Actualmente existe en España una generación o constelación de jóvenes que venden miles de libros de poesía: Irene X, Elvira Sastre, Loreto Sesma, Vanesa Martín, Defreds (José A. Gómez Iglesias), Marwan, Luis Ramiro, Andrés Suárez, Carlos Salem o el también rapero Rayden (David Martínez Álvarez). De forma paralela encontramos una serie de cantantes consagrados que empiezan a publicar sus primeros poemarios: Rosana, Ismael Serrano, Pedro Guerra o los raperos Nach y −el joven− Arkano. Entre ambas vertientes, las editoriales punteras (Visor o Planeta) ven cómo se acercan recientes y exitosos proyectos (Harpo Libros o Valparaíso Ediciones, relevando a las editoriales Origami, Noviembre o Lapsus Calami), entre los cuales destaca Frida Ediciones (de Diego Ojeda, también a caballo entre la música y la poesía). ¿Cómo conviven estos poetas noveles (la «generación encantada», en palabras de David González) con los cantantes que deciden «ahora» entrarle a la poesía, al texto en sí, para leer, en casa, en soledad, sin instrumentos musicales que le acompañen? ¿Por qué los primeros abarrotan salas y dan recitales por América acompañados, como mínimo y paradójicamente, de una guitarra? ¿Qué papel juegan las redes sociales en todo esto? ¿Y la evolución de la poesía en lengua española?

En la segunda mitad del siglo xx −cuando la poética coloquial empezaba a contactar directamente con cualquier lector, sin necesidad de referentes o claves para desencriptar los enigmas del poema− Paco Ibáñez, Silvio Rodríguez, Joan Manuel Serrat, Nacha Guevara o Daniel Viglietti musicalizaban las obras de Quevedo, Miguel Hernández, Antonio Machado, César Vallejo o Mario Benedetti, según estudia Carlos Rodríguez Martos para la Enseñanza del Español como Lengua Extranjera en la Universidad de Salamanca, donde radica el Proyecto de Investigación CANTes (Canción de Autor en Español). Jaime Sabines llenaba estadios de fútbol en sus recitales; Violeta Parra componía lo que cantaba… La figura del cantautor escribe sus propias letras a la vez que homenajea a los poetas que, como Neruda, no tienen la voz para despertar al público. Luis Pastor describe esta figura eterna en su poema «¿Qué fue de los cantautores?».

El reciente Premio Nobel de Literatura se lo llevó el cantante Bob Dylan, confirmando más si cabe los difusos límites entre la música y la poesía o la canción y el poema. Mucho se ha escrito sobre la importancia que tiene ese galardón para reconocer de una vez por todas el entendimiento al que están condenadas ambas artes. Leonard Cohen o Joaquín Sabina serán, por fin, escuchados y leídos, sin prejuicios ni pugnas (ojalá) entre ¿distintas? formas de expresión.

Dicha polémica coincide con el peculiar momento que vive la poesía en el país. Luis García Montero es el poeta español más conocido ahora mismo, referente y representante de cualquier evento nacional o internacional. El músico Quique González destaca por el tema del poeta «Aunque tú no lo sepas», título también del documental al respecto que recientemente dirigieron Charlie Arnaiz y Alberto Ortega. En esta línea inversa −hacia atrás en el tiempo−, Benjamín Prado compone canciones como poeta y Ángel González o Rafael Alberti son poetas musicalizados. Lo habitual, pues, son los casos de escritores que se dirigen a la canción, bien interpretada por sí mismos, bien en boca de profesionales. Lo llamativo es que, tras décadas en los escenarios y miles de discos vendidos, los cantantes decidan publicar un libro íntegramente de poemas (aunque algún texto haya sido ya llevado a la canción), como Ismael Serrano, Pedro Guerra o Nach, cuyo poemario presenta una faja firmada por Marwan.

Luis Eduardo Aute y Ángel Petisme, por ejemplo, son poetas que cantan y publican en España y en América tiempo ha. Sin embargo, los jóvenes que comparten frases ingeniosas o versos efectistas en Facebook, Twitter o Instagram no formaban cola para ellos en la última Feria del libro de Madrid. Y mucho menos los leían o escuchaban. Prefieren seguir (este es el verbo ahora) en YouTube al joven que habla del amor y es muy activo en las redes sociales. Karmelo C. Iribarren es otra bisagra entre ambos fenómenos, según Ernest Alós en un reciente artículo de El periódico.

Juan Carlos Mestre y Amancio Prada cantan y recitan en su «Elogio de la palabra» a la vez que Irene X, nacida en el 90, va por su cuarto poemario; y estamos hablando en dicho caso particular de libros de doscientas páginas. Quizá este sea uno de los motivos: en España los José María Álvarez, Jorge Riechmann, Isabel García Mellado, Luis Alberto de Cuenca, Olvido García Valdés, Ben Clark, Raquel Lanseros, Fernando Valverde, Elena Medel o Luis Bagué tienen que competir (ese es otro verbo, tristemente) con quienes afinan versos, notas, entradas de blog, ritmos, rimas y viajes.

Si pensamos en México, los premios y becas del Fonca determinan los poemarios de sesenta a ochenta páginas. Tales condicionantes, de momento, no están tan presentes, en Irene X o Marwan −salvando las distancias−, como analizó con calma Néstor Villazón en la revista cultural La Soga. Tras la polémica de Juan Gabriel, músico y poeta, Guillermo Zapata y Hernán Bravo ejemplifican la simbiosis y la vigencia de ambas artes; las dos, la canción y el poema, tienen su mérito, muchísimo mérito. Ahora bien, cuando menos, resulta paradójico (no nuevo ni contradictorio) el doble camino que está tomando en estos momentos la poesía española al compás de jóvenes poetas y de músicos adultos. El tercer grupo sería el de poetas que son publicados por editoriales o proyectos no tan preocupados por la marca o el nombre o la difusión o lo viral (esa es otra palabra acechante), sino, simplemente, por la poesía. Ejemplo de ello son Hiperión, Pre-Textos, La Bella Varsovia, Delirio, La Galla Ciencia, Balduque, Chamán Ediciones, Letras de Contestania y muchas otras que no citamos por centrarnos aquí en la poesía que canta.

La conclusión a la que llegamos, si es posible hablar de un fenómeno vivo de manera tan superficial, es que en una época (el siglo xxi) y en un país (España) donde no se venden discos, se intenta hacer lo propio con los libros; si bien no se leen libros, se cantan versos.

 


Ignacio Ballester Pardo (Villena, Alicante, 1990). Lleva a cabo el doctorado en poesía mexicana dirigido por Carmen Alemany en la Universidad de Alicante. Es miembro del Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea. Recientemente ha publicado «Arte poética en Vicente Quirarte: decálogo entre el cielo y la tierra» en Artes poéticas mexicanas (De los Contemporáneos a la actualidad) (Universidad de Guadalajara, 2015) y «Raúl Zurita y la poesía del conflicto: de la noche de Tlatelolco (1968) a la dictadura chilena (1973)», en Raúl Zurita. Alegoría de la desolación y la esperanza (Visor, 2016).