Además de cultivar una obra propia, Ramón Xirau, a la manera en que lo hicieron los antiguos filósofos griegos, fue un respetado y querido preceptor que desde la academia supo iluminar con su gran erudición a poetas, narradores, editores y pedagogos. No pocos recuerdan que, en 1964, este poeta y ensayista de origen catalán fundó la revista Diálogos y, hasta 1985, fue su atinado director. Invitados por el filósofo barcelonés ─nacido en 1924 y muerto el miércoles pasado─, en las páginas de aquella revista ─que 24 años después sería lanzada en versión digital, aunque ya sin el mismo impacto─ estamparon sus rúbricas, con poemas, ensayos, reseñas críticas y artículos filosóficos, personajes tan distinguidos y dispares de la intelectualidad mexicana e internacional como Antonio Alatorre y Jorge Aguilar Mora, Rubén Bonifaz Nuño y André Breton, Enrique Díez-Canedo y Sergio Fernández, Elena Garro y Susan Sontag, José Agustín y José Emilio Pacheco, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, entre muchos otros. Enrique Krauze, refiriéndose a la gran labor que Xirau defendió en aquella emblemática revista, dijo: “hacía dialogar, en la convivencia de la página y las sutiles correspondencias de sus textos, a autores de diversas lenguas y países”.

Es necesario ─y penoso─ apuntar que hace tiempo, entre los filósofos, los poetas y los lectores se han interpuesto una serie de malentendidos que les impiden la comunicación abierta y el reconocimiento mutuo. A Xirau le desagradaba este distanciamiento y su obra fue una lucha constante para que esas inicuas desavenencias, en la medida de lo posible, se difuminaran. Más que conferenciar o departir, al autor de El péndulo y la espiral le gustaba más dialogar. Y es que Xirau fue, esencialmente, un conversador amable e informal. Gottfried Leibniz ─a quien Xirau admiraba pero con el que no siempre coincidía─ afirmó en su Enciclopedia de la conversación que el diálogo era un asunto entre iguales que no pretenden llegar a acuerdo alguno. Y para no obstinarse en convertir la charla en una pugna entre engreídos, el gran teólogo de Leipzig recomendaba que “se debe conversar sin ánimo de llegar a un coloquio”. Y justamente la pluralidad de sus temas y su enorme variedad de intereses hicieron que, en todas las ocasiones, Xirau fuera siempre un conversador mesurado, afable y natural. Nada le resultaba tan molesto como la ambición que sentían algunos de darle un uso oportunista a la palabra. Ante la especulación gratuita, la ligereza y la facundia de quienes únicamente buscaban el lucimiento personal, él prefirió callar. Quizá porque, como había dejado escrito Wittgenstein, él sí uno de sus autores más venerados: “Lo que se deja expresar, debe ser dicho de forma clara; sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar”.

Aparte de su indispensable ─e ineludible─ “Introducción a la historia de la filosofía”, la obra crítica de Ramón Xirau ─que yo leí temprano y quizá, hasta hoy no he apreciado en sus justas dimensiones─ fue tan vasta como luminosa: El sentido de la presencia, “Tres poetas de la soledad: Gorostiza, Villaurrutia y Paz, Octavio Paz, el sentido de la palabra, Entre ídolos y dioses, Poesía y conocimiento, fueron algunos de los libros de Xirau a los que, una y otra vez, frecuenté con provecho, gracias a la recomendación de Adolfo Castañón.

Los pitagóricos ─pese a ser una escuela conformada por una heteróclita ralea de matemáticos músicos y astrólogos─ pensaban que, más allá de los datos sensibles, existían otras correspondencias internas, incluso más íntimas, entre los objetos del mundo. Al leer los párrafos escuetos, reveladores, aplomados, de los libros de Xirau yo, muchas veces, creí sentir esas correspondencias. A quienes gustan de la lírica, propongo, como apurado homenaje luctuoso, regresar a su poesía que supo combinar magistralmente, y a un mismo tiempo, reflexión, lucidez y una alta capacidad imaginativa. Ramón Xirau, como el pesadísimo Miguel de Unamuno ─aunque, por fortuna, sin sus arranques iracundos─, supo conducirse con destreza entre la poesía, la filosofía, el ensayo literario y la mística. Quizá, simple y llanamente, como escribió el escritor Julio Hubard, lamentado la muerte del sabio amable y discreto que fue Xirau: “No es inesperado, pero duele mucho decirle adiós a un hombre tan admirado y tan querido”.