Regresa entonces. Trae una botella de whisky en la mano derecha y un cigarrillo apagado entre labios. Sonríe ampliamente, de forma burlona (con esa mueca tan desdeñable que muchos aficionados a los Steelers esbozan orgullosamente cuando se trata de realzar los logros de Pittsburgh dentro de la NFL); se sienta, sirve shots para todos los presentes y luego de brindar –él en honor de los Steelers y yo de mis amados Ravens de Baltimore–, continúa con su discurso sobre aquella famosa ‘Cortina de Acero’ que en los 70 dominó la liga entera y le brindó tantos campeonatos a Pittsburgh.

Apenas logro escucharlo. Estamos en un bar cerca de Av. Universidad y, aunque las mesas exteriores ayudan al flujo del ruido, el escándalo colectivo va en aumento cada vez más rápido. Hasta hace un par de horas era el lugar perfecto para escribir y atravesar la tarde de este viernes lleno de melancolía, nostálgico, invernal al puro estilo de la música de los Tindersticks, aquella maravillosa banda alternativa que inició en los años 90’ y que pocos (casi nadie) conocen; completamente underground y demasiado infravalorada dentro de la historia del Rock, pero con una potencia y un sonido de tal magnitud que –si aún no los conocen– estoy seguro les volará la mente.

¿Por qué viernes melancólico, lleno de nostalgia y aterido de recuerdos? Simple y sencillo: hoy se cumple exactamente un año (sí, lamentablemente así de obsesivo compulsivo tiendo a ser) desde aquel fatal día en que la vi por última vez, y el peso de la memoria no podría estar golpeándome de una peor manera. Lo recuerdo todo a la perfección. Estar de pie frente a ella, en el Centro de Coyoacán, a pocos metros de las mesas exteriores del Hijo del Cuervo, como estatuas danzantes surgiendo de algún film de Wong Kar Wai, sin decirnos palabra alguna pero penetrándonos impetuosos con la mirada, besándonos frenéticos por largos segundos y dejándonos envolver por esa candente naturaleza urbana del sur de la Capital; melancolía aterida en nuestra expresión conjunta, tan joviales y ruidosos, tan hedonistas y expectantes, como si no tuviéramos plena conciencia de todo lo que nos estaba destruyendo o como si intentáramos congelar nuestro sentimiento en un pulso que, a pesar de toda la mierda zumbando a nuestro alrededor, fuera a resistir contra la violencia cotidiana del tiempo y su desarrollo natural…

Generalmente, cuando suceden este tipo de reminiscencias a su recuerdo –sea por las fechas almacenadas fatídicamente en mi cerebro, por cruzarme con alguna referencia de uno de sus libros favoritos o por atravesar alguna calle o lugar excesivamente simbólico donde vivimos cierta anécdota–, lo único sano y con absoluta lógica que se me ocurre hacer es pasar a un bar y ponerme a escribir hasta que la náusea me atrape por completo y ya no exista escapatoria posible. Siempre funciona. Remedio infalible, pericia suicida o hábito convulsivo en el que Ella conjuga su química para ir desapareciendo a través de mis palabras; gracias a la prosa mal hecha que me atrevo a plasmar, al periodismo Gonzo y musical que trasciende diariamente en mi vida, o a los fragmentos y notas iracundas para la construcción de mi novela.

Justo como hoy, que todo iba de maravilla –las notas avanzando considerablemente, el ambiente natural de un bar a las 6 de la tarde, el estrés agonizando, un par de muchachas bellísimas platicando cerca de mí y la música retumbando y fluyendo como nunca–; hasta que cometí la estupidez de desprenderme de mis audífonos, salir a fumar un cigarrillo y escuchar -durante el camino de regreso a mi espacio en la barra- la conversación que el fanático de los Steelers mantenía eufórico con un par de fans de los Patriots y un colado más envuelto en una senda bufanda negra y un jersey de los Seahawks.

Me detuve de golpe. Me fui acercando, sonreí, me disculpé por la interrupción (afirmé que era Baltimore Raven desde pequeño y hasta la muerte), aclaré la garganta y debatí con ahínco el punto que defendía el Steeler frente a sus camaradas: no, Pittsburgh no es (actualmente) uno de los 3 mejores equipos de la NFL. ¡Para nada! Un tanto lejos de la potencia y el calibre que alguna vez tuvieron los Steelers, hoy en día es un equipo que sobrevive en gran medida gracias a su triada de estrellas: Ben Roethlisberger, Antonio Brown y Le’Veon Bell. Sí, no jueguen mal ni muchos menos. Son bravísimos, y más de locales. Aún conservan esa grandeza de equipo legendario, se les respeta y siempre son huesos duros de roer. Como fan de Baltimore lo sé a la perfección: luego de ganar 5 enfrentamientos consecutivos contra ellos, durante el último de la temporada pasada –el más importante para todo Raven por las implicaciones de poder clasificar a post-temporada– Pittsburgh venció a Baltimore durante los últimos segundos del encuentro, gracias al temple de Antonio Brown y el rescate de una jugada que parecía insalvable para ellos; provocando así la eliminación de los Ravens a los playoffs. Pero ojo, y mi punto es sencillo: Baltimore mantuvo la delantera en el marcador la mayoría del encuentro, de visitante, contra miles y miles de las famosas toallas terribles, en pleno 25 de diciembre, jugando bien y mejor por muchos instantes, en desventaja luego de que su Cornerback titular estuviera lesionado (justamente el encargado de combatir a Antonio Brown, el autor de la jugada salvadora), espartanos y descarados, sin temor al imponente Heinz Field y a la maldita hostilidad de los locales… Algo que, lo más probable, seguramente –y sonreí sarcástico– no hubiera permitido cualquiera de los tres mejores equipos de la NFL.

Algo así se lo dije al Steeler fan y, como era de esperarse, explotó en indignación y comenzó una de las conversaciones de Futbol Americano más largas e intensas que he mantenido con algún desconocido y que terminaría estancándose en un callejón sin salida, cada uno defendiendo su lado de la trinchera y ganando –a pulso sudado– un rival deportivo de por vida. Lo peor de todo es que había desperdiciado los bellos momentos de quietud en el bar para trabajar en la novela y ahora el lugar estaba a nada de llenarse que era imposible concentrarse. Lo bueno, por el otro lado, es que yo había sido gran responsable de que esa botella de whisky estuviera a punto de terminarse y que le había provocado unos buenos corajes al Steeler fan; situación que, siendo Raven de Baltimore en un país donde los Steelers brotan hasta desde las alcantarillas, llena de orgullo y vitalidad.

Cuando regresé a la barra, estaba tan aturdido que guardé mis notas, abandoné las posibilidades de avanzar en la novela y volví a lo que sucedía detrás de mis audífonos.

Por unos instantes me estanqué de nuevo en la silueta de su rostro apareciendo frente a mí, deambulando como la más intensa de las Musas, ninfa sexual o personaje de Nabokov incendiando todo a su paso. Volví a sus ojos, a su mirada, a su desnudez erizándose cerca de la medianoche, a las ligeras pecas en su piel y el perfume de su sexo tan penetrante y adictivo; aquellas noches de frenesí absoluto, acariciándonos como si la vida se nos fuera en ese palpitar ininterrumpido, besándonos en un salvaje y armonioso 69, gimiendo, ahogándonos en suspiros, cabalgando y penetrándola primero lento, lento y luego con todo el ritmo de una guitarra estilo Jack White. Deseé poseerla con tantas fuerzas –morder sus pezones, acariciar sus labios inferiores, hacerle un oral– que mi cuerpo tembló por completo, se me incendió la expresión por unos cuantos segundos y después, mientras la canción Mansos se reproducía veloz e intrépida, me dejé llevar con soltura por las maravillosas notas que se esconden detrás de la juventud, el ingenio y el talento rabioso de los Jonks; joven banda fundada en la Ciudad de México hace apenas algunos años, en 2013, pero que ya se ha convertido en una de las sorpresas más agradables que he escuchado recientemente (dentro de la escena nacional) y que, a mi modo de ver, tienen un gigantesco e impetuoso horizonte para continuar explotando.

Los conocí gracias a una tocada en el Foro el Imperial de la Colonia Roma, y desde entonces quedé asombrado por la poderosa apuesta que manejan, por el calibre y la potencia de esos sonidos tan estridentes que combinan un Rock clásico -ruidoso y directo-, con un garage estilo The Black Keys, toques Blues que destilan a través de pasajes maravillosos, registro de Stoner en muchas de sus notas y una presencia excelsa de ritmos psicodélicos e influencias claras de toda la generación de la neo-psicodelia, desde clásicos como Primal Scream o Spacemen 3 hasta modernos cual Tame Impala, The Black Angels, Kasabian, etcétera.

Tras esos veloces arrebatos al inicio de Mansos –track opening del primer EP llamado simplemente ‘Intro a Jonks’– se nota de inmediato la agilidad en el manejo de los instrumentos, el estudio y las larguísimas horas de entrenamiento para conseguir atraparte al instante, para envolverte a través de la energía imbatible en las guitarras de Max Reyes, la voz adrenalítica (bien educada, con temple) de Rodrigo León (también a cargo del bajo), y la batería decisiva, puntual y explosiva de Dante Llaguno, que en muchas de las canciones es quien lleva el eje central del ritmo y la cadencia.

 

Jonks – ‘Rana Alucinante’

 

Por supuesto, también aúlla, grita, ruge y explota toda la pasión que albergan estos jóvenes por hacer música; una que no está dispuesta a ser guardarla, estancada u olvidada en ese pútrido confort donde se refugian muchas bandas y músicos concentrados exclusivamente en la insaciable búsqueda de la fama, la aceptación, el reconocimiento y el life style, que es más bien la visión del life style que nos heredaron los viejos maestros del Rock y que ahora, por simple naturaleza evolutiva del ser humano y una desintegración más evidente del espectro social, sería imposible intentar reproducir o imitar.

Lejos de ese confort, los Jonks se arriesgan, buscan, tejen su propia piel. Su música es un aullido directo a las turbinas del corazón, una ráfaga de vértigo o un vendaval de adrenalina que poco a poco va martilleando todos tus huesos. Sea por la introspectiva detrás de la armoniosa y perfectamente ensamblada Un Poco de Humo, por esos timbres desérticos, la guitarra aullante y la batería lenta y rítmica en el Ballenato Asciende, o por la tremenda acidez que se refleja de forma evidente en Rana Alucinante –una de mis favoritas–, combinando buenos riffs con una presencia indomable de sintetizadores y la voz de Rodrigo entonando con potencia y dureza una lírica bien construida, minimalista, que acompaña perfectamente los apenas 3 minutos que dura la canción.

“La niña habla sola con el buitre. Los árboles hacen callar cualquier cosa y el viento canta al compás del río”, dice en algún momento la letra de Mansos, primer track del que hablé y con el que comienza el álbum; para luego continuar añadiendo, detrás de un alarido apabullante y un ritmo cardíaco: Y yo estoy imaginando más, buscando realidad… No sé por qué, pero pienso en estas palabras como el testimonio más claro de la lírica bien cimentada que exponen los Jonks en sus creaciones; una que no sólo refleja todo el concepto que quieren transmitir, sino que también desnuda la poesía escondida tras cada nota, la filosofía y la ideología tan íntima y voraz que cada agrupación debe tener y que nutre de forma especial la música creada.

Poesía que se puede apreciar de la misma manera en el imaginario visual que incorporan a su concepto. Videos surrealistas, a lo Buñuel o Magritte, llenos de acidez, que deambulan entre composiciones minimalistas y toques de una elegancia sórdida y aterida –psicodélicamente– de formas y colores. Sí, aunque la producción no sea la mejor y carezca de toda la estructura real de un ‘video oficial’, la idea está perfectamente plasmada y uno puede inmiscuirse sin problemas y disfrutar gratamente de las imágenes. Lo más bello de todo es que el contenido visual armoniza perfectamente con la música, como si las notas y los arreglos fueran construyendo esa geometría, ese rompecabezas delirante de formas y flashazos directos.

Siguen pasando las canciones y los segundos se extinguen llenos de frenesí. No hay que esforzarse demasiado para dejar que la música fluya y nos envuelva en la magia y el espectro de sonidos tan bien construidos que se exponen a lo largo de todo el EP.

Estoy a mitad de T12  y la cadencia del álbum no ha bajado de intensidad ni ha detenido su capacidad de seguir reinventándose conforme avanzan los minutos. Es cierto que aún tienen mucho camino que recorrer y una infinidad de trabajo por seguir consumando, pero mientras uno escucha estos últimos instantes de T12 –ese solo eléctrico pasando el minuto 3, esos quiebres en la voz de Rodrigo o esas brumas finales sintetizando el ambiente–, se reafirma la confianza de que las cartas están a su favor y se vuelve más real el tremendo potencial que está a su alcance.

Enhorabuena, pienso mientras termina la canción y comienzo a preparar la partida. No porque crea que los Jonks han alcanzado un clímax dentro de su aún adolescente trayectoria, sino porque importa más el espejo del ímpetu juvenil, la dedicación y la efervescencia de querer seguir creciendo. Porque el talento y el futuro están ahí sin ser cuestionados y no muchas bandas en sus primeras etapas pueden presumir de lo mismo. Porque si algo hace falta en este jodido mundo y en esta sociedad es arte, expresión, música en todos los niveles y sentidos. Porque cada vez carecemos más, precisamente, de la humanidad que nos brinda el desarrollo artístico y toda la evolución que conlleva el mismo. Porque lo dijo Beethoven hace siglos con aquello de que la música es una revelación más grande que toda la sabiduría y filosofía del mundo juntas; y porque lo reafirmaría el indomable Jimi Hendrix con aquella cita que reza ‘Music doesn’t lie. If there something to be changed in this world, then it can only happen through music’ (La música no miente. Si hay algo que necesite cambiarse en este mundo, solo puede pasar a través de la música); y de eso se trata al final la chispa de nuestra existencia efímera: reinventarnos, evolucionar, dejar una utopía que intente provocar algún cambio.

Enhorabuena, enhorabuena porque los sonidos jóvenes y emergentes nos llenan de esperanza. Porque el Rock siempre aparece para alentarnos: es nuestra droga, nuestro escudo, nuestra lanza a través del Desierto. Y porque ella jamás volverá (lo sé, me quema por dentro) pero nunca faltarán las puertas de un Bar abiertas para recibirme, un puñado de palabras dispuestas como un revolver y la música de los Jonks para alejarla de mi mente.

 

 

Jonks – ‘T12’

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