A Diana y su atención a las palabras

 

Cuando emerge una voz –aunque entrecortada– con sabiduría, sabemos que la voz de un poeta se aproxima. El acento del poeta se descubre seguro cuando no tiene la certeza, pero tiembla cuando reconoce la proximidad de la verdad. Sentencias graves que merodean la imagen con la firme intención del sacrilegio, arriesgan la estructura racional del mundo para enseñar algo que sabemos desde hace más de tres milenios, un judío con su alforja y eco resquebraja su lamento sin olvidar que la belleza se encuentra incluso en las heridas. El profeta contiene al poeta, diría Jabès, ambos depositan su fe en el futuro, en aquella palabra que está por venir, que fue hace tiempo. El poeta no es sino un falso profeta, un prestidigitador de las palabras y los significados. El poeta tiene el don de emplazar en las palabras la magia que rebase y revele al significado y de depositar los significados más ocultos o claros en las palabras. Las dos mitades del fruto tienen el mismo sabor.

Quizás, no importaría saber que nació en tierras que después de miles de años aún aguardan con recelo la promesa, quizás es lo de menos, la referencia de las tierras palestinas; tal vez, no sería necesario señalar que aconteció a mediados de los años treinta y es proveniente de una vieja familia de italianos, que cultivó el francés en su residencia, era judío. La historia de los judíos es semejante por sus diferencias, aunque este profeta, que pudiera ser el último de aquella lejana tradición del pueblo hebreo. Tal vez, a nadie interese un poeta que vivió el destierro de sus antepasados, con pasión desconsuelo y heridas más profundas que las del hombre más famoso de su tribu. Enunciar a Edmond Jabès no tiene relación con el hombre que participó a la poesía francesa de un nuevo derrotero.

Ocioso resultaría pensar en que su nombre pudiera significar algo más que a un poeta magnífico, que nos legó hermosas páginas contenidas en algunos libros, cuando él mismo observa que lo bello, natural y obra divina es la página en blanco, es decir, la presencia de Dios es la configuración de su propia ausencia. El libro aún no se ha escrito, nadie lo ha escrito, nadie podría escribirlo, pues el único que sería capaz de tal obra la ha dejado en blanco. El libro de las preguntas se cuida de jamás disolver el misterio de la pregunta misma, además de que no busca respuestas, pues la dicha y el placer se hallan en la pregunta por lo que sería ocioso pensar en la búsqueda de respuestas cuando nadie es capaz de generar o construir la pregunta.

Esa voz lejana de Jabès, podría tener los sonidos milenarios del pueblo que se guió por voces como la de él. Además de los elementos lúdicos que, el autor del Libro de las Semejanzas, deposita con la creación de voces que juegan a las afirmaciones que ponen en entredicho toda la sabiduría del mundo, desde su vida, desde su muerte. Desde sus murmullos, desde sus silencios. Desde aquella construcción que antecede al cada uno de los libros que oyó, vio, o le trasmitieron, pero que jamás palpó, ni probó, porque Jabès es el poeta de la vista y el oído, sentidos que en medio de la sal y la arena significan el infinito incluso de lo que no lo es. Y plantean como posible, aquel punto que es justo imposible. Te hablaré del mar, Yael, de la sal y de la espuma del mar, apocada mortaja de Elya, infinito surco de Aely. Sólo desde la palabra el mundo de lo imposible puede respirar, jugar o llegar al infinito. En Jabès lo lúdico y la conjugación se resuelven en anagramas y espacios y vacíos y plenitudes, es un amante ideal de las palabras, las historias, los desiertos.

Jabès es de los pocos que es capaz de vivir el exilio dentro del exilio. Estar afuera del afuera. No sólo asume su condición de judío, de trashumante, sino que además, sabe que es un exiliado para los propios judíos que, sin lugar a dudas, miraran con reproche a asunción que el poeta plantea de su dios, de Dios, pues toda plegaria tiene, por fermento, el remordimiento de existir sin Dios. Parece temerario y bello afirmar que Dios está a solas con el hombre donde el hombre está sin Dios. Esa es la afirmación de Jabès por el dios que él construye, con el que él juega, el que somete a lo lúdico del quehacer poético y se entrega a él con la misma convicción que reclama a Dios lo propio.

¿Existe un orden del libro enfrentado a la imaginación? Se pregunta Jabès cuando presiente como lector de su obra que sus lectores dejan asomar dudas por la aparición de ante, pre, post libros, un sin fin de artilugios que parecen impedir que el libro inicie o acabe, o por lo menos, esté. El poeta reconoce la imposibilidad del mismo y lo expone, lo vocifera, lo preludia como si tuviera la firme convicción de reconocer que el libro es lo imposible y por ello él lo hace. El libro existe mientras la página permanezca en blanco, después desaparecerá entre las angustias y clarividencias de la escritura.