Fuera de la fábrica, no se está fuera.

Maurice Blanchot

Si atendemos a las consideraciones paranoicas del pensamiento, las relaciones entre institución e individuo han cambiado para que, en cierta medida, si se puede entender así, la institución habite en el sujeto, no como en los antiguos modos de comprensión de la institución estática, en la cual se entraba y se salía, constamente. Así, se cambia o actualiza la comprensión, por ejemplo, de la institución productora, la fábrica, por la empresa. No solamente hay un producto que dependa de una máquina específica, así como antes se dependía de la mano para desarrollar un utensilio (incluso se decía que “lo mató con sus propias manos”), la máquina es el individuo que se encuentra acoplado a sí mismo y a la “gran fábrica del universo”. La empresa universal, ser empresario de sí mismo. Ya no hay institución determinada, cada uno es refugio del producto, incluso hasta la indistinción. Pero esta comprensión no solo fomenta la instauración de un proyecto empresarial del individuo, sino que inyecta la producción en la misma vida del hombre como fundamento de cualquier quehacer. “Vender su propio producto” será la consigna adecuada para el tratamiento del desarrollo económico-personal. Pero, ¿qué significa eso? Arriesgándose desde múltiples puntos de vista podría decirse que la comprensión de producción, partiendo de la máxima antes mencionada, corresponde a una determinación irresoluta de una dialéctica de la misma forma de producción. La producción trae consigo el consumo, cosa sabida y repetida. Pero la forma de producción quizá no corresponda exclusivamente a la forma de consumo. Esta disparidad entre una y otra forma no resulta tan problemática desde las perspectivas de cualquier producto que esté a la venta para dos clases de público diferentes. La máscara que se le da a un producto corresponde a los anteojos mismos que quieren ver de tal o cual manera lo mismo. Es algo demasiado simple, en apariencia. Una forma se acopla con otra, pues el contenido resulta ser el mismo, como en un rompecabezas en el que hay múltiples formas, algunas similares entre sí, pero que se acoplan según el dibujo contenido.

Esta estructura se ve enfrentada, en cierta medida, en la producción creadora y con esta la creación artística, científica y filosófica. Tal vez decir “producción creadora” pueda sonar redundante, mas la producción puede entenderse desde dos formas: la repetición técnica y la creación. La primera forma es el pan de cada día, sin la cual no habría pan cada día; la repetición técnica se presenta en la formación industrial, social y económica basada en modelos que parecen servir (aunque muchas veces no se tiene en cuenta el “material”, que cambia de lugar a lugar). La segunda forma parte de una comprensión de la práctica-técnica como fundamento para llevar a cabo, realizar, un cambio en la esencia misma de un material, haciendo que logre ser lo que antes no había podido ser. Es decir, cambiar la forma, sin discernir de un contenido específico al que pueda aludir la forma misma, esto no porque no haya contenido, sino porque la forma no actúa como envase en el que se pueda meter o arrojar un contenido, sino porque la forma es lo mismo en lo que se fundamenta un contenido. Quizás se podría dar, erróneamente de seguro, el sentido de contenido-formal, desviando la atención de su connotación lógica. A partir de esto, se puede proponer una relación de la creación y de la producción diferente a la que simplemente reproduce un modelo de contenido, transformando la forma según la valoración misma del marketing que pueda conllevar a una multiplicidad de consumidores.

La creación, entendida como producción, se da en el tránsito del no-ser al ser, en cuanto realización de un ente. En un caso específico la obra de arte. Esta, que partía de la producción técnica (en la comprensión antigua), puede considerarse como aquello que saca a la luz una forma de ser que podía vislumbrar unas particularidades específicas del mundo. Tanto como falsedad o como dispositivo de catarsis, la obra era el devenir de la cosa misma para manifestar una fórmula de falsedad, de similitud o de imaginación. La obra de arte era producción, producción técnica. Lo sigue siendo, incluso considerada como un producto más de la manufactura del hombre, por medio del cual se expresa (se dice). Pero ¿qué clase de producción? Una producción, podría responderse, que en principio trata de oponerse a la producción de consumo inmediato, tanto por lo que conlleva la producción del objeto arte, como por el tiempo que puede llevar el consumo del mismo. Ya Georges Bataille menciona la producción artística a contra corriente de una economía propia de los sistemas políticos, pues aquella se presenta como una acumulación y despilfarro de fuerzas, las cuales conllevan un producto de escaso valor comercial, haciendo las respectivas salvedades. Esto porque lo que conmueve el capital será el flujo mismo y el incremento del valor del producto y de la utilidad misma de aquello para poder producir más. No se escapan aquí los elementos de composición y distracción del cotidiano, pues se pueden presentar como esa alienación y facilidad para que se pueda despistar la forma de producción primaria. Mas la forma de producción artística se ve plena al rechazar la formalización de un producción en la cual se vean revestidos los valores, el entretenimiento y la distracción, al menos desde una perspectiva de idealización de la obra misma. La obra produce formas pero formas de conocimiento, la forma-arte apela por el sentido mismo del conocimiento en cuanto una posibilidad de acceder por medio de los sentidos a funciones específicas de la cabeza, atravesando y simulando los aspectos mismos de la apariencia. Si bien la obra “aparece”, simula la apariencia. Lo que aparece y simula será forma. Con esta simulación produce una comprensión misma de lo que puede ser el mundo (si no es que lo crea al mismo tiempo que lo comprende) para llevar al “espectador” por los senderos mismos del conocimiento. Se podría objetar inmediatamente, cosa que parece ya gastada, que la obra demanda los sentidos, más que la razón, debería pensarse en contrapartida a esto que la comprensión de una dualidad (sensación / razón) en la humanidad debe sus comprensiones a la dualidad misma que establece la ciencia moderna, haciendo que la comprensión de la obra de arte como mera forma de lo sensible se apoye en un fundamento científico.  

Mas la ciencia también procede desde medios de creación que conllevan una producción de conocimiento, pero ya desde una materia menos tangible, la cual será la hipótesis y lo posible. ¿Cuál es la fundamentación misma de la hipótesis, de un futuro? Queda incierto, como incierto queda el avance de la formulación tecnológica. Pero la ciencia en cuanto producción de conocimiento se diferencia bastante de la producción tecnológica, ya que una conlleva un fin que en sí mismo es hipotético, mas la otra no tiene fin posible, su fin es su principio: lo reemplazable, lo desechable. Si bien se presenta el camino de la ciencia desde un fundamento hipotético, no sobrepasa, en este sentido, la producción del arte, entendida en cuanto la realización y devenir. Aunque las formas sean diferentes para cada quehacer, la producción se presenta correlativa en cuanto hay que llevar algo a su realización: lo sensible, la hipótesis.

Si bien la filosofía es “parasitaria” (siguiendo a Copleston y a los además de los autores que han indagado en la práctica parasitaria de la misma), ya que en esta práctica se trabaja y se presentan los residuos de las demás disciplinas (esa limadura que, según se dice, se ha desprendido del quehacer científico moderno, intentando hacer que la realidad sea un gran plano, sobre el cual es seguro construir y se puede proceder en movimientos continuos sin siquiera tener tropiezos), se puede considerar, si volvemos a los estados parasitarios de ciertos quehaceres del pensamiento, manufactura de la producción científica, entonces podríamos considerar una forma de producción filosófica como reproducción, como carroñera, propia de una producción de lo más bajo, de los extractos que ya se han producido. Podría hablarse de una re-producción de los estados subterráneos en los que se mueve el pensamiento. Por esto, en cuanto una relación con formas de producción y de producción de conocimiento, tanto la obra de arte, la producción científica y el quehacer filosófico, corresponden a una producción que intentan llevar a lo sensible; otra que intenta partir de lo sensible (sin importar lo pequeño que sea), desde una hipótesis sobre esto para generar un fin práctico; y un quehacer que trabaja con el resto de aquello, aunque busque los fundamentos de aquello por lo que se pregunta.[1]    

Si se ha dicho que la obra de arte se enfrenta a una producción empresarial, como se ha expuesto arriba, podría considerarse que la obra de arte tiene una particularidad que, si bien las demás cosas se ven recubiertas por ella, no lo son del mismo modo. La obra hace sensible la forma, produciendo una forma de conocer que responde a una sensación inexistente. Si bien se puede comprender como copia de lo que ya se ha visto, la segmentarización que se presenta en esta y la construcción de un mundo a partir del segmento mismo que presenta la obra de una concepción de lo que es “la realidad” ya da muestras de una posible inversión de sí misma, ya que la obra presenta un lugar en el cual las formas conviven en cuanto son fabricadas desde una perspectiva específica, que llama al espectador a realizarse en cuanto segmento de percepción que puede generar un contusión sensible y cognitiva, puesto que parte de una comprensión de la forma que está yuxtapuesta a sí misma. La obra se deshace en cuanto la imposibilidad misma del fundamento del conocimiento (el consenso o la adecuación) de lo que se presenta y aquello a lo que se refiere. ¿A qué se refiere la obra de arte? Claramente si se concibe como copia, tendrá que ser a aquello que se supone original, pero desde una fragmentación de lo que copia, ya que no lo puede copiar en su totalidad de relaciones. Podría también referirse a la construcción de su propio mundo, pero esto quebranta la percepción por faltar un fundamento que pueda construirse, pues la materialidad de la obra pertenece a la perceptibilidad misma, haciendo que el círculo de percepción conlleve un agujero que se presenta como medio de la circunferencia. Los fundamentos del espectador serán tan frágiles, en cuanto necesita una formación y una atención previa para poder enfrentarse a la obra, puesto que la mera percepción de la obra no basta si no se quiere mostrar esta como simple material (este principio trata de defenderse a capa y espada, pero queda en el abismo, pues la sensación no solo se ve afectada por la obra de arte). La obra se ve involucrada en la posición de producción de una concepción del mundo y de la percepción misma, pero en cuanto solo es un trozo de aquello que intenta construir tiende a reposar en el abismo, mas esta suspensión tiende a contrarrestarse con la posición y construcción más completa de la obra como algo concebido, traído a la luz, para que pueda desarrollarse en cuanto comprensiones posibles, lo cual le va cargando de horizontes hermenéuticos. Pero la hoja vuelve y se voltea al saber que la obra, concepción del mundo y construcción de un conocimiento determinado, sea pie para una producción en masa de conocimiento. Es allí donde la producción artístistica llega al punto de producción empresarial, pues surgen a su alrededor (aunque siendo en un principio un centro, tiende a orbitar el conocimiento) los movimientos de eficacia, prueba, problematicidad, información, etc. a través de los cuales se fundamenta la institucionalidad, los grupos de investigación y de estudio. Pero el carácter empresarial de la obra (todo el “conocimiento” que se produce a partir de esta) surge y tiene como punto de apoyo el carácter público de la obra. Que la obra sea pública indica que hay un conjunto que puede acceder a ella, este conjunto será la institución, ya que el individuo no logra hacer empresa sobre esto, pues en lo académico no logra hacerse empresario de sí mismo, solo una pieza de la máquina, aunque se venda al detal.

La institución se encarga de hacer que la obra cumpla su manifestación, más que una manifestación pública, una efectividad y necesidad en el público: la vuelve producto de consumo, no devenir (aunque en el devenir mismo del consumo la obra pueda transformarse, como lo confirman los ready made).  Mas la institución hace esto teniendo como finalidad la formación de los individuos. Si estos acuden a la institución consumen el conocimiento que allí se produce y, quizás, ellos mismos produzcan en algún futuro. Mas allí queda recubierta la realización y producción en cuanto proyecto de la sensibilidad, algo que se presentaba para el público desde su percepción y experiencia se vuelve lugar común y experiencia pasada (olvido). Allí se da la caracterización y producción del mismo producto. Ya no se buscará la producción de obra como forma de creación de formas, ni siquiera de individuos. Todo, puro sujeto.

 

[1] No se hará aquí un desarrollo completo de estas ideas o de la interrelación que guardan los diferentes quehaceres, ya que este texto es un fragmento de una escritura más extensa y reflexiva, la cual proyectará una comprensión del problema de la producción artística-filosófica como manufactura, facturación y acabamiento de una comprensión del mundo.


Gerardo Córdoba Ospina. Filósofo por la Universidad de Antioquia (Medellín, Colombia). Intenta escribir desde hace algún tiempo. Actualmente, estudiante de Filosofía en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.