Hace un par de meses comencé la lectura del poeta Alfredo Placencia. El padre muestra en sus poemas un júbilo religioso, una desesperada añoranza celestial. Me arriesgo a pergeñar los párrafos siguientes, con la convicción de que mi lectura haya dejado una primera enseñanza contundente y sincera.

A principios del siglo XX el modernismo era la corriente artística que imperaba en la geografía mexicana. Figuras como Nájera, Díaz Mirón o Manuel José Othón, bajo la tutela de Darío, pintaban de azul toda la lírica nacional. El tejido de lenguaje elaborado y el europeísmo eran constantes entre estos escritores. José Emilio Pacheco, en su Antología del Modernismo, asegura que era sencillo identificar a quien escribió en la época modernista y a quien lo hizo tiempo después, ya que el arts poetica, delataba la influencia que dominaba su escritura. Fue a principios de siglo que apareció la figura del padre Placencia. Su devoción y rebeldía lo marginaron de la institución religiosa. Sin embargo, el júbilo y el amor a Dios lo mantuvieron cercano a su ideal religioso. Placencia siempre vivió en la pobreza. Marginado por su protesta ante la jerarquía clerical, el autor de “Ciego Dios” no cesó en su afán por la poesía:

Así te ves mejor, crucificado.

Bien quisieras herir, pero no puedes.

Quien acertó a ponerte en ese estado

no hizo cosa mejor. Que así te quedes.

Para Pellicer, Placencia es nuestro primer poeta católico. No sólo podríamos quedarnos con esa clasificación, sería injusto. El padre Placencia también formó parte de las filas modernistas, y no sólo por la sincronía temporal sino porque de sus contemporáneos tomó el tono conversacional para hablar de Dios y de sus semejantes. Además del estoicismo de los místicos, Placencia coincide con Manuel Othón. El autor de “Idilio Salvaje” y el padre sólo podían escribir de los que veían y vivían. Al evocar a Placencia, recuerdo de memoria los versos de Fray Luis de León que definen mucha de la actitud de los poetas que cantaban a su Dios, demostrando su hermética idolatría:

Vivir quiero conmigo,

gozar quiero del bien que debo al cielo,

a solas, sin testigo,

libre de amor, de celo,

de odio, de esperanzas, de recelo.

Placencia fue desterrado hacia los Estados Unidos. La cúpula religiosa lo calumnió y el padre tuvo que emprender el éxodo de tierras tapatías:

Me ha desterrado la crueldad del destino

y se ha puesto a apagarme las poquísimas lumbres.

Y continúa de esta manera:

He dejado la patria

por matar un recuerdo;

y me salió mentira mentira

dolorosa ese remedio.

El padre Placencia tiene cercanía con Concepción Urquiza, otra de las poetas religiosas de Siglo XX. Ambos muestran en sus poemas una forma clásica además de incursionar por el verso libre. Cito un pasaje de un poema de Urquiza que me parece revelador:

Pero, ¡cuánto hay que esperar…! todas las cosas están urgiéndome cada vez con mayor vigor a que empiece a ensayar esa muerte interior… qué sabor tendrá la paz de Cristo para un corazón que ha vivido en la rueda de las pasiones; qué dulzura será esa del amor de Cristo.

Esta resignación en la que cae Urquiza, también fue escrita por Placencia. La poeta de Michoacán decide utilizar la prosa, dejando correr el sentimiento en una bocanada, una sola bocanada; Placencia, en cambio, decide tensar su angustia con versos:

A nadie culpo de los males

en que caí; los quise yo.

Los quise yo, porque quería

beber mi alma ese dolor…

La intensidad en la poesía de Placencia a veces cae en lo intolerable, en una suerte de maldición que de a poco se convierte en quejas:

Me ha aborrecido el mundo tanto, que tiene miedo

hasta de que lo mime y de que le haga el bien.

Mas, no ha ido muy lejos por la paga; ¡no puedo

yo tampoco besarlo…! ¡Lo aborrezco también…!

Y sobre todo, el desprecio a los hombres que se dicen superiores. Una clara pugna con la jerarquía religiosa:

Nunca esperes

el favor de los hombres. Sus favores

harán que nunca mires a quien eres

por tenerte mirando a tus señores.

A veces Placencia se pregunta quién lo persigue:

¿de quién será esa mano despiadada
que me riega de sombras el camino
y deja mis estrellas apagadas?

La poesía de Alfredo Placencia es una de las más hermosas por su intimidad con el ser humano y el su Dios. La capacidad para entregarse y no obstante, fustigar, son una muestra de la ígnea personalidad del padre. Considero importante retomar al padre Placencia en próximos artículo, para pasar a otra de la poetas de fervor eclesiástico, como lo es Concha Urquiza.



Mario Medrano González.

Nací en la ciudad de México en 1986. Estudié periodismo en la UNAM. Creación literaria en la escuela de escritores de la SOGEM y un diplomado en la Escuela Mexicana de Escritores. Actualmente preparo una tesis acerca de la poesía mexicana del Siglo XXI.