Él trabajaba en el rastro. Antonio C_____. Hombre en sus treintas, tez morena, estatura media, cabello negro graso y de complexión un tanto musculosa; secuela de anabólicos y esteroides que había tomado durante sus tempranos veintes para superar complejos de inferioridad ocasionados por la burla hacia su delgadísima figura durante la adolescencia. Pero los dejó; tuvo que, casi lo matan.  Dejaron en él un aspecto taurino de espalda ancha y menudas piernas.

Tenía poco de haberse incorporado, poco de haber llegado al norte. Seguía siendo el nuevo; el mal llamado chilango; víctima de acosos y novatadas: “Algún día tenía que pasar, algún día tenía que volver a pasar lo de la prepa.” Pensaba constantemente. En alguna ocasión colocaron un par de criadillas (los testículos de un toro castrado dentro de las instalaciones), en su casillero; dentro de su ropa interior. “Vaya metáfora, ¿quién les habrá dicho de los esteroides?” Ahí, solo, entre los festivos norteños; no le consolaba lo suficiente reirse para sus adentros viendo a sus compañeros cumplir el estereotipo del mexicano de las caricaturas norteamericanas.

A pesar de esto siempre encontraba la manera de dejarlos callados y sorprendidos, aunado a la ventaja que era la indulgencia que su supervisor le mostraba; pues él también era chilango, de lo cual sólo quedaba la referencia pues él se había mezclado perfectamente para entonces, acento, modos y todo. También era una ventaja su experiencia previa en un rancho del Estado de México (nadie le creyó cuando confesó ser originario de Cuernavaca, Morelos para evitar molestias; su acento lo delataba).

-¿Cuál acento?

-El acento shilango así, sabes cómo.- fue la respuesta de aquella dama recia en recursos humanos – Pero, nos puedes ser útil; empiezas desde abajo.- Concluyó a su favor.

El Rastro era subterráneo, desde la raya del horizonte sólo se veía el ganado que aún pastaba inconsciente y los becerros que aún gozaban de las etapas más áureas del proceso y eso, sólo los que no eran confinados a la caja de constricción para ablandar su carne. Cinco niveles descendentes componían el complejo; Primer nivel; Tiro de gracia por pistón de aire, segundo nivel; desollamiento, tercer nivel; deshuesadero, cuarto nivel; corte y fileteo de la carne, quinto nivel; selección y limpieza de vísceras. Ahí había comenzado Antonio, el nivel más bajo, donde nadie quería ni dar un asomo; como de un castigo capital que con sólo el conocimiento de que se está ejecutando en algún lugar obscuro bastaba para horrorizarse, donde se pierde la percepción y tránsito regular del tiempo y las horas se extienden a un alargamiento tan denso como el humor escatológico y soez de aquel círculo donde sólo se puede mirar hacia arriba.

-¡Antonio! – era la voz norteña del supervisor. Antonio volteó entre el chapoteadero de excremento, sangre y vísceras mientras empujaba, quizá un corazón o un estomago (hasta este punto era casi imposible distinguir un órgano de otro) con el rastrillo en la laguna séptica carmesí de carne fragmentada que lo cubría hasta la cintura de su overol; aún faltaba mucho por vaciar. ¿Por qué un administrativo descendería hasta el quinto nivel?

Ey- replicó Antonio, girando tan rápido como la masa pulposa le permitía, debía ser algo importante.

– Mañana empiezas a hacer filetes, sabes cómo. – concluyó el supervisor, quizá había sonreído por el encogimiento de las orbes amistosas por encima de la máscara para filtrar olores.

– Claro que sí señor, gracias, eh.- éste último fonema como reconocimiento de orígenes de procedencia mutuos y pacto secreto de colaboración y simpatía ocultas entre ambos; santo y seña. Era un alivio, pues a pesar de salir de la tina avernal de menudos finales, el hedor no salió de su ser hasta que dos semanas de tiempo y baños con jabón de mecánico realizaron la purificación. En el área de fileteo y corte no se distinguía tanto su aroma, aunque era un área sellada aparte.

  Y así, su destreza motriz le había ayudado a escalar de las labores más grotescas a su actual puesto y en menos de dos meses: le habían entregado la pistola de aire.

 A pesar de esto, él seguía siendo extranjero; como guatemalteco recién bajado del tren; a diferencia de su supervisor, quien únicamente conocía los modismos y jerga del área metropolitana por sus padres, Antonio no había llegado a la tierna edad de tres como para moldearse al entorno y aunque llegara a supervisor sabía que iba a seguir siendo igual: ellos contra él. Por dicha situación trataba de fugarse en su labor mecánica como matador en serie. Pasaban las reses frente a él, luego de ser seleccionadas sobre la banda mecánica y Antonio las ejecutaba: tssss ¡tak!, tssss ¡tak! Res, disparo, res, disparo, las ejecutaba; una más, una menos y así sucesiva y mecánicamente, manchaban su delantal y teñían, sólo un poco su camiseta de trabajo. Entre la orquesta industrial, el particular y agudo ruido de la pistola de aire le relajaba, una vez más; tssss ¡tak! y la res caía de lado. A veces, por ocio contaba el número de reses que caían a la derecha y el número de las que caían a la izquierda hasta convertirse esto en un ritual de lo más sacro dentro de su vida diaria, pues al final del día hacía un balance; si la mayoría había caído a la derecha el día siguiente sería favorable, pero si la mayoría había caído a su izquierda, habría adversidades. A veces se cumplía, a veces no; y aquello lo determinaba con base en la cantidad de burlas y acosos que recibía durante la jornada, o si en la cantina local convencía su tejana y la chamarra de mezclilla con forro de borrega a las bellezas locales, de que no era un chilango, o por lo menos que estaba haciendo un buen intento para no serlo tanto.

Fue un viernes más, hasta ese momento, igual de monótono y rítmico, la orquesta tocaba igual y su instrumento; tssss ¡tak!, tssss ¡tak!

-¡No me mates Toñito! ¡Por favor!

Antonio se congeló, esa voz aguda y suave lo sacó como golpe de la rutina; volteó hacia ambos lados, queriendo cazar a los bromistas, pero nada; nadie reía, además, ¿quién les contó que su madre y solamente su madre, le decía así para consolarlo en su infancia, incluso todavía en secreto, durante la adolescencia? Levantó de nuevo la pistola de aire justo a la altura de la frente de la res; era color marrón, con manchas blancas y un par de ojos negros, tiernos; nunca antes lo había notado en una res. Tssss…

-¡No, por favor! Te lo ruego, ¡no me mates!

No cabía duda, la res marrón de manchas blancas y ojos tiernos era la que había hablado a Antonio, pero, ¿cómo? Nunca movió los labios. Para cerciorarse, volteó nuevamente hacia todas las direcciones; todo indicaba que nadie más había escuchado la suplica. ¿Podría ser otra novatada? Sería demasiado. Volteó la mirada hacia la res y se alzó las gafas protectoras; sus ojos grandes, negros y tiernos ahora también parecían llorosos. Lo miraban fijamente; nunca antes se había tomado la molestia de mirar a una res a los ojos con detenimiento. Un fuerte mugido de otra res que estaba siendo electrocutada lo sobresaltó, respiró profundamente.

“El Rastro era subterráneo, desde la raya del horizonte sólo se veía el ganado que aún pastaba inconsciente y los becerros que aún gozaban de las etapas más áureas del proceso y eso, sólo los que no eran confinados a la caja de constricción para ablandar su carne.”

-¿Qué pasa ahí?, ¡Antonio! ¡Estás parando la secuencia! – un reclamo no muy distante. El supervisor de área, sólo él le llamaba por su nombre, al igual que él supervisor general. Quizá había más de dos paisanos ocultos en el lugar.

Se colocó las gafas de vuelta y alzó la pistola.

-¡Te lo suplico, no lo hagas!, ¡Quiero vivir esta vez!

¿Qué se hace cuando un trayecto frío recorre desde la punta de los dedos hasta el centro del corazón, impulsado por la idea de que se está enloqueciendo? Antonio concluyó que lo peor que podía hacer en ese momento era parar, peor aún contestarle a aquella maldita voz suplicante, pues sería darle pie a cualquiera que haya sido la causa de la suplica; psicológica, biológica o incluso hasta mágica.

-¿Me vas a perdonar? No me quiero morir.

– ¡Cállate, bovino del infierno! – fue su respuesta entre dientes, sujetando con extrema firmeza el arma de aire.

De nuevo giró su cabeza; todos seguían con la tribulación de todos los días, sus compañeros: tssss ¡tak!, tssss ¡tak! y sus reses no decían nada; sin embargo, el sonido de las sierras, la maquinaria, mugidos, reses al piso, todo parecía normal, sólo que Antonio ya no formaba parte del trance cotidiano de hierro, sangre y ruido. La orquesta se volvía disonante y todo ese caos en serie comenzó a parecerle infernal.

-¡¿Cómo te atreves a interferir en mi trabajo?!

-¡Hey, Antonio! ¿Qué está pasando, pues?- reclamó el supervisor de área, su línea ya llevaba un retraso; no muy lejos se escuchaban gritos y maldiciones, entre la orquesta infernal. Dos compañeros suyos lo miraban soltando risotadas burlonas; llevaba dos minutos parado alegando con una res.

-No pues, la pistola me dió toques.- más risas por parte de sus compañeros, entre estas alcanzó a escuchar: “Pinshe shilango”.

-Si esas pistolas no llevan corriente, ya síguele, pues.

Antonio volteó molesto, cada vez eran más los burlones y ahora convencido de que se trataba de una broma más y una vez más había caído como estúpido, prefirió no decir ya nada frente al supervisor, alzó la pistola y la apuntó con furia sobre la frente de la res. Tssss – ¡No! – ¡tak! Otra res que cae a la izquierda.

Seguía otra res, era negra con manchas blancas; Antonio la recibió con miedo, un ojeo receloso hacia sus compañeros, la vista de vuelta a la res, alzando nuevamente su arma de aire para impactar lo más rápido posible. Esta vez la res cayó hacia la derecha, pero Antonio ya había perdido la cuenta de izquierda y derecha; su balance del día estaba arruinado. No cabía duda, antes de empezar a indagar y ocasionar un conflicto con sus compañeros, debía asegurarse que su cabeza estaba bien; no sería la primera vez en su vida que acudía a un especialista, de niño su madre lo llevó; además no había forma de que hubiera sido una broma; él se juraba a sí mismo haber escuchado la voz desde algún interior oculto en la res, quizá hasta haberla visto gesticular.

-Entonces, me dice que una res, color marrón con manchas blancas le suplicó que no la matara y ésta tenía una voz desgarradora y unos ojos llorosos y suplicantes – reafirmó con un asomo de altivez la Dra. Constantino; lo miraba severamente a través de unos lentes amplios de armazón imitación Carey.

– Sí, eso, exacto; verá yo pensé que era una broma, en mi trabajo todos son, muy llevados, así ya sabe, pero no veo la forma, juraría que la res me habló.

– Y ¿sólo esa res le habló?, ¿ninguna otra lo hizo?

– No, sólo esa.- fue la réplica de Antonio, se inclinó un poco hacia adelante como demandando una solución;  lucía como un niño grande en la apretada silla metálica, miraba fijamente los rígidos labios de la doctora, esperando sentencia o solución; ella tampoco parecía de allá, del norte, tenía esperanzas de que lo comprendiera, o ¿será lo impersonal que vuelven las ciencias a los individuos que se involucran a nivel casi molecular con éstas? Se vuelven individuos casi genéricos; más recursos humanos que seres humanos.

 

– Y cuando la mató, ¿se calló?

– Sí, al morir las reses siempre caen; ésta cayó a la izquierda, creo.

– Me refiero a si se silenció.

– ¡Ah! Sí, sí, se calló, perdón; se silenció. Pero tenía miedo de que la siguiente fuera a hablarme de nuevo, estuve con ese miedo toda la tarde hasta que salí.

– El color marrón con blanco, ¿significa algo para usted?

– Mmm, pues no, son los colores de una res.

– ¿Alguna vez se involucró en algún, homicidio?

– No, cómo cree.

– Esto es confidencial.

– Aún así; no.

– ¿Siente culpa por alguna situación de su pasado, o presente?

– No…

– ¿Seguro? Debe ser honesto para que pueda ayudarlo.

– Pues…- alzó la mirada hacia el techo como con un gesto de constipación.

– ¿Sí…?

– La vaca, digo, perdón; la res me llamo Toñito.- finalmente lo purgó.

– Continúe.

– Sólo así me decía mi jefecita.

– ¿Ya falleció ella?

– Así es – agachó la mirada más a manera de evasión que de tristeza.

-¿Tiene asuntos pendientes con ella? – ¿sería eso?, ¿Antonio se había encontrado con el fantasma de su madre?

– No, bueno, ella siempre me suplicó que hiciera algo grande de mi vida.

– Y en este momento, ¿considera su trabajo, su vida, como algo satisfactorio?

– No, sólo me dejo llevar.

Muy pronto para dar un diagnóstico acertado, fue el resumen de la psiquiatra. Sin embargo, le mencionó que posiblemente se trataba de una proyección basada en su neurosis; pues había enterrado durante tanto tiempo a su madre dentro de sus pensamientos; resentimiento, posiblemente. Risperidona 2 mg, 1-0-1.

-De más chico me dieron Sertra…

– Sertralina, sí un anti-depresivo; usted confíe en mí – una vez más la mirada severa que él no percibió, pues agachado contemplaba un capítulo de su vida, quizá rezagado, como en un olvido siempre pendiente. “Mamá siempre fue buena, sólo ella me comprendía”.

Mientras la doctora rasgaba sobre el recetario con su fino bolígrafo. Arrancó la receta con un rápido movimiento definitivo y la colocó sobre la mesa frente a él cual fallo de sentencia.

-Gracias, doctora.

Despertó Antonio, una vez más de madrugada con el molesto canto del gallo al cual parecía nunca acostumbrarse. Una madrugada más, oscura y fría, él sin camisa, sólo que ahora el primer paso del ritual cotidiano sería tomar el medicamento prescrito, del cual dudaba, pues le parecía demasiado económico para la solución que pretendía dar. Después, una vez más baño caliente, camisa, chamarra y tejana. Cómo olvidar las botas; el acenso a la troca y el jale. Su disfraz de ranchero seguía pareciendo inútil; pero nunca dejaba de intentarlo cual niño que busca desesperadamente la aceptación y cubrir una necesidad de pertenencia en el colegio. Parecía llevar la marca “D.F.” sobre su frente, como si perteneciera a la estirpe de algún Caín urbano que hace tiempo inmemorable había condenado a toda su prole; “A seguirle, pues.”

No se dejó esperar. Era la primera res del día.

-¡No, Toñito! ¡Quiero vivir; queremos vivir! – esta vez sin chistar respondió Antonio, entre dientes ante la voz tierna y chillona.

-¡Cállate, cállate! No eres la jefa, no eres nadie; sólo eres mi cabeza, sólo, sólo…- había que esperar a que el medicamento comenzara a surtir efecto.

-Tú estás aquí con un propósito, conducirnos por la puerta grande; salvarnos. – prosiguió la res, la voz provenía efectivamente de algún lugar de su interior.

-¿Salvarlas de qué?- se dejó llevar, quizá sólo así la silenciaría – “su vida es todavía más gacha y culera que su muerte, les hago un favor; además si no lo hago yo, lo va a hacer otro.”

-Por eso debes sacarnos a todos; tú.- Antonio alzó furioso la pistola y la colocó con mayor rudeza de la habitual sobre la frente de aquel bovino infernal- Si no lo haces, te haré escuchar.

Tssss ¡tak! Azotó a su izquierda y sí, comenzó. Los alaridos, los gritos humanos, el cortar y  destazar; los instrumentos como de tortura, las suplicas, la maquinaria que tajaba la carne.

-¡Mamá! ¿Dónde estás?

-¡Mátenlos primero a ellos! ¡No dejen que sufran más!

Todo un pueblo secreto agonizaba en los infiernos y Antonio podía escucharlos, el estruendo era obliterante; ominosamente ensordecedor. En ese pánico suyo él volteó hacia todas direcciones; los demás hombres continuaban la rutina; inconscientes, felices. Él en medio de la tribulación, del holocausto como Caín frente a una oportunidad de redención, pero “¿Por qué yo?”.

Con la receta en mano y la vergüenza en un puño acudió a la oficina del supervisor general. Lo envió el supervisor de área después de que ya había entorpecido el trabajo en serie. Antonio aulló como quien grita vanamente a los espíritus de la noche para ahuyentarlos: “¡Yo reinaré sobre todas las bestias de la tierra y del mar!” algo que recordaba más o menos de las Santas escrituras que en ocasiones le recitaba su madre para consolarlo.

Mientras esperaba en el pasillo gris de luz blanca, alcanzó a escuchar, no muy lejos a dos trabajadores.

-Hey, dicen que va a haber recorte, que las de aire ya no dan ganancia ni rinden; quieren meter la pinshe guillotina esa.

-Pos, con gente como el pinshe shilango loco ése; claro que no es suficiente.

-Creo ahí anda.

No hay más. Las lamentaciones seguían ahí, aún en el pasillo, lejos de la zona del horror. Mexicali era una tierra que ya no le agradaba, si es que algún día le agradó, con las balaceras y la violencia cotidiana, aun fuera del rastro; ya ni siquiera era seguro ir a la cantina por las noches. Si es que seguía posponiendo su plan de pasarse al otro lado, como originalmente lo tenía contemplado, Mexicali sólo era una escala para juntar más dinero, una que ya había durado demasiado. Entonces el fuego de la locura viva y catártica ascendió hasta su cabeza y se proyectó en sus ojos. “¿Locura? Locura ante la locura no es más que cordura; liberación y no es más que eso.” Era momento de huir, ¿pero lo haría? Lo haría; sería venganza y liberación. “Lo haré” y las lamentaciones se atenuaron, sólo a manera de recordatorio de que volverían al máximo si no lo hacía y que éstas lo acompañarían incluso al otro lado; pero, ¿qué le esperaba realmente allá?, ¿no sería más de lo mismo? Se retiró por la puerta de servicio sin pasar a ver al supervisor general. La próxima salida sería por la puerta grande.

Era el amanecer y vaya que era glorioso al fin, de esos en que la salida del sol es tan gloriosa que parece casi artificial.  Antonio montaba el corcel usurpado hace no más de una hora; ¿pura sangre? Realmente no importaba, éste sería consagrado. Además era blanco, como el de un héroe, un heraldo redentor o el Juez de Apocalipsis. Su aún vigente tarjeta de entrada y su destreza como ranchero mexiquense le permitió vaciar más rápido de lo que esperaba los corrales, si no todos, la mayoría; era buen vaquero después de todo y éste era su momento climático; era tan bello, comenzando por el silencio de las reses tan obedientes. Aún no salía el sol en su totalidad, cuando comenzó a abrir los corrales, uno a uno terminó la tarea; eficiente. En efecto no sacó a la mayoría, pero todo éxodo tiene sus bajas. Los hombres del norte iban atrás en camionetas, otros montaban caballos; maldecían y gritaban a todo pulmón; “¿Ensuciaría el nombre de mi estirpe? Por lo menos jamás lo limpiaría, eso seguro. Que se quejen con provecho. Era la escena de aquel momento áureo de la infancia; la película de cowboys. Incluso la banda sonora parecía presente por sí misma: “Para allá voy”.

La silueta de Antonio sobresalía de entre la multitud de bovinos, No fue dificil para la bala encontrarlo. El disparo preciso en la frente lo borró del horizonte, pero él había caído a su derecha; sereno.   

 


Raúl Salvador Gómez López. Estudiante de cine y escritor independiente de guión cinematográfico y narrativa. He participado en proyectos de videoclip entre 2010 y 2012 para bandas nacionales como Torreblanca, Carla Morrison y Sonido Landon. Videoclip para concurso internacional de Moby para el track Be the One del álbum Destroyed.

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