentos, al verla así, con prendas de tan mala calidad, pensaba que yo debería echarle la mano, llevarla a que se comprara ropa. Sin embargo, algo me prevenía de no querer convertirme en su príncipe azul, al menos no mientras no tuviera la certeza de que se trataba de una damisela en peligro y no de la bruja del cuento.

Sin movernos del andén, estuvimos hablando durante una hora, la principal razón era que no sabíamos hacia dónde íbamos; no lo sabíamos ni literal ni en el sentido figurado.

–¿Qué me ibas a decir? –fingir un poco de demencia nunca perjudica.

–Pues, es que no te pienso compartir con nadie… Te amo demasiado –dijo y se le soltaron las lágrimas. Admito que me halagaba la frase viniendo de ella, pero la había visto llorar dos veces anteriores, en el primer café y en la cama, así que podía saber que invocar el llanto no le implicaba ningún problema–. ¿Tú no me amas, verdad?

–Claro que te amo, pero lo que me pides no es nada fácil. No te quiero hacer daño, aún estás muy frágil.

–Bueno, ¿cómo quieres que me sienta?, mi papá abusó de mí durante muchos años.

Ahí estaba otra vez su frase ilógica o inconexa con lo que estábamos hablando.

–¡Por eso!, Silvy, creo que sería importante que, si realmente quieres salir de ese bache, debes tomar terapia. ¡Y no me refiero a ese médico que te droga! Sino que tomes una terapia en serio. –En ese momento parecía que mi boca estaba actuando de manera independiente. Yo no lo había tenido tan claro hasta ese momento en que oía todo aquello de mis propios labios–. Si realmente quieres que seamos una pareja formal y que termine con mi otra relación tienes que tomar una terapia a la que te voy a llevar yo mismo.

–¡Acepto! ¡Lo haré por nuestro amor! ¡Por el amor tan grande que te tengo!

En ese momento, nos abrazamos y nos dimos un beso profundo y terriblemente cursi, igual de cursi que el último intercambio de frases. No digo que no me gustara besar a Silvia, sino que sabía que no era real ni posible que ella me amara tanto como decía, a menos que estuviera viéndome como una balsa que la rescatara de no sé qué naufragio.

Fuimos al mismo sanborns de las otras veces; es curiosa la forma en que uno ahorra energía en esos detalles nimios. Precisamente, creo que en esa conversación hablamos de muchas cosas fundamentales para lo que debíamos hacer después. Comimos y, a la hora del café, le pregunté en qué consistía su trabajo.

–Mira, cuido a Pamela, es una niña hermosa, su papá me la encarga por la mañana y yo la cuido hasta la tarde. A veces como y ceno con ellos…

–Pero tu carrera…, eres doctora, me imagino que eres muy buena, siempre fuiste la mejor de la escuela…

–Bueno, cambié mucho, después de que me di cuenta de lo que me había hecho mi padre… –al abordar el tema, casi instintivamente, se apoderaba de un cigarrillo y lo encendía, daba una calada profunda y continuaba con trabajo–. Después de eso me volví muy rebelde, sí acabé la carrera, hice mis viajes de prácticas, ahí tuve un novio, pero no me he titulado.

Algo me decía que no debía indagar cómo habrían sido esos viajes de práctica, por mi propio bien, debía ser cauto.

–Por eso me conviene ese trabajo, a veces ayudo al papá de la niña…

–¿A qué lo ayudas? –yo también tomé un cigarro y lo encendí.

–Él vende droga, distribuye grapas de coca. Tiene en la casa a sus chalanes y, después de que se duerme la niña, saca las bolsas y nos ponemos a hacer grapas de un gramo.

Trataba de no mostrarle que estaba consternado o que me repugnaba lo que decía, solamente escuchaba, impertérrito, todo aquello. En un principio pensé que estaba completamente desquiciada, que ya no tenía la menor importancia lo que acabábamos de decir hacía cuarenta minutos. Después me calmé y pude pensar mejor, era probable que quisiera hacerme sentir incómodo por mi –a sus ojos– vida tan convencional. Ya en algún momento me había dicho que había jurado no volver a leer un libro después de salir de la escuela. ¿Es que ella quería que le probara que estaba dispuesto a comprometerme haciéndome pasar por una serie de pruebas de fuego? La cuestión es que me quería llevar a su lógica particular, ella me decía que venía de lo más bajo para comprobar si yo la quería tanto como para ignorar lo que había hecho en su pasado. Mientras lo hacía, no mostraba culpa o arrepentimiento, desde lo de su papá hasta esta última de las grapas, parecían ser simples palabras que no denotaban realidad ninguna.

–¿Y qué relación llevas con él? –el cigarrillo se había consumido rápidamente y apagué la colilla en el cenicero.

–Pues siempre es muy amable, cuando terminamos de empacar me lleva a mi casa, aunque ya sea muy noche. Además, sabe hacer masajes buenísimos.

Una fuerza extraña me empezó a invadir, entre más sabía que había gente que se quería propasar con Silvia, más me excitaba saber que era mía.

–¿Qué masajes son esos?

–Pues para la espalda, es que padezco de mucho estrés y tengo la espalda con muchos nudos, él me ayuda a aliviarlos.

Por un momento, lo único que me pasaba por la cabeza era la imagen de ella en la cama, pero conmigo. Supe que debíamos irnos porque, a diferencia del día anterior, hoy era yo el que no podía pensar en otra cosa que no fuera estar con ella.

–Oye, ¿y si seguimos esta charla en un lugar más discreto? –le pregunté después de apurar mi taza.

–No, aún no, necesito que me calientes primero.

En ese momento se me emborronó todo lo que había estado teorizando y me limité a besarla.

En el hotel nos reencontramos apasionadamente, aunque debo admitir que no fue como el primer día. En un momento, me puse a acariciar sus piernas y las cicatrices que había descubierto en la mañana de ese mismo día. Me contó, mientras empezaba a llorar de nuevo, que lo había hecho en un momento de desesperación porque su exnovio era muy celoso.

–La verdad es que fui promiscua. Él lo sabía y creía que no me satisfacía; me insultaba diciéndome que yo tenía otros amantes, y, una noche que no me quería tocar, le dije que entonces acabaría con lo único bonito que tenía, mis piernas. Así que rompí un cristal y me las empecé a rayar manchando las sábanas de sangre. Él me detuvo pero ya lo había hecho varias veces.

Habíamos pedido al roomservice unos tragos, así que ya estábamos bastante entonados como para que toda esa realidad nos pegara de lleno en la cara. Me limité a besarla y poco a poco acariciar y besar sus cicatrices. Después, mientras ella se había puesto de pie, para vestirse con la camisa a manera de bata, la abracé frente al espejo. Su cuerpo, transido por el descuido y los excesos, lucía fláccido, deforme, pero sugería aquella lozanía que lo había inmortalizado en mi memoria. Al abrazarla le dije que no sólo sus piernas eran hermosas, sino que todo su cuerpo era el que me propiciaba el mayor de los deseos. Volvimos a meternos a la cama y cogimos, envueltos en el sopor y en el vigor que nos dio el alcohol.

Aquella Semana mayor, Mónica se fue de vacaciones a Los Cabos, así que no tuve problemas para pasar tiempo con Silvia. Aún no sabía qué iba a pasar con nosotros. Todo lo que la rodeaba era excesivo, su mundo era el de la marginalidad absoluta. Sus vicios y su pasado eran lo más mórbido que me había tocado ver, de aquel ser que yo había conocido en la secundaria no quedaba nada, y, sin embargo, en aquel tiempo estaba el origen de todo.

El lunes siguiente me llamó al celular, estaba alterada, me dijo que si ya había terminado con Mónica, que necesitaba saberlo. Le dije la verdad, aún no había hablado con ella. No dijo nada más, y colgó. Durante ese día no supe de ella; por extraño que pueda parecer, me la pasé leyendo una novela de Raymond Chandler.

El martes me habló muy de mañana, me dijo que si comíamos. Fuimos a la Roma por unas cervezas y una pizza. Estuvo muy cariñosa la primera parte de la comida. No sé porqué, cuando nos sentamos en una banca de la plaza Luis Cabrera, me empezó a decir que tenía razón, la relación abierta era mejor en todos los sentidos.

–Porque así uno puede disfrutar de lo mejor que te dan ciertos instantes.

No tardé mucho para intuir hacia dónde iba toda esa charada. Muy en mis adentros algo me decía: “No bajes la guardia, champ, ahí viene el cruzado”.

–Bueno, no sé a qué te refieres, en realidad, yo no sé qué es eso. Desde que nos reencontramos en el Metro no he visto a Mónica… Digamos que sólo falta que la termine, pero desde que estamos juntos te he sido absolutamente fiel.

–¿No me vas a decir que no la viste ayer?

–Pues no, no la vi.

–A ver, ¿qué hiciste? –empezó a subirme el tono, apenas un poco más bajo de lo que me podía molestar, por eso me contuve y no le grité también.

–Pues estuve leyendo toda la tarde.

–¡Ja, ja, já!, ¿y crees que te voy a creer?

–¿Perdón…? –yo estaba a punto de caer en su juego, por casi nada caigo.

–…Está bien que te quieras hacer el muy intelectual, pero ¿esperas que te crea que lees más de quince minutos seguidos? ¡Tú, que eres un depravado sexual!

No lo pude contener y solté una carcajada, amarga, pero carcajada al fin.

–Bueno, supongamos que no me puedo concentrar por más de quince minutos, me la pasé viendo una película que se llamaba El largo adiós, pregúntame lo que quieras…

–¿Ves? –caló el cigarro de una manera muy vulgar.

–¿Qué veo?

–No necesitas querer impresionarme, ni usar esos sacos como los de mi papá, ni fingir que te gusta la “cultura”.

–Ja, já. ¿cómo tu papá?, creo que tu papá ni en el mejor de sus sueños podría usar un saco como los míos… –se la solté de una buena vez, sé que soné arrogante, aunque era mejor que me fuera conociendo–. ¡Pero, no entiendo a dónde quieres llegar!

–¡Quiero llegar a que me pediste que fuera a terapia porque me quieres cambiar, y yo también tengo cosas que no me gustan de ti! Además, si tú no quieres comprometerte, entérate que hay quienes sí quieren hacerlo conmigo.

Ahí estaba, el típico amague, ¡cuántas veces no me lo habrán querido aplicar!

–¿Como quién? ¿El medicucho te propuso algo?

–¡No!, el papá de Pamela se quiere casar conmigo, me preguntó si yo tenía novio, dije que sí, me preguntó tu nombre y se lo dije.

–¿Y para qué me lo dices si te interesa tanto?

–No me interesa, yo te amo a ti… –Por un momento, mientras terminaba de asimilar la extraña noticia de que, por primera vez, mi nombre estaba en la cabeza de un narcotraficante, se me heló la sangre–. Dijo que me compraría una casa, y, como a mí me gustan mucho las motos, me compraría una motocicleta, una Harley. Como ves, es mucho, pero mucho, más de lo que tú estás dispuesto a hacer por mí.

Una inúmera cantidad de ideas me pasaba por la cabeza, pensé en que no me convenía continuar esta relación por mucho tiempo, pero tampoco debía arriesgarme a hacer enojar o herir a una mujer que presumía de tener tratos con narcos. Haber pasado el día anterior contemplando el tacto de Philip Marlowe, me facilitó las cosas, al menos así lo pensé en ese momento y así lo pienso ahora.

Lo primero que hice fue tenderle la mano a toda esa violencia. Le dije que yo la amaba e iba a serle fiel siempre, me interesaba comprometerme, pero yo era un editor que vivía al día, jamás le podría ofrecer lo que el narco le prometió, así que podía sentirse libre de actuar como mejor le conviniera. En ese momento, se puso a llorar, me dijo que lo único que quería era estar conmigo, que me amaba, y que sentía mucho lo que yo la había obligado a hacer.

–¿Y qué te obligué a hacer? –pregunté, perplejo.

–¡Me obligaste a acostarme con él!

En esa ocasión, ni siquiera pude soltar una carcajada amarga. Estaba atónito con todo eso, ¿de qué mierda estaba hablando Silvia? Es más, ¿quién diablos era esta mujer? Esa misma tarde la llevé a un grupo de Neuróticos Anónimos que tenía toda mi confianza.

Los siguientes días estuve elucubrando la forma de terminarla pero sin que mi vida corriera peligro. Lo primero que me planteé fue el asunto de que el narco quisiera liquidarme porque yo era “el novio de Silvia”. Lo segundo era que, al cortarla, dejándola herida, ella le pidiera que, en venganza, me mandara golpear o desaparecer definitivamente. Y la tercera, la única opción posible, era que Silvia se desencantara de mí y fuera ella misma la que terminara con nuestra relación.

Aprovechando su pasada alusión a que no le gustaba mi forma de vestir por parecer antigua, quise ayudarme con cierta ropa que tenía rato que no usaba. Así que ese jueves santo llegué a nuestra cita con una camisa negra con cuello de tiburón, totalmente abierto, y un saco de colmillo de sabueso tres veces más grande de lo común, así que era una mezcla de García Márquez con Tony Montana. También llevaba un pantalón de pata de elefante color marrón y unos zapatos bicolor johntravoltescos. Silvia no pudo evitar recorrerme reprobatoriamente con la mirada. Me dijo, con una mueca de por medio, que a dónde la iba a llevar. Le contesté que por unas tortas que estaban muy ricas. Dijo que solo se comería la mitad. Obviamente llevaba su botella de coca light de 600 ml. Al comer empezamos una discusión absurda por la coca-cola, le dije que mejor dejara el refresco y que comiera bien. Se molestó y no dijo más. En el parque le di unos besos y, de la nada, dijo:

–¡Llévame a un hotel, ya sabes, si empiezas algo, me tienes que cumplir!

–Ahora no traigo el dinero suficiente…

Se enojó bastante y dijo que si lo que yo quería era hacerlo en el parque, no contara con ella.

–Ya una vez me descubrieron cogiendo en la calle.

La frase me pegó durísimo, sin embargo, como Muhammed Alí cuando le pegó Cooper, traté de incorporarme, tomarme de las cuerdas y fingir que estaba bien, aunque en realidad estaba sangrando por dentro.

Afortunadamente, hubo algo mejor que la simple campana que anunciara el fin del round. En ese momento lo dijo:

–Creo que es mejor que terminemos –Silvia soltó la frase con dolo.

–¿Por qué?

–Somos muy diferentes.

Le estuve dando motivos para que continuáramos, pero ante sus negativas, asentí:

–No me gustaría, pero tal vez sea lo mejor.

La relación había sido muchas cosas, un reencuentro inesperado, una aventura tórrida, una guerra fría y una visita a la locura, sin embargo era la primera vez que nos planteábamos terminar. Estoy seguro de que, como todas las relaciones, podría haber prolongado la agonía por un tiempo más, años incluso, pero con ella siempre se estaría al límite. Nos despedimos como buenos amigos en Centro Médico, me pidió que yo tomara el tren primero y ella se regresaría en el siguiente, para no tener que ir juntos. Tal vez se fue con el médico que se aprovechaba de ella. Huí esa tarde sin pensarlo dos veces. Ahora, frente a la mesa en que estoy comiendo con mi padre, la veo pedir un Subway y esperar pacientemente. Estoy seguro de que entre dos antiguos amantes la presencia se puede reconocer con el puro olfato. Mientras ella sigue ahí, expectante, yo corto mi carne tratando de olvidar ciertas imágenes que algunas noches me visitan cuando empiezo a despertar de un sueño profundo. Sin embargo, la idea de irle a hablar está creciendo en mí con bastante fuerza.–


Héctor Iván González (Ciudad de México, 1980) es escritor, fue becario del FONCA en el género de novela y colabora en medios como “Nexos”, “Este País”, entre otros. Coordinó El Temple deslumbrante. Textos no narrativos de Daniel Sada (Posdata 2015) y es autor del libro de ensayos Menos constante que el viento (Abismos, 2015).