Pasados los primeros estertores del movimiento de 1968, Marcelino Perelló intentó forjarse una carrera de intelectual combativo. Al matemático egresado de la Universidad de Bucarest, por un lado, le tentaba la discusión política y, por otro, lo seducía la soflama literaria. Apropiándose de cierto barroquismo expresivo, comenzó a escribir artículos beligerantes que, por lo regular, terminaban en afrentas líricas que los agraviados poco comprendían.

El ex militante del Partido Comunista Mexicano jamás logró sacudirse el estigma de su viejo liderazgo y, cuando su fama se eclipsó, tuvo que refugiarse en el diarismo y conformarse con una plaza de catedrático en la UNAM. Hijo del guerrillero catalán, Marcel·lí Perello i Domingo, opositor al régimen de Miguel Primo de Rivera, el profesor de la Facultad de Ciencias se jactaba bobamente de ser un hombre culto y de provenir de una rancia estirpe catalana.

En efecto, Perelló conocía muy bien el tema de España y, esgrimiendo una mordacidad de viejo cascarrabias desde su tribuna periodística, supo arengar y hechizar a varias generaciones de jóvenes socialistoides. Tenía mucho de onagro y, al mismo tiempo, algo de sabio resentido que citaba de memoria a Séneca y a Josep Pla, sus autores favoritos. Como invertía varias horas escogiendo los títulos y las palabras aspaventosas que acompañaban sus artículos, los editores le huían y, muchas veces, se negaban incluso a tomarle la llamada. En las páginas de Excélsior ejerció una crítica política y filosófica, más dedicada a escandalizar a los profesionales que a motivar la reflexión. No obstante, detrás de sus textos chapurreados, se atisbaba un fárrago sombrío e inconexo lleno de clavitos oxidados.

Y es que, más preocupado por abrillantar un estilo, Perelló despreciaba el detalle, la entraña. Quería que todos sus párrafos fuesen redondos y, a fuerza de tozudez, terminaba, efectivamente, conformando textos que se movían elípticamente alrededor de una misma idea, generalmente trillada. La fórmula de Gabriele D’Annunzio ─“o renovarse o morir”─ no significaba nada para Perelló, quien jamás intentó remozar su estilo y terminó conformándose con ser un elocuente repetidor de los más rancios lugares comunes.

Cuando algún desmitificador decidió arruinar su falso apostolado ─Luis González de Alba le echó en cara que el 2 de octubre se hubiera escondido en un departamento al sur de la Ciudad de México─, Perelló no tuvo más remedio que apegarse a la monserga pseudocientífica y, como nombre de guerra, pidió que se le colocara el apelativo de matemático. En todo momento, el tipo se sintió poseedor de la verdad portentosa. Pero, más allá de unas ideas repetidas y un estilo henchido de exuberancias, no consiguió ofrecerles a sus lectores ningún axioma trascendental. Por el contrario: sus propios alumnos denunciaron que, cuando se encontraba frente al grupo, el profesor divagaba, enseñaba poco y, a la hora de las evaluaciones, no dudaron en calificarlo con un promedio general de 4.9.

Alcanzado por las garras de la vejez, Perelló omitió por completo el aseo personal. El viejo orador, cargado de hombros, avanzaba penosamente y, con su voz aguardentosa, se expresaba con un enorme desdén por la mayoría de las cosas con el aire cabizbajo y descuidado de un trotacalles. Marcelino enfermaba constantemente y, según su secretario personal, en los últimos días se le veía deprimido.

Fuera de su machacona relatoría sobre “los verdaderos sucesos del 68”, las ideas de Perelló padecían de una falta de disciplina y carecían del menor atractivo estético. Sus historias, construidas con las migajas que pepenaba de la información diaria, eran repetitivas y tendían a agotarse poco a poco. Como a muchos líderes malogrados que carecían de la gracia de la sensatez, Perelló se dejó tentar por el demonio de la profecía. Pero, lamentablemente, tampoco destacó como agorero. La mayoría de las predicciones que vaticinó se desmoronaron al día siguiente de su anuncio.

El último año de su vida, Perelló sufrió ─y con razón─ el desprecio y escarnio del gran público feminista y pro-feminista. En abril pasado, algún radioescucha insomne  se topó de frente con la misoginia que, tozuda y campechanamente, Marcelino había estado ejercitando en “Sentido Contrario”, un  programa radiofónico bobalicón y de bajo rating que el viejo profesor conducía en Radio UNAM. Sus estólidas palabras fueron grabadas y compartidas en las redes sociales. La frase que liquidó la poca reputación que le quedaba fue “si no hay verga, no hay violación”, que expresó refiriéndose a una joven que había sido víctima de una violación. Curiosamente, no era la primera vez que Perelló había sido ofensivo. Desde la primera emisión de Sentido Contrario ─que, por primera vez, salió al aire en 2001─ Marcelino había insultado al público: “No se vale, pinches radioescuchas, que para contestar la trivia se metan a Internet”. Pero eso no fue lo que encendió las alarmas. La discriminación y la cosificación sexual de la mujer, que Marcelino profesaba en público y en privado, serían en realidad su verdadera mortaja. En una polémica con Luis de Alba, publicada en Letras Libres el 30 de septiembre de 2003, Perelló descartó y redujo a una caricatura el papel de las mujeres en el movimiento estudiantil del 68: “Las falditas tableadas a lo mejor también estaban ahí, pero no fueron ellas las que dieron el tono y el color del movimiento”.

Resentido ante los viejos amigos que lo defenestraban y enfadado con un público que lo repudiaba, Perelló se volvió cada vez más incendiario y, como pudo, se defendió echando mano de la más negra necrología retórica. Pese a todo, dejó un puñado de admiradores que, pasando por alto sus insultos y su desfachatez, celebraron su insolencia, como Pascal Beltrán que lo consideró un “hombre genialmente irreverente” o Jorge Castañeda, quien se refirió a Perelló como “icono de la irreverencia”.

Más allá de los encomios cerriles o las insolencias, Marcelino Perelló fue un individuo infantil, demasiado envuelto en el sueño de sí mismo, que pasó sus últimos días luchando estridentemente contra su propia testarudez, incongruente con sus propias afirmaciones beodas y quejándose de la mujer.