Reemplazar o desechar

Una remoción anticapitalista

 

Ni las rutinas perennes que espantan la vida entre el tedio del recuerdo y la agonía de lo que pudo ser pueden derrotar el orgullo de vivir por y para nosotros mismos.

 Estamos ante una época de cambios mediatos. Me refiero a una época en la que prima el aceleramiento de una vida artificial. Artificial porque el ritmo está subordinado a lo precoz que somos al arrojarnos a una existencia atiborrada de sentido, a un aceleramiento que se nos obliga a habitar. Ese sentido es el que se busca desesperadamente al efectuar cada acción, cada apuesta por un objetivo que parece más grande que las fuerzas del estar vivos. Por otra parte, el aceleramiento es directamente proporcional al del flujo de mercancía que se tiene que consumir y que impone el capitalismo que recuerda a cada momento lo reemplazable y desechables que son nuestras existencias.

Quizá, y solo digo quizá con orgullo y prepotencia, haya que ceder ante el hecho de que somos reemplazables aunque nunca ante el desprecio que deviene en tratarnos como desechables. Es decir, somos reemplazables si se atiende al hecho de que la vida, manifiesta en cada partícula de lo que hay, se reemplaza constantemente (nunca hay más ruido en la cabeza como cuando se está callado). Sin ahondar en argumentos biológicos y solo desde una perspectiva existencial, un tanto pesimista y vital a la vez, considero que por ello la vida es única, por su inclinación a reemplazarse en cada una de sus formas y manifestaciones; en cada uno de sus momentos y devenires que son de una manera y pueden reemplazarse para ser de otra manera, incluso, aunque sea una copia de esa primera manera. Utilizo el concepto de copia en el sentido platónico de la palabra pero también en el más coloquial posible: entendiendo que una copia nunca será fiel al original porque nunca será el original. En todo caso, el reemplazar no tendría que ser la preocupación de los seres que buscan perpetuarse y ser inmortales; seres que creyeron la entelequia de ser descendientes de los dioses, o de por lo menos, tener algo en ellos digno de postergarse llámese “soul”, “ánima”, “alma” o “espíritu” en un sentido místico, ya que, vuelvo a apuntar, el reemplazo es la constatación de una existencia única y no idéntica.

Sin embargo todo desecho, toda basura como residuo de lo sedimentado y mantenido a fuerza es sostenido dentro del capitalismo como lo descartable, lo que no se necesita, lo que se tiene que tirar o mejor, b(v)otar.

Es el capitalismo un sistema económico, una patología, una amalgama de ideas sobre la utilidad, la felicidad y una tergiversación del individualismo radical, el que postula y se apropió de manera pérfida de la idea del hombre como desecho, del hombre como lo desechable y descartable al reducirlo a un objeto o pieza más de la cadena de producción. No voy a volver esta reflexión una “casa de citas” como suele hacerse hoy en día por exigencias de la hiperproducción en serie de artículos, revistas, libros y hasta panfletos que se rinden ante el sistema del  todo es desechable, desechable es todo del mismo capitalismo económico. Quisiera mejor invitar a quien quiera reflexionar conmigo sobre este fenómeno que nombro lo desechable, a pensar en perspectiva sobre sus propias relaciones vitales, sobre su experiencia con el mundo y conteste la siguiente pregunta ¿a qué podría llamarle experiencia? Antes de seguir con la argumentación quiero dejar claro que si se tiene algún problema con la expresión desechable, que no se tenga ningún problema con desechar la misma y reemplazarla con otra. Pero dejando de lado la ironía y retomando la pregunta, es difícil responder qué es la experiencia y más aún si observamos nuestras relaciones vitales, ya que en un mundo promovido por el consumo y supeditado a la tecnología, la experiencia como práctica, hábito o costumbre que se aplica en determinada situación o circunstancia y que puede ser válida para otras condiciones parecidas, es inviable. Inviable porque las relaciones vitales que sintetizan las relaciones con los otros, con el mundo y consigo mismo están permeadas por la mentalidad patológicamente consumista que desecha, tira y descarta todo aquello, aquél o aquella que no le sirve, es inútil, representa un problema o no genera placer o felicidad. Esta reproducción de descartar o desechar lo que se desprecia o no se necesita en una esfera ya no económica sino en la actitud con la que se habita la vida es lo que no permite consolidar experiencia porque antes de probar e intentar enfrentar una situación embarazosa, reparar un objeto dañado o mejorar una relación difícil, las desechamos y las tiramos al olvido. No un olvido sensato como el que también al igual que el recuerdo es constitutivo de quienes somos, sino el olvido que adrede se busca con ese atiborramiento de sentido que mencionada al principio. Esa sobrecarga de sentido que procura el desechar lo que parece no sirve o satisface, es acaso la causa de que las personas desechen hasta lo que son. Ahora no entraré a valorar las dismorfias que sobre la propia imagen, personalidad, gustos o preferencias se llegan a efectuar, es más una cuestión que dejo a consideración de cada uno.

   Por último agregaría que entre lo reemplazable y lo desechable, más allá de ser ambos evocados constantemente dentro del capitalismo y utilizados o descartados para sustentar la lógica de consumo, quizá la mayor diferencia se genera en las maneras y formas en que son sobrecogidos en las relaciones vitales. Estas si bien son reemplazables no pueden ser desechables si  osamos de concebirnos como seres que tenemos experiencia y generamos experiencia del mundo vitalmente anticapitalista en un contexto virtualmente capitalista.

 


La filosofía no surgió para sostener instituciones, sedimentar el pensamiento, postrarse para servir a un status quo. La filosofía, como lo señalaron postidealistas como Feuerbach, Stirner, Kierkegaard y un autor como Nietzstche, está en sintonía directa con la vida, la realidad. Está más acá de las ideas, más acá del convencionalismo del concepto, más acá de la certidumbre que conlleva a la sumisión voluntaria del pensamiento que, por el contrario, como anarca debe retar los propios límites que le han sido impuestos.

 La filosofía, pensamiento vital, no-filosofía en cuanto no se anquilosa en entelequias de la razón, acerca al hombre a una comprensión de sí mismo, de su contexto, de lo que es en cuanto ser que no tiene una naturaleza dicotómica, sino en el que residen múltiples posibilidades de ser, incluso, aunque se sepa atado a la contingencia. La filosofía desde el escepticismo le permite al hombre seguir viviendo subversivamente, con convicción de que el sin-sentido, lo desconocido habita la vida que no se subordina a ninguna institucionalidad.

 El objetivo de la columna será presentar y recuperar la filosofía desde la no-filosofía, es decir, desde la vitalidad que transgrede el pensamiento conceptual, para que, desde la rigurosidad, se invite al lector a dejarse seducir por la sub/versión filosófica, otra forma de filosofía que confronta al propio ser y su apuesta vital.

!BIENVENIDOS SEAN A FILOSOFÍA SUB/VERSIVA!