Desnuda, esta mujer ha de enceguecer a quien la mire.

Jesús Gardea

 

Arde, incandescente como la punta del cigarrillo, el empedrado. Una gota de sudor cae sobre el suelo, sin dejar huella, y yo enjugo mi frente con un pañuelo mientras oigo al camión alejarse. De nada sirve mi sombrero; la resolana proviene de las piedras que son rescoldos avivados por el sol. Busco entre el resplandor el asidero de mi veliz de cuero y, al levantarlo, camino hecho un incendio hacia el interior del pueblo.

   En algún momento de la marcha me quito el saco y lo cuelgo sobre el hombro, mi dedo convertido en percha. Y dejo caer la colilla sobre el camino real empolvado. No hay viento, ni aire; sólo el resuello que escapa de mis pulmones. De nuevo enjugo mi frente y al vislumbrar un local abierto, me adentro en él, quitándome el sombrero de fieltro. Un muchacho atezado, escondido detrás de un mostrador de madera, me da la bienvenida. Coloco el sombrero y el saco sobre la barra y el muchacho me sirve una jícara de pulque. ¿No tiene otra cosa?, le pregunto. Y él sólo mueve la cabeza mientras limpia con un trapo el pulque que ha derramado sobre la madera.

Un solo sorbo le doy a la jícara, para remover la pasta que anida en mi boca, no más porque lo fermentado me hincha, y el alcohol revive esperanzas ya olvidadas. El muchacho ha regresado a su lugar detrás del mostrador, con la cabeza agachada y la mirada oscurecida por la penumbra. Desde aquí la calle parece hecha de cal, de nieve; pero San Juan de las Cruces no es un pueblo donde nieva, y sus minas nunca fueron de cal, sino de plata. ¿A dónde me han enviado? Al desierto. A la nada… ¿La presidencia?, le pregunto al muchacho, sacudiéndolo de su letargo. Me dice que al salir tome mi izquierda y que camine hasta llegar al kiosco y la iglesia: Ahí verás el palacio municipal. Dejo unas monedas sobre la barra, me encajo el sombrero y el saco, y meto la mano en el bolsillo interior, palpando el documento oficial que me ha traído hasta aquí.

 

El presidente municipal vuelve a leer, con los ojos abiertos, cansados, las instrucciones, como esperando que sólo sean un engaño del estío. Traga saliva. Sus labios delgados se esfuerzan por abrirse, por formar unas palabras que tengan más peso que el polvo: Pero… Y su oración se deshace en el calor de su despacho. Yo me aflojo el nudo de la corbata, incómodo. Vuelve a tragar saliva el anciano: Pero, licenciado, eso no fue lo que nos prometieron… Les dijimos que se acabaría el pueblo… El presidente calla de pronto, inseguro de su entorno, como si estuviera dentro de un sueño. No sé nada de eso, le aseguro, esas son las órdenes del Gobierno Federal, firmadas por el mismo Secretario. Él revisa de nuevo el oficio, triste: Sí, ¿verdad?

   Mañana comenzamos, le digo, el gobierno sólo proporcionará los volteos, ustedes los hombres. ¿Cuántos?, dice él. Los que sean necesarios. El anciano me mira perplejo, con la hoja arrugada entre sus manos; la va deslizando sobre su escritorio, hacia mí. Es para usted, quédesela; mañana paso temprano, entonces… Y parto, dejando al hombre encerrado en su despacho, con el alma hecha jirones.

 

Con el veliz en mano, recorro las calles de San Juan de las Cruces buscando la Hostería del Fraile. La casa es vieja, con la fachada descarapelada y un letrero de madera con el nombre de la hostería; del porfiriato, pienso. Toco la gran puerta resquebrajada y aguardo. Ha sido un viaje largo, pesado por los caminos tortuosos que se deben tomar para llegar hasta aquí, la cúspide de la sierra pelada. Los del pueblo van a creer, como el presidente, que sólo vengo a desgraciarles las vidas; si tan sólo supieran… ¿Qué culpa tiene uno? Detesto los lugares altos, la sequedad y el desierto. Podría dormir el resto del día, hasta el alba, pero cuando se abre la puerta y veo a la mujer que se ha aparecido delante de mí, otro deseo me colma.

   Es joven, más que yo, y contrasta con los muebles rústicos de la recepción. Me presento y ella pronuncia su nombre con aspereza: Florencia, Florencia Ogarrio. Le aviso que no sé bien por cuánto tiempo me hospedaré mientras contemplo su cabellera terrosa como los montes que rodean al pueblo. Le entrego un sobre con billetes y le aseguro que si hace falta le daré más antes de irme. Ella abre el sobre con sus manos delgadas y trigueñas, y yo me imagino su linaje antiguo, de hacendados españoles que vinieron a perderse a esta nada. Al recorrer los corredores, rumbo a la habitación que será la mía, los ecos de nuestros pasos nos persiguen y se nos adelantan por senderos oscuros de la vieja casa de piedra. Un patio, dos patios, y la luz que se filtra por las aberturas ilumina los retratos de sus ancestros, rubios, de ojos azules y mirada desolada.

   Ella me dice que cuando guste puedo bajar al comedor por un bocado, y se va después de entregarme la llave. Yo me encierro en mi habitación y me quito los zapatos. Un hedor a humedad y cuero atesta la habitación, pero estoy muy cansado como para abrir las ventanas. Me dejo caer sobre la cama, y pienso en Florencia, en la piel que ha de esconder debajo del vestido largo y ridículo que usa. Ha de haber sido de su madre. De haber sabido hubiera traído ropa nueva para complacerla, para que yo pudiera ver mejor la figura de su cuerpo, delgado pero que seguramente esconde alguna sinuosidad discreta, suficiente para mí. Sólo me dijeron que el último descendiente de un cacique atendía la hostería, la casa su única herencia.

 

Mis sueños son brasas atizadas, y cuando despierto mi cuerpo está empapado en sudor, como mi camisa. Casi es el atardecer, las campanas de la iglesia me lo hacen saber. Enciendo un cigarrillo y vuelvo a colocarme los zapatos. A pesar del verano, un frío recorre los pasillos de la casa; no tardará en calar los huesos, y un escalofrío me hace temblar al imaginarme la noche que me espera. Ya me habían advertido que las noches en la sierra son heladas. Y yo sólo traje mi saco que ya se está descosiendo. Amargura, eso es lo que me hace sentir este trabajo, pero me acuerdo de Florencia y del hambre que me ha despertado.

   Bajo a la recepción y le aviso a la mujer que si ya puedo comer. Ella me observa desde una lejanía, solitaria, como si yo no fuera real. Su voz apagada me responde que sí y me lleva a un comedor espacioso, con telarañas en los recovecos. La mesa, exageradamente larga, no tiene mantel, sólo una delgada capa de polvo. A veces la ha de limpiar, cuando se aburre. Ella me deja solo por un tiempo. Cuando regresa, trae consigo dos tazas de café y un plato con carne seca que coloca frente a mí. Florencia toma asiento al otro extremo de la mesa, donde le da sorbos a su café, evitando que sus ojos se encuentren con los míos.

   Ella es la flor de un peyote enterrado; sólo le hace falta un soplo, tenue, para que reluzca. ¿No hay alguien que te ayude con el mantenimiento de la hostería? Soplo. ¿Vives aquí sola? Soplo de nuevo. ¿Desde cuándo? ¿Nunca has ido a la ciudad? Soplo más… Ya puedo vislumbrar la flor encendida, desértica, olvidada por la memoria de Dios. Me acerco. Primero tomo su mano; le digo que algún día debería bajar a la ciudad, conocer sus calles de cantera verde. No está bien que una mujer esté tan sola, susurro, en un pueblo sin hombres. Yo te llevaré. Y luego, quemado por las ascuas que arden en mi interior, coloco mi mano sobre su pecho, pecho agitado que crece y decrece; la sinuosidad hallada.

 

En las noches dejo que Florencia sea el arrollo escondido que es entre la aridez y el hastío. Durante el día me acompaña debajo del tejaván de la estación de ferrocarril, sentada en una silla de madera, contemplando a los peones desbaratar la vía férrea mientras se abanica. Me gusta imaginar que el aire revoloteado por su abanico forma las tolvaneras del desierto. A veces un trabajador llega hasta la sombra donde duermo sobre una hamaca y me despierta para decirme que no pueden con un tramo de la vía. Cuántas veces les he dicho que no importa, les reprocho, nadie se dará cuenta si dejan un tramo, rieles sobran. Dejen que el polvo los entierre…

   Son un puñado de muchachos y ancianos sin fuerzas ni herramientas. Cada día bajan para gastar sus cuerpos escuálidos, sin nada más que unos sombreros de paja para proteger sus frentes que arden bajo el sol. Si nos quitan el tren este pueblo se va a morir, me había suplicado el presidente; pero este pueblo ya estaba sentenciado desde que cerraron las minas. Al acabar la jornada vuelven a subir el sendero abrupto que lleva a San Juan de las Cruces, agotados. Yo también, sólo que a caballo, con Florencia abrazándome por detrás.

   Desnuda, es un resplandor, una luz de bengala cuyas chispas se van acumulando en la cama, iluminando la noche. Yo exploro su piel, los senos blancos que nunca han sufrido los rayos del sol. La acaricio como a un trigal que ha nacido después de una larga sequía, y me hundo en ella, hasta que nuestros gemidos desplazan esas otras voces que habitan la hostería.

 

Sobre la hamaca, contemplo la vastedad del desierto, del horizonte, infinitos a diferencia del tiempo. Han subido los últimos rieles en las cajas de los volteos. Les he dicho a los peones que pueden quedarse con las traviesas; de algo les han de servir, al menos de leña para el invierno. En la mañana, mientras Florencia preparaba el desayuno, aproveché para hacer la maleta sin que se diera cuenta. Hay momentos en que me ha tentado la idea de quedarme, de mandar el aviso de que me perdí, que el desierto me devoró, pero me parece algo vil, despreciable.

   Regresamos al pueblo más temprano que de costumbre, y durante la subida no noto ninguna inquietud en Florencia, quien reposa su frente sobre mi espalda. Dentro de la hostería ella dice que irá a buscar un vino que era de sus abuelos: Pensé que moriría antes de poder descorchar la botella, y que nadie llegaría a probarlo… Mientras ella se va a la cava, yo voy al cuarto por mi veliz y luego a la recepción donde aguardo a Florencia.

   Miro mi reloj y calculo que aún estoy a tiempo para tomar el último camión que va a la ciudad. Algún día, cuando vuelva a probar un pulque, me acordaré de este lugar, de lo cerca que estuve de quedarme, de la mujer que llega con la botella y dos copas, pálida. ¿Por qué?, es lo único que alcanza a murmurar. Podría irme sin dar explicaciones, partir sin siquiera decir un adiós, pero sería un acto tan bajo como el no regresar a casa. Abro mi veliz y hurgo entre la ropa hasta tocar el fondo; le muestro el retrato que he extraído, retrato en sepia, de mi dos hijas, de mi esposa.    


Antonio Vásquez (Tucson, 1988). Escritor gabacho oaxaqueño. Egresado de la Escuela Mexicana de Escritores. Ha formado parte de antologías como Cartografía de la literatura oaxaqueña actual II (Almadía, 2012) y Después del viento, trece homenajes a Jesús Gardea (Aldea Global, 2015). Las islas lo atraen de una manera sobrenatural. Twitter: @ElBarcoEbrio