Más de una vez, ustedes lo saben, he lamentado la actual situación de la poesía y he señalado, con igual obstinación, la escasez de poetas que hay en nuestro país. Pero me retracto, estaba completamente equivocado. Es más: ahora me declaro el más acérrimo opositor de quienes aseguran que en México carecemos de poetas. Desde ayer  sostengo lo contrario. Es más: se necesita estar ciego o, de plano, no salir de casa para defender esta torpe idea. Sobre todo esto último: no salir de casa.

Basta visitar, cualquier sábado del mes, el parque más cercano para constatar que en esta ciudad sí que hay poetas. Ahí, entre quioscos y bancas, columpios y toboganes, podríamos tropezar, como precisamente lo hice yo, con una bonita cantidad de hombres y mujeres inspirados. En serio, no es broma.

Ayer, mientras paseaba con mi esposa por el Parque España, me topé con un encuentro de jóvenes poetas. Yo, que soy un tipo al que toda esta clase de eventos le exasperan, no deseaba quedarme a padecer aquello. Pero mi esposa, pensando que el evento podría ser divertido, insistió en que buscáramos un lugar entre el público. Y yo, que en todo la obedezco, aunque sea a regañadientes, nos busqué un par de sillas. Y mi compañera no se equivocó: el evento no sólo nos pareció entretenido sino absolutamente hilarante.

Al parecer, se trataba de un evento organizado por cierta editorial independiente que, de acuerdo con las palabras inaugurales del presentador, era “una propuesta alternativa y original que buscaba a autores nuevos y desconocidos que, por diferentes razones, habían sido relegados, cuando no marginados, por las mafias literarias” y, por la misma razón, se encontraban “en pie de lucha”. O sea, los convocados tenían tres características: eran excluidos, novatos e inéditos. ¡Vaya promesas literarias!

La dinámica de lectura fue lo primero que me asombró. Los organizadores, que se notaban dispuestos a innovar a costa de lo que fuera, habían dispuesto ¡un ring de lucha libre! para que los autores subieran a defender su obra, a golpes declamativos. Lo segundo que me pasmó fue el caudal de poetas que, al parecer, irriga esta ciudad (¿o eran solamente autores de la colonia?). Eran, lo menos, treinta  personas esperando su turno para subir a combatir ¡enmascarados!

Si mis cálculos no fallan, hubo seis luchas preliminares y otros seis combates estelares, entre poetas, claro. Y, en verdad, los luchadores ─¿o poetas?─ no lo hacían nada mal: se desgañitaban, se lanzaba huracarranas de estrofas, topes suicidas de versos sin esfuerzo y, si el rival era muy duro ─y regularmente lo era─, le aplicaban una retahíla de poemas satíricos hasta rendirlo. Al final de la cáustica pelea, que bien visto no había sido sino una disparatada batalla campal, el gran vencedor recibió una dotación de libros (de la misma editorial, por supuesto), una rosa negra pintada con spay y, lo mejor de todo, el aplauso de un público que no paraba de reír ante aquella zarzuela. Un buen show sabatino, la verdad.

Ahora bien, aparte del espectáculo risible que aquellos poetas ─¿o luchadores?─ nos ofrecieron, lo cierto es que no había nada más que esperar de ellos. Al escucharlos, ya no digamos al leerlos ─porque otra de sus particularidades, según nos informó el organizador, es que estos poetas rara vez escribían─, no pude evitar preguntarme: ¿estos muchachos gritones conocerán algo ─lo mínimo─ de métrica? ¿Entenderán lo básico sobre cadencia? ¿Lograrán calibrar? ¿Afinar? En suma: ¿estos escandalosos luchadores sabrán escribir? Yo, francamente, lo dudo. Más allá de los alaridos y las ironías que sí supieron acomodarse, estos jóvenes aspirantes ─¿a poetas o luchadores?─ temo que jamás logarán acoplar un enunciado coherente. Pero, la verdad sea dicha, ni les hace falta. ¿Para qué? ¿Qué importancia podría tener hacer concordar media frase arriba de un ring? Estos poetas ─o amantes del pancracio─ gozan de algo que, a los ojos de las mayorías, vale más que cualquier tesoro universal: inspiración y brutalidad. Y no la tienen poca, sino mucha, y en vigorosas cantidades. ¡Hay que verlos leer! ¡Qué digo leer! ¡Actuar! Lloran, hipan, ruedan por el suelo: increpan al público desde la tercera cuerda. Se suben a un ring enmascarados de rudos luchadores y, mientras recitan, se golpean el pecho con la fuerza y la virilidad de un gorila. Uno se emociona sinceramente al verlos combatir.

¿Y quién podría ser tan impasible como para no conmoverse ante una embrionaria emocionalidad o un arrebato poético huérfano de todo medio de expresión? Se necesitaría tener circulando hierro en las venas para no declararse, por decir lo menos, estremecido ante estos valerosos inspirados que, ante el estoico vendedor de crepas y el impávido comerciante de burbujas de jabón, consiguen el valor suficiente para recitar su obra. A mí, cuando menos, sí me turban. ¿O ustedes no se emocionarían ante estos jóvenes poetas ─que no atinando a dar forma emotiva a ese conato de inquietudes que les revuelve las entrañas─ gritan al unísono con el escandaloso globero sus poemas? Infelizmente, si algún día estos muchachos, a quienes parece importarles más el espectáculo de los gritos y los garrotazos, deciden abocarse seriamente a la literatura, habrá algo que jamás lograrán hacer: poesía.