Me dijo “ven”. Simple verbo que se enredaba en toda mi existencia y paralizaba mi andar. Oh sí, estaba haciendo un llamado a la realidad y tal vez, milagrosamente, me encontraba en ella. Sabía que estar dentro, en su estudio, implicaba ser sometida a una metamorfosis donde el resultado era la pérdida de mi materia, me iba a convertir en imaginería, en metáfora, en tinta.

Sólo habían dos opciones, como muchas cuestiones en la vida: con llanto o sin él, un sí o un no, madrugar o trasnochar, obedecer o apartarme del camino.

Tres pasos y estaba completamente dentro.

No mentiré, eso era un acto suicida. Muy en el fondo también albergaba ese lado enfermo que había reprimido por mantenernos a flote y en constante avance. Supongo que ese día olvidé qué tan extenuante había sido la lucha y me dejé llevar. Qué patética, pensé, voy a dar todo por sólo instantes de su maltrecha atención. Anticipaba lo que ya conocía: su parco comportamiento limitado por frases cortas con lo esencial para comunicarse, acciones automáticas que apenas se notaban y ese curioso modo de inclinar la cabeza cuando algo la atrapaba. Quizá por estar aquí me mirará o forzará a sus labios a sonreír. No era algo usual atrapar su rostro bañado en un gesto alegre. El día que le sonrió a la planta del pasillo que se llenó de esporas fue memorable, más tarde la sorprendí regándola, algo sin lugar a dudas sospechoso, considerando que no tenía gran compasión o empatía por otros seres, cuales fuera. De cierta forma me llené de alivio al descubrir que no era agua sino alcohol, y en lugar de procurar alimentarla hizo consumiendo en llamas. Quieta, frente al fuego que había desatado en el pasillo sin ventanas, ya no sonreía. A veces creo que está sumida en un luto eterno, con ese silencio tranquilo y esos ojos meditabundos pero ¿luto en honor a quién?

-Puedes sentarte— acepté la segunda invitación del día y con sumo cuidado me acomodé en el sofá azul. Fue justo después cuando su entorno, su íntimo entorno, me golpeó sin piedad.

Allí estaba ella, bajo un techo alto producto de un poderoso temor por los lugares demasiado estrechos y demasiado grandes como el mundo. Ese era su término medio: Un techo alto para no cansar la vista con la lejanía y no aprisionarla con la proximidad. Noté que seguía viviendo entre cientos de páginas, acumulando trastes sucios y sobras del alimento que cada día sin falta llevaba hasta su puerta, deteniéndome en esa frontera diminuta, muy pocas veces había entrado. Y ¿saben?, ella prefería todo eso a un sitio real, a la diversidad del exterior con gente, ruidos y colores vivos, a un sol naciente y a una noche imperial.

Como todo lucía igual me pregunté en qué hora del día estaba detenida su existencia.

-¿Qué hora es? — sin mirar ninguna clase de referencia que le diera certeza, contestó “las cuatro treinta”. Carece de significado para mí, supongo que hay algo a lo que obedece, deseo que posea un motivo inspirado en mí. Han pasado siete años desde que nos conocimos y hasta ahora sabe a informalidad, al trato que se le da a un extraño. Las nuevas memorias han borrado el impacto original de su aparición… Tal vez fue en la secundaría, en la preparatoria o en la universidad.

Está de más decir que abandoné nuestros proyectos para enfocarme en mí, en mi carrera, en mi futuro. Las nuevas amistades remplazaron su voz, en ese entonces insistente y seductora. Ahora logro identificar el momento de la ruptura, mi soberbia nos distanció incluso viviendo en la misma casa. No conté a ninguno de ellos respecto a su presencia, sé que no sospecharon nunca. ¿Por qué no hablar de ella? Simplemente no hubo tema que abarcara un ser tan excéntrico. Sólo hubo alguien que supo su nombre: el amor de mis vidas, de mi pasado y de mi porvenir, pero él es otra historia…

De repente entre toda esa mugre mohosa se alza algo colorido que desentona con el ambiente antiquísimo. Somos nosotras dos, una fotografía. El fin de semana donde ninguna inseguridad asaltó su mente, estuvo relajada y pareció disfrutar de mi compañía. Solas como aquel cuento de las amantes del bosque. Me sorprende analizándola, sus ojos fríos me atraviesan, esa mueca de comodidad es aniquilada y me revuelvo en mi sitio. El bolígrafo cae, empujado por la molestia que se desata cuando me descubre.

No quiero que se aleje otra vez, he huido lo suficiente así que pese a todo permanezco en mi frágil sitio. Los estantes y libreros ceden, crujen en protesta de los años acumulados, bien podría ser un grito de auxilio. Algo también tendrán que reclamar de su compañera humana. Los libros van colándose por los agujeros del piso, los pisapapeles que por años coleccionó nunca alcanzan el freno del impacto, tal vez esos objetos nunca terminaron de caer y su trayecto fue eternamente silencio en picada. Pensé eran paredes sólidas, el papel tapiz cae a pedazos, deja ver el infinito que oculta. Ella se aproxima con una cautela acechante. A quién quiero engañar, le tengo más miedo a ella que al enorme cráter oscuro que se abre bajo el sofá.

Camina segura, y sigue caminando sin piso bajo sus pies.

Quedamos cara a cara, siento cómo sus rodillas presionan mis caderas. Todo su peso sobre mis piernas y una mano ligera apenas tocando mi hombro. ¿Qué somos? Un par de chicas, una sentada sobre la otra, esta última sobre el sofá azul que flota en lo que acaba de surgir como un pedazo de universo en penumbra.

Una ráfaga helada se hace sentir y escuchar. Todo el negro que cubre la habitación se expande en una onda acuosa, ahora parece que estamos rodeadas por un infinito líquido. No puedo perder el punto donde aparentemente estaba la puerta ¿Qué fue de ella?, ¿cómo voy a regresar?

-¿Para qué quieres regresar?, ¿no es esto lo que querías? Un poco de mi maltrecha atención. La tienes completa amada mía, he disuelto todo para que nada nos perturbe.

Dios… esa sonrisa. Debe ser una broma, no se supone que se desatara algo semejante. Recuesta su cabeza sobre mi pecho, se ovilla un poco, la siento como un felino traicionero. Me abraza tan maternal que por un momento le creo.

Con apenas un suspiro siembra recuerdos que pasan lúcidos frente a mis ojos cerrados. Una mañana de febrero se presentó toda llena de promesas ajustadas a la piel, era tres años mayor  pero no tardamos en hacernos amigas. Me compartió su playlist, me regaló ropa y me dio mi primer cigarrillo. Era la vida perfecta, pasábamos los fines de semana viendo series y películas descargadas de internet. No era lo único ilegal que nos apasionaba, de vez en cuando robábamos libros y algunos recuerdos de la tienda de suvenirs, disfrutábamos lanzándolos al lago para escuchar el sonido que hace el plástico cuando rompe el agua porque la madera, el metal y el cristal no provocaban el mismo escalofrío auditivo. En los días calurosos nos tendíamos bajo la sobra de cualquier árbol y con los audífonos nos llenábamos el alma de lluvia artificial. Tomaba mi mano y era perfecto.

Salíamos juntas y con nuestros amigos, mi familia la apreciaba y en navidad estaba sentada a la mesa, celebrábamos cada aniversario, llegaba a casa con un bote de helado y dormía a mi lado, siempre a mi lado derecho. No había aislamiento, soledad ni silencios extraños. Bailábamos en la sala y hacíamos el tonto en la calle al correr sin destino. Suspira quedito, su peso se hace sentir. Seguimos con el viaje. Las peleas terminan en la cama, desquitamos todo ese coraje en cada mordida, caricia y beso. Hay cientos de fotos que registran cada momento especial, me captura cuando estoy distraída y procura siempre sacar una de las dos sonriendo. La presiento como la novia ideal.

Pero no es cierto, ¿verdad? Porque está sobre mí, haciendo de las dos un capullo ligero sobre el sofá levitante.

-Quiero bajarme —es mi modo de súplica más sincero. Es tan inverosímil que lastima.

-Si te suelto, desapareces —¿A qué se refiere con desaparecer? ¿Desintegrarme? ¿Morir? ¿Perderme? ¿Ser olvidada?

-Quiero bajarme ­—vuelvo a decir ahora sí con la voz dividida.

-Está bien.

No sé si caigo, subo, floto o qué sucede después. Es un momento que puedo describir como blanco por su carencia de significado físico, no puedo interpretarlo, no alcanzo a razonar mis movimientos (si es que los hubo). Pasaba un recuerdo y de repente ya había otro empujando para estar al frente, esto sucedió incontables veces pero era tan consciente de ese simple proceso que dolía, parecía que las ideas tuvieran existencia tangible. La cabeza me iba a estallar, deseaba gritar pero ni voz tengo. Floto en un extraño sopor interior. Todo se detiene en seco y noto que no sé quién soy, ¿acaso soy alguien? ¿y ella dónde está?, porque había alguien conmigo, ¿verdad?

-Desde el otro día he pensado en algo muy loco, bueno, hay algo que quiero preguntarte ¿Alguna vez me conociste una novia de cabello oscuro? ¿o te he contado de ella?

-Mujer, llevo rentándote el departamento tres años, ¿y apenas me dices que eres gay? Marta se morirá al saberlo, me ha dicho que le gustas… —cierto, ella me renta este lugar y con la chica de cabello oscuro vivía en una casa de techo alto. No en un departamento con entrada propia y sin estacionamiento, confieso que en primer momento no lo iba a tomar por esa última razón pero me detuve y pensé “no tengo auto, tampoco sé conducir”.

Debe haber alguna pista de nuestro pasado, no sabe a algo pasajero. Temo que sean recuerdos falsos, dentro de recuerdos todavía más falsos. Repaso toda mi vida, incontables veces. Voy de la adolescencia a este punto, me aventuro a la infancia y nada, no hay nada en ese orden cronológico, parece no caber en ningún sitio.  Pero está allí, esa mujer de cabello oscuro, como dando saltos en cada etapa, va y viene, a veces está parada observando y otras ocasiones en la misma escena, no existe.

La verdad he estado mal desde que recuperé esa supuesta parte perdida de mi supuesto pasado, me pregunto si los que nos conocían también nos olvidaron. Por más grande que sea la represión que llevé a cabo, no pudo afectar la mente de decenas de personas, puede que yo la haya sacado de mi cabeza pero no creo esté censurada del resto del mundo. Alguien algún día tiene que darme razón de su persona, de nuestra relación o de su paradero. En este punto me conformo con que respondan “¡Ah, sí! Se separaron hace años y ninguna hizo por buscar a la otra.” Creo que lo que necesito es saberme cuerda, ya no es el anhelo por recuperar ese cariño o el amorío. Eso quedó en segundo plano, antes tengo que cerciorarme de su existencia.

Tras una noche de soñar con ella, camino despacio por una calle angosta de la ciudad. Sin más la siento, de la nada la percibo. Anda por la misma acera en dirección a mí. Luce más elegante, más impredecible, más traicionera. No la estoy confundiendo, tiene su mirada fija en mis ojos huidizos y está sonriendo de una forma cruel. Es la misma que durmió a mi lado tantas noches, la que me ignoraba cuando estaba enferma, la que el día de mi cumpleaños desaparecía porque no soportaba los abrazos. Es ella, a la que nunca admití.

A un par de metros levanto la mano. La saludo pero no se detiene, no se detiene.

 


Montserrat Jiménez Covarrubias, (Ciudad de México en 1995). Soy alumna de la Universidad Autónoma del Estado de México (campus Amecameca), curso el séptimo semestre de la licenciatura en letras latinoamericanas. He participado en distintos coloquios nacionales de literatura en la categoría de creación literaria. Este verano estuve en el taller de cuento impartido por el dr. Juan Antonio Rosado en el Centro Cultural Casa Lamm y en el taller de acuarela impartido por Catalina Novelli. Algunos de mis cuentos han sido publicados en Dislexia Mundial, Filopalabra, Paréntesis y Revista Turbia.