Puertas afuera soy un ogro, pero escondrijos adentro también soy un insecto trémulo, extraviado en su soledad: un bicho recluido en su propia envoltura.

Intentó practicar una literatura que espante a todo mundo, pero sólo soy un viejo espantapájaros, a quien los brazos le cuelgan, como vendajes sucios e inservibles, y hacen que hasta los más ínfimos pajarracos me zahieran.

He vivido una maravillosa infancia que, no sé por qué, siempre se distorsiona en mis escritos.

Por ahí leí ─o escribí, ya no sé─ que un buen libro depende de la efectividad con que se interroga a la pluma. Pero yo, que escribo en el teclado de una vieja laptop, ¿qué producto podría ofrecer?

A veces, no pocas, quisiera contar una historia en paz, pero nunca he conseguido relatar una anécdota en armonía conmigo mismo ni tampoco he conseguido leer nada con tranquilidad. Definitivo: la literatura me perturba.

A veces me digo: ¿y si hiciera poesía?, ¿y si mejor escribiera algo, lo que fuera? Llevo ya un buen tiempo ─veinte o más años─ mutilando mi obra porque aún no la siento acabada. A todas mis piezas ─que a mí me gusta llamar poemas─ siempre les falta algún rasgo de la fortuna para hacerlos definitivos, consumados. ¿No sería mejor seguir sentado en el silencioso ─y cómodo─ callejón de los eternos aspirantes? ¿Y si cortara la filigrana de la memoria y me dejara de vanas literaturas?

¿Pero cómo renunciar a la seducción de la escritura, si la blancura de una hoja es para mí como la aventura de un cuerpo por explorar?

En todo caso, he llegado a tomarme muy en serio la comedia que yo mismo he montado.

A veces, la luna me hace suspirar y me propongo escribir algo que sea inspirado y afectivo. Acto seguido, mastico unas palabras dulces, ensayo una sonrisa y, al cabo, termino vomitando sobre el teclado una plasta con aroma a Chipileta. ¿Será que todas las paletas, como los poemas, tienen veneno en las entrañas?

No soy ─ni nunca seré─ un poeta de grandes amplitudes. Pese a todo, me entretiene proyectar, como a todo pato incapaz de emprender el vuelo, un viaje largo y remoto a las cimas de la inspiración, aunque nunca llegue.

Me gusta cazar a las aves fastuosas. No me culpen. Es mi naturaleza, si se quiere, aciaga. Hay ciertas aves con las alas mutiladas al servicio del cazador. Son criaturas empequeñecidas: como el bastardo, como el malnacido. Aceptemos la maldición.

¿No es un inmundo trabajo éste, el del escritor? ¿Qué sentido tiene recolectar los años en una bitácora donde, a la menor parrafada, cualquier hipócrita es capaz de jurarse nuestra alma gemela?

Teatrales éstos embusteros párrafos. Como sea, estos son mis artefactos, y con ellos me he propuesto avanzar contra viento y marea.

Nunca seré un sagrado autor de librería, como hubiera querido. Mi obra estará compuesta ─ya lo está─ de ebooks, epubs y cuentos online. Soy ─y siempre seré─ el autor del ciberlibro: el bloguero que deseaba ser intelectual y terminó en Wikipedia. Evanescente tiempo éste donde los poetas son tuiteros y los narradores cosechan likes en su muro. Soy ─no vayamos más lejos con este drama─ un poeta de Facebook.