Luz

 

Las lágrimas tienen su propia gravedad

su propia caída

y en esta madrugada

la carne en convulso movimiento

me orilla a una ventana húmeda

para mirar la calle vacía

la oscuridad en la superficie de las banquetas

la superficie del cristal cubierto de lágrimas

 

y este espacio me sabe a piel infectada

a ojo desmoronado

                 mano carcomida

 

de dónde surgió el aliento

para qué la voz si ahora

                       con la carne oxidada

no puedo salir a la calle

a humedecer el pasto

pisar materia muerta

sentir eléctrico frío en la planta del pie

 

ahora me propongo descansar mis pulmones

guardar mis arterias

devolver oxígeno al árbol que me mira

 

y no hay luz esta noche

             mis ojos no la perciben

no hay forma de quemar la piel

             cuando la voz exige fuego

             cuando la voz exige luz

no hay forma de darle a la piel

la luz que la noche niega

y duermo con el cuerpo frío

entre sábanas sucias

empapadas de lágrimas

que caen con su propia gravedad

su propia caída hasta que vuelve a anochecer.

 

Contemplar

 

Son rocas en silencioso ronroneo

     saltan en agua

(o bien podría ser humus)

abren sus poros como si fueran piernas

y juegan y brincan sobre ellos

hasta incendiarse.

 

Cada vez que se acercan lo suficiente

provocan en otros cuerpos

la dicha de la envidia,

y los otros,

hinchados de ausencia

no soportan su propia sangre y revientan

                   se derraman

mientras las rocas continúan con su roce

hasta inventarse miembros

                  víctimas

                  amos de piel impenetrable.

 

Continúa el ronroneo

hasta desaguar líquidos incoloros

                   de sabor a carne.

Son piedras idénticas

                   sí

inventándose con el tacto

como si el orgasmo fuera tan sencillo

como si alguna vez

sintieran entre tantos minerales

un leve indicio de nervio

para hacer de sus actos

un pedazo de eternidad.

 

Resignación

 

Por las mejillas cae la tristeza

a la acera caliente,

ahí se evapora

con el rescoldo de un sol diminuto.

 

Mis días son migajas,

pálida forma de andar

sin ímpetu,

con órganos mediocres.

 

¿Tendrá alguna tristeza mi lapicero?

¿Mis cortinas, mi ropa vieja estará angustiada por la muerte,

mi perro soñará con autorrealizarse?

 

Las plazas están condenadas a tener siempre las puertas abiertas,

las banquetas y las calles siempre están transitadas,

los parques me tienen envidia

al menos yo tengo la posibilidad del suicidio.

 


Adrián Mendieta Moctezuma. ( Tlaxcala, 1995) Forma parte de la antología de cuento Sampler (Conaculta / ITC, 2014), del poemario colectivo Un papá con ojos de lluvia (H. Ayuntamiento de Tlaxcala, 2014). Es coautor del libro Leyenda en letra. Relatos de Ixtacuixtla (PACMYC/ ITC, 2015). Ha colaborado en diversos medios impresos y electrónicos.