Volver a Kafka es siempre una experiencia fascinante. En el siempre sorprendente mundo de la imaginación literaria Kafka ocupa un lugar especial, un sitio privilegiado y, empero, un tanto espectral, un pedestal en el que la figura del autor flota un poco por encima, pero nunca más allá, de su propia obra. Acaso contribuya a este hecho la oscuridad que durante muchos años rodeó su imagen: lo fragmentado de su historia personal, lo inconcluso de casi toda su obra, el escándalo que representa, para algunos, que ante la muerte un genio de esta talla se haya resignado a no trascender. Por todo lo anterior la reciente publicación en español de la excelente biografía de Reiner Stach (los tres tomos del original, publicados en un solo volumen por Acantilado)* es un evento celebratorio, que ilumina con justeza y justicia la vida de uno de los autores más emblemáticos en lengua alemana (Nabokov pensaba que a su lado Rilke o Thomas Mann eran “enanos o santos de escayola”) y sin duda uno de los más inquietantes del siglo veinte. Para quienes nunca han leído a Kafka la lectura de dicha biografía sin duda será gozosa, una suerte de consulta al oráculo, una guía posible hacia un futuro de asombrosas y siempre intrigantes lecturas. Para los otros, este libro permitirá revisitarlas a la luz iluminadora y sagaz de un biógrafo aguerrido, quien entre otras cosas nos permite vislumbrar la vida de Kafka a la luz del momento histórico que a éste le fue dado vivir.

 

El Kafka de Stach no es el Kafka casi onírico de Calasso, sino un Kafka humano, a ratos dolorosamente, un ser terrenal, corpóreo, capaz de tremendas indecisiones personales y como arrastrado por sus propios demonios, a la vez que inmerso en los de la turbulenta y cambiante historia de su siglo. No por ello la figura de Kafka pierde individualidad, ni mucho menos peculiaridad. Todo lo contrario: la singularidad kafkiana aparece como el explicable trasfondo de su propia obra, sin que por ello el biógrafo reduzca jamás esta última a las peculiaridades del personaje histórico. No obstante, esta singularidad es patente, y uno de los rasgos con los que el propio Kafka más se identificaba. Más allá de las consideraciones acerca de su identidad de judío asimilado éste nunca acabó de sentirse a gusto entre quienes le rodeaban, como si al verse en el espejo que invariablemente son los otros se topara, siempre y a pesar suyo, con la imagen de un ser aberrante, inadaptado, salido de un mundo ajeno al suyo, de un mundo, precisamente, kafkiano, una especie de Odradek, el protagonista de “Preocupaciones de un jefe de familia”, creatura diminuta que “se asemeja a un carretel de hilo, plano y en forma de estrella”, se esconde en la buhardilla, en los corredores, en el vestíbulo, y es tan ágil que no se le puede apresar. Qué ternura y qué desconcierto se experimentan ante estas imágenes, dignas a ratos de un cuento infantil, a ratos de una pesadilla, sobre todo cuando Kafka nos permite entrever la realidad: Odradek, como muchos de los personajes kafkianos, está en decadencia, pues aunque tuvo en otro tiempo una figura inteligible “ahora está rota” y no tiene pulmones, como se deja adivinar por esa risa suya que es “como el susurro de las hojas caídas.”  

 

Sabemos que Kafka prefería la soledad. Casi todos los escritores lo hacen, es cierto. Pero la soledad de Kafka no era solamente consecuencia o necesidad de su actividad literaria, y él mejor que nadie era consciente de la distancia que lo separaba de sus contemporáneos escritores, de Max Brod para empezar. La soledad de Kafka era la de sus personajes: la soledad del agrimensor perdido y a merced de un poder al mismo tiempo lejano y omnipresente; la soledad del joven que se embarca y aventura en un nuevo continente en el que tal vez (no lo sabremos nunca con certeza) se perderá; la soledad del joven abogado Joseph K., el solitario por excelencia, humillado e impertérrito ante la imponente pesadez de sus propios e innombrados crímenes. Muchos de los relatos kafkianos se antojan a menudo largas reflexiones acerca de la soledad, desesperados periplos de seres cuyos mundos se derrumban lenta e inexorablemente sin que nada pueda hacerse para evitarlo.

 

Acaso como existencial metáfora de lo anterior, Kafka en ocasiones eligió hacer protagonistas de sus historias no a seres humanos sino a animales, como si con esa elección pudiera hacerse más evidente la distancia, abismal, entre estos y el mundo circundante. Pocas obras se han escrito tan inquietantes y a la vez tan precisas como la epopeya entomológica de Gregorio Samsa, ése ser humano que ha dejado de serlo y cuyo rasgo principal —su animalidad, su diferencia—no puede sino llevarlo a la aniquilación. La paradoja kafkiana es, empero, que la monstruosa transformación física de Samsa se antoja a ratos no la causa de su alienación social, sino su consecuencia. Gregorio Samsa, lo sospechamos, nunca perteneció enteramente al género humano, y era sólo cuestión de tiempo antes de que su otredad cobrase concreción. Resulta revelador que Kafka haya elegido, como para enfatizar la horrible cotidianeidad de dicha alienación, colocar a este ser en el seno de su propia familia: un extranjero entre quienes debieran haberle sido más afines. Tampoco es de sorprender que La metamorfosis dejara atónitos a sus lectores cuando se publicó por primera vez en 1915. Stach nos cuenta la interesante y reveladora anécdota de aquel hombre que dirigiera a Kafka una carta pidiéndole que le explicase cómo debía entender dicho libro. Lo ha leído su prima, lo ha leído su madre, lo ha leído una segunda prima, lo ha leído él, pero, indica con desconsuelo, ninguno de ellos sabe qué pensar. ¿Podría acaso él, Kafka, el autor, tener la amabilidad de explicárselos? Es esa la maravilla de la narrativa kafkiana: no sabemos qué pensar y, al mismo tiempo, siempre queremos hacerlo; deseamos, por sobre todas las cosas, entender, extraer alguna conclusión. Kafka, como lo evidencian las múltiples y disímiles interpretaciones que desde su muerte ha suscitado su obra, nunca deja indiferente.

 

La predilección de Kafka por los personajes no humanos no se detiene allí. En “Informe para una academia” (uno de los pocos textos cuya lectura el propio Kafka tuvo ocasión de escuchar en público), el autor nos ofrece el relato en primera persona de otra metamorfosis, ésta de simio a ser humano: Gregorio Samsa al revés. Peter el Rojo, como Samsa, es todo el tiempo consciente del cambio que tiene lugar en su propia persona y lo acepta con la misma mansedumbre que una oveja acepta ir al matadero; lo que es más, elige poner los detalles de dicha transformación a disposición del observador: Mírenme, en esto me he convertido. El dolor callado del antiguo simio no es, empero, menor que el de la cucaracha que otrora fuera hombre. Hombre uno, insecto el otro, la distancia entre ellos es ilusoria: uno es el espejo trágico del otro.

 

Refiere Stach que Franz Blei, contemporáneo de Kafka, al redactar su Bestiario de la literatura moderna retrataba con ironía y buen humor a los escritores de su época, haciéndoles figurar en éste bajo los rasgos de creaturas exóticas y animalescas. Para Kafka, Blei eligió la imagen del ratón, un ejemplar “magnífico”, “que no come carne” (Kafka era vegetariano) y cuyo carácter fascinante era patente en el hecho de poseer, pese a su evidente pertenencia al reino animal, “ojos humanos”. Al parecer a Kafka esta comparación lejos de ofenderlo le divirtió. No lo olvidemos: pese a su vena trágica Kafka tenía un especial sentido del humor, y muchas de sus obras pueden (y deben) leerse a la luz de esa verdad. No obstante, los animales que Kafka erige en protagonistas de sus historias habitan un mundo desesperanzado, y lejos de tratarse de seres felices, o guiados por el mero instinto animal, son creaturas angustiadas y dadas a la introspección.  

 

“He presentado la obra y me parece bien lograda. Desde afuera sólo se ve un gran agujero que en realidad no conduce a ninguna parte, ya que a los pocos pasos se tropieza con roca”. Así da inicio “Der Bau” (traducido al español como “La guarida”, “La construcción”, “La madriguera” o “La obra”), relato que, como no pocos de los escritos por Kafka, se encuentra sumido en una pesada atmósfera de angustia, su protagonista agobiado ante la conciencia del final inminente y la certeza de la propia destrucción. El pequeño mamífero, un tejón tal vez, se esconde, pero ¿de qué? Ha hecho todo lo posible por protegerse, cierto, y todo su empeño ha sido invertido en sobrevivir vía la construcción de un sitio donde resguardarse. No obstante, a medida que la historia avanza crece su sospecha, y con ello su tormento, de que pese a todas las precauciones tomadas el invisible enemigo que le acecha ha derribado cada una de las murallas levantadas y superado, uno tras otro, los obstáculos de su laberinto: no está fuera, sino dentro, en la guarida, junto a él. O tal vez el pobre animal se equivoque, y la respiración sibilante y tortuosa que escucha sea la suya. Tal vez, pues, no se dé cuenta de que su enemigo principal, al final, no es otro que él mismo.

 

Sin duda la sensación de alienación que caracterizaba a Kafka debió acentuarse a raíz del rampante deterioro de su salud. En la única autobiografía que le fue dado escribir, el relato titulado “Investigaciones de un perro”, que data del año de su muerte, Kafka nos ofrece las vivencias y reflexiones de “un perro entre perros”, un ser “retirado, solitario, ocupado en investigaciones, sin esperanzas”, sorprendido y extrañado ante los otros perros, a cuya especie, no obstante, tiene la conciencia de pertenecer. De la misma época, y uno de sus últimos relatos (Kafka lo escribió ya muy enfermo y revisó las galeras pocos días antes de morir), “Josefina la cantora o el pueblo de los ratones” constituye un testimonio conmovedor de las luchas internas y de las angustias últimas del propio autor. El cuento pone en escena a Josefina, la ratona cantora que le da título, no en primera persona sino a través de la perspectiva de otro narrador, un ratón del montón que diserta a lo largo de varios párrafos de exquisita lucidez acerca de la especificidad del artista, de su lugar en la comunidad, de su estatus, al mismo tiempo privilegiado y frágil. ¿Qué es el artista a fin de cuentas? ¿De qué está hecha la diferencia, la especificidad, el don que le permite aspirar a dicha posición? ¿Se justifica que el artista viva, por así decirlo, en un mundo aparte? El narrador sugiere, hacia el final de la obra, que esa diferencia o singularidad del artista acaso sea sólo ilusoria, que los talentos que nos distinguen son una concesión débil y efímera del único destino real que nos espera: el olvido y la muerte.

 

Qué deslumbrantes y qué terribles esas verdades a las que Kafka nos confronta como pocos escritores de ficción lo han hecho: el abismo que puede instaurarse entre seres que sólo en apariencia están emparentados; la familia, la comunidad, la humanidad como mentira y como implacable tribunal. La pertenencia –imposible– al grupo como corolario de una vida inútilmente dedicada a la creación. La condena como único destino del que se ha apartado del rebaño. Lo efímero de la labor creadora y lo perpetuo de la soledad última a la que, precisamente porque somos seres humanos, estamos invariablemente destinados. Imposible no pensar en la figura de Kafka, el escritor, reflexionando entre las sombras de su habitación sobre aquello de lo que ya nos hablaba el Eclesiastés: lo banal de la condición humana y de sus creaciones. Kafka murió sintiendo que había fracasado. Pese a ello, varias notas aparecieron en la prensa tras su muerte, la de Brod y la de Milena Jesenska entre otras, y aunque no hubo homenajes oficiales tampoco puede decirse que Kafka muriera realmente en la oscuridad. No obstante, el mejor de los epitafios es sin duda su propia obra, su original y potente escritura, la labor de una vida ineluctablemente guiada por la vocación literaria. No sé si a Kafka le hubiese consolado, pero tal vez el mejor homenaje a su trabajo lo constituya hoy el esfuerzo de autores como Stach, así como el que seguimos haciendo sus innumerables lectores, por entenderlo  y por interpretarlo, como si al leerlo y releerlo escuchásemos aún el murmullo, distante pero atronador, del ratoncito vegetariano en la insondable y eterna oscuridad de su morada.

 

*Stach, Reiner, Kafka. Los primeros años. Los años de las decisiones. Los años del conocimiento, Acantilado, 2016.

 


Alma Mancilla. Escritora. Autora de los libros de cuentos Los días del verano más largo (UABJO, 2001), Casa encantada (Instituto Mexiquense de Cultura, 2011), Las babas del caracol y otros relatos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2014) y de las novelas Hogueras (Editorial Terracota, 2014) y Archipiélagos (UAEM, 2015). Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (2011) y Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2015).

 

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