Cuando reflexiono acerca de la palabra no la considero como una potencia infinita, poderosa y vivaz. Todo lo contrario, es impotenciante ante la indómita necesidad de lo que ella misma intenta manifestar. Su poder se representa cuando logra alumbrar con mucho esfuerzo lo  que  es difícil de alumbrar, por ejemplo las explicaciones o razones de los sentimientos.

Nietzsche decía que no se puede separar “el rayo del destello”.  En otras palabras,  no podemos separar el fenómeno de su explicación y de cómo lo nombramos. La palabra hace parte del fenómeno mismo.

La palabra es un arma por excelencia. En los regímenes totalitarios, ha sido ella la principal gestora de denuncia, iconoclastia  e insurrección.

También es cierto que occidente vierte en ella su conocimiento, sus descubrimientos y que una vez allí, podemos acudir a ellos como el gran legado que la humanidad se deja a sí misma sin importar las devenires del tiempo y las épocas. Pese a que hoy en día podemos almacenar información en formatos electrónicos que  nadan en la palma de nuestra mano, lo cierto es que por más codificaciones que hayan en estos y su simbología matriz no sea entendible por gran parte de nosotros, la simbología común sigue siendo la palabra.

Palabra, palabras, palabras…ríos de tinta corriendo por tus venas

 ¡Tenemos más necesidad de ti que tú de nosotros!

¿Qué podría decirte?

 Yo, diletante anarca que te aborrece por no encontrarme en ti

Yo, diletante que te aborrece por encontrarte en mí

 

Dejando el marasmo romántico en el que me suelo sumergir cuando escribo en medio de la frustración por no encontrar las palabras para comunicar el pensamiento, hay que decir que es necesario dar cuenta precisamente que ni nuestro ser romántico puede escapar de los barrotes de letras con los que parece construirse en ocasiones la cárcel de nuestras emociones.

¿Es amor? ¿Qué es el amor? ¡Amistad! Soy la que ama; soy la mujer a la que se ama….pero aun así, no puedo reducirme a ninguno de estos significantes, adjetivos o preguntas.

Lo que intento señalar es que hasta las consideraciones más básicas de nuestras emociones, parecen tener que pasar por el filtro identitario de las palabras; es decir, que sólo podemos decir que estamos enamorados no por el hecho de sentirnos enamorados, sino por  la acción de decir “estoy enamorado”. Hoy en día, el más enamorado parece un sofista que a fuerza de decir y repetir que esta de noche cuando el sol alumbra, puede terminar convenciendo a un auditorio de que, en efecto, se puede estar de noche en pleno medio día.

Repetir y repetir ¿En esto se convierte la comunicación de las emociones?