Toda la vida me ha gustado la música y el canto. Pero jamás me destaqué en esta práctica. Aunque de niño acudí a tomar algunas lecciones de solfeo, sólo obtuve resultados insignificantes. Cuando intenté aprender a tocar guitarra mi cosecha fue aún más anodina. En la secundaria ni siquiera pude interpretar Martinillo. Pese a mi comprobada mediocridad, jamás me contentó la simple idea de quedarme batiendo palmas entre el auditorio.

Como todo malogrado en busca de las migajas de la fama, yo soñaba con ver mi nombre y mi fotografía exhibidos en anuncios y espectaculares. Con mucho trabajo y más  obstinación, al cabo de un tiempo conseguí mi objetivo: me convertí en un personaje de cierto renombre. ¡Y sin embargo qué presentes continúan en mi memoria los primeros descalabros de mi vocación musical! Pero esa es una historia que me niego a relatar, al menos por ahora. Lo que ocurre es que son hechos poco gloriosos que hoy, cuando mi nombre ya tiene cierta resonancia, me parecen peripecias insignificantes que podrían enturbiar mi biografía.  

Aunque no soy propiamente un músico, y ni siquiera me atrevería a decir que canto, soy el protagonista de mi propio espectáculo. Soy, dicho de una vez por todas, un reconocido intérprete de trova. Muchos me llaman poeta y yo les digo que sí, que soy precisamente eso: un poeta que glorifica la música. O al revés: un músico que glorifica a la poesía. Es lo mismo. Y como soy popular y salgo en la tele, a nadie parecen importarles mis dislates. Es más: casi podría asegurar que al público le gusta bastante lo que digo. O al menos eso parece porque he visto que muchos me aplauden.

Una vez, durante una entrevista radiofónica, el locutor dijo que yo era un bardo moderno. A mi representante, un tísico y consumido maestro jubilado, le embelesó la dichosa frasecita y con la ayuda de un diccionario de sinónimos se propuso llamarme igual pero, según él, diferente. Luego de devanarse los sesos durante un par de semanas, el sujeto apareció por mi casa para darme a conocer el fruto de su imaginación: Ricardo, el juglar contemporáneo.

Aunque desde el principio me pareció una bobada, le dije que sí, que se escuchaba muy bien. En todo caso ¿quién era yo para desmentir al público conocedor?

Pese a que mi estilo es realmente calamitoso, veo que eso a nadie le importa demasiado. Quizá se deba a que hace muchos años aprendí a ejecutar una técnica embustera que logra ocultarme muy bien detrás de ciertos acordes irónicos y efectistas. Mientras me aporreo la pierna con un pandero, comienzo a vituperar a los malvados políticos. Los llamo mezquinos, infames y ladrones, sin dejar de golpearme con la pandereta. Ahí los espectadores rugen y cantan, cantan y rugen. Acto seguido, introduzco una pequeña arenga sobre el amor y la patria. Y si veo que el público es más exquisito, acudo a mi instrumento preferido: un sintetizador de armonías sarcásticas. Un doremifasolasido de burlas seguido de un doremifasolasido de socarronería, una eufonía de sílabas apantallantes y listo: la concurrencia se aplaca. ¿Qué? ¿Alguien pide otra, otra, otra? Al punto conecto un amplificador a mi teclado y toco una piececita en sonido envolvente, siempre acentuada por una retahíla de improperios en contra de neoliberalismo.

No quiero decir que mis numeritos carezcan de atractivo o musicalidad; musicales sí que son. Ciertamente, yo soy un artista a la altura de Filio o Serrat, quienes, por cierto, ya son mis amigos. Lo cual no me parece cosa del otro mundo. Ni siquiera un poquito complicado. Como yo veo las cosas, el ambiente de la trova, y el de la música en general, me parece demasiado elemental, por no decir insustancial. Por lo demás, pienso que actualmente la música se ha reducido tanto que ya cualquiera puede hacerla. Hasta yo, gracias a mi software y mi IK Multimedia. En fin, hemos simplificado tanto, aligerado tanto, destrozado tantas barreras, tantas aspiraciones falsas que, realmente, ya queda muy poco por destrozar en la música. 

Como sea, yo continúo representando mi numerito. De alguna cosa ha de vivir el hombre, es una frase que últimamente he oído por ahí. Y yo, descubiertos los placeres del consumo, me dejo llevar por sus encantos, que son muchos.

Hasta hace una semana, mi quehacer marchaba sin mayores contratiempos. No obstante, hace un par de noches el asunto se complicó. Cuando me encontraba en pleno escenario, después de mis dos primeras arengas, uno de esos tontos escépticos, que nunca faltan, intentó estropear mi espectáculo. Con esa tenacidad que los caracteriza, el tipo logró colarse hasta el frente y, entre gritos y rechiflas, comenzó su invectiva. El rubor de la indignación coloreaba el rostro del tipo. Me acusó, entre otras cosas, de que todas mis piezas sonaban iguales. Sin que nadie pudiera atajarlo, me llamó farsante y me gritó plagiario. Me llamó hijo de Pablo Milanés y hermano de Arjona. Esto último, lo confieso, me puso un poco nervioso. Yo me quedé mudo. Es lo que hace la vergüenza: te deja sin palabras. El incendiario quiso agregar alguna cosa que, afortunadamente, ya no pude entender debido a que el público, ese gigante que durante los conciertos se transforma en un monstruo implacable, se encargó de amansar.  El abucheo fue magno.

Dejé que mi público se descargara y, después de que cayó sobre el tipo una rechifla proverbial, con un gesto que no careció de heroísmo, decidí calmar a mi fanaticada caricaturizando al maldito sedicioso: “¡Déjenlo, pobre diablo; no sabe lo que está ladrando. Debe estar borracho. Pobrecito desgraciado!” 

En ese momento supe que, después de todo, hasta un músico anodino como yo podía engatusar a cierto tipo de público igualmente pueril así, simple y sencillamente, practicando una elemental poesía surround.