Hace muchos años estuve en la Patagonia. Fue una estancia breve que formaba parte de un recorrido más largo por Perú, Chile y Argentina. Era yo muy joven e iba armando los planes sobre la marcha, lo que también equivale a decir que llegué a la Patagonia no por destino sino por azar. Me acuerdo del monótono trayecto por la infinita estepa patagónica en donde la única presencia viviente en kilómetros era la de los ocasionales guanacos o ñandús. Me acuerdo, vagamente y como entre brumas, de un paso crepuscular por Bariloche y por Comodoro Rivadavia, y de la llegada, una mañana gris, a Punta Arenas. Me acuerdo de la plaza de armas, del museo Magallanes, de la línea de mar en el horizonte y de la vaga sensación de irrealidad ante la lejana mancha marrón que, me dijeron, era Tierra del Fuego. El fin del mundo. De allá me traje un par de reproducciones de ciertas fotografías muy conocidas, tomadas, creo, por el Padre de Agostini: en ellas aparece un grupo de indios onas formados en doble fila como en esos momentos de fin de año en la escuela primaria; los onas van desnudos, con los cuerpos cubiertos de pintura ritual y miran hacia el espectador con expresión seria, quizá con un dejo de tristeza, como si, en ominosa premonición, estuvieran perfectamente conscientes de su pronta extinción.

 

Tras el retorno a casa dichas fotografías colgaron por mucho tiempo en los muros de mi casa, aunque poco volví a pensar en la Patagonia hasta el día en que cayó en mis manos el que probablemente sea el libro más conocido de Bruce Chatwin, ése que lleva precisamente por título In Patagonia. Ya después supe que Chatwin había sido un viajero aguerrido, uno de esos hombres que pese a haber nacido en más o menos buena cuna se lanzó al mundo abandonando un trabajo estable y las comodidades de una vida sedentaria movido por el ansia de aventuras (él la llamaba “the trouble of the wanderer”), una especie de Rimbaud inglés, melancólico y atractivo que terminó en cierta forma pagando el precio de su intrepidez. Chatwin viajó por Sudamérica, Grecia, Afganistán, África, y murió de sida en enero de 1989, a los apenas cuarenta y ocho años de edad. Como legado dejó una serie de libros de diversos géneros (Utz, La colina negra, El virrey de Ouidah, Los trazos de la canción), algunos de ellos inclasificables y sumamente originales, mezcolanza de ficción, filosofía, antropología y bitácora de viaje, producto de una imaginación deslumbrante que necesitaba del aire libre y de las aventuras para florecer.

 

In Patagonia vio la luz en 1977, y aunque se le considera un libro de viajes no lo es en sentido estricto: Chatwin mismo afirmaría que aunque pretendía dar cuenta de un viaje real lo que intentaba era sobre todo describir un viaje simbólico, casi fantástico, similar al de algunos de los libros que él había leído en su niñez. El texto esboza el periplo del autor en tierras magallánicas un par de años atrás, y aunque Chatwin diría que no le interesaba el viajero sino las cosas que éste veía lo cierto es que, como sucede con muchos libros, In Patagonia termina hablando más de su autor que del sitio que éste pretende describir: está plagado de reflexiones personales, de anécdotas probablemente apócrifas, de personajes a los que Chatwin atribuye sus propios gustos literarios. No por ello el contenido es menos verosímil, sobre todo si se piensa que lo que Chatwin pretendía no era describir con exactitud un espacio geográfico sino integrar un universo narrativo propio: dar vida a cierta Patagonia personal que prefigura aquí la quintaescencia del exilio.  

 

 

Ahora bien, la razón o el pretexto del viaje no habrían sido los libros en sí, sino una reliquia arqueológica: un trozo de piel conservado en una vitrina en casa de su abuela, quien lo había recibido como regalo de bodas por parte de su hermano, Charles Milward, El Marinero, otro aventurero irredimible cuyo barco había naufragado años atrás en el Estrecho de Magallanes. Ese trozo de piel inflamó la imaginación de aquel niño ya de por sí dado a las ensoñaciones y a la fantasía; era, nos dice Chatwin, “un trozo pequeño, pero grueso y correoso, con mechones de pelo áspero y rojizo (…) sujeto a una tarjeta mediante un alfiler herrumbroso.” Aunque su abuela le había asegurado que se trataba de la piel de un brontosaurio a Chatwin no le llevó mucho tiempo enterarse que en realidad aquello había pertenecido a un milodonte, un mamífero prehistórico propio de las tierras patagónicas cuyos restos habían sido encontrados por el tío Charles en una cueva del seno de Última Esperanza. “Nunca quise nada tanto como ese pedazo de piel”, diría Chatwin un día, y difícilmente puede uno imaginar una frase de intención más contundente, casi infantil en su perentoriedad. En el breve ensayo que Sebald dedica a Chatwin en Campo Santo éste menciona el discreto horror que el incidente le provoca: la piel, como la piel de zapa de Balzac, un fetiche a fin de cuentas, capaz de cumplir los deseos de quien la posee al tiempo que se encoge y arruina con cada petición cumplida.

 

In Patagonia es el singular resultado de esa obsesión, tanto así que en un primer momento Chatwin pensó titularlo “A piece of Brontosaurus.” Gran parte del encanto del libro proviene de la enorme capacidad narrativa de Chatwin, así como de la forma en que éste logra intercalar exitosamente lo estrambótico con lo cotidiano, suerte de empresario de lo exótico que mantiene, no obstante, los pies puestos en la tierra. Chatwin, por cierto, no se consideraba a sí mismo un escritor de viajes sino precisamente eso: un contador de historias insólitas. A medida que se adentra en el mundo de las estancias lo vemos seguirle la pista a leyendas variopintas siempre topándose a su paso con otras, como si al caminar desenterrara capas y capas de anécdotas, sustratos de personajes todos ellos singulares, desde los galeses que entonan himnos de John Welsey hasta los adeptos persas de la fe Bahá´í, pasando por castellanos monárquicos, kelpers de las tierras altas escocesas, bóeres de ariscos modales y rusos nostálgicos de la Revolución de 1905. Entre todos ellos refulge, como la joya de la corona, el aventurero Charles Milward, su pariente.  

 

Entre mis pasajes favoritos se cuenta el del encuentro de Chatwin con el padre Manuel Palacios, un salesiano indígena de saberes librescos que le informa, con la mayor naturalidad del mundo, que el hombre fue creado en la Patagonia, y que en esas tierras de dinosaurios y aparecidos también existen los unicornios: él puede asegurarlo porque ha visto sus esqueletos, y porque ciertas pinturas rupestres de la región testimonian de su presencia ancestral. No sé si me gusta o me aterra la ingenuidad de Chatwin, su disposición para creer en todo, para ir en pos de todas las historias: el milodonte, el unicornio, el tío Charley, la Ciudad Dorada, casi como un niño que viviera de pronto dentro de un cuento de hadas, capaz de ir al fin del mundo no en pos de una tierra concreta sino de un sueño, de una alucinación por la que desfilan los fantasmas de Darwin, Hudson, Antoine de Tounens, Fitz Roy, Butch Cassidy, el Sundance Kid, John Davis y, por supuesto, Magallanes. En mi opinión, el genio de Chatwin es especialmente patente justamente cuando diserta acerca de dichas figuras, como si de alguna manera a través de la escritura lograra abolir el tiempo e integrar ese pasado en el presente, ya sea al discutir el origen de la palabra patagón, la nomenclatura de las especies de dinosaurios o el descubrimiento de Tierra del Fuego, “la tierra de Satanás, donde las llamas titilan como luciérnagas en una noche estival y donde, en los círculos cada vez más estrechos del Infierno, el hielo aprisiona las almas de los traidores como si fueran pajas cautivas dentro de una masa de vidrio.”

 

Al final de la epopeya Chatwin es recompensado por sus esfuerzos al obtener, de la misma cueva que un día pisara su tío, su propio trozo de piel de milodonte: “Y entonces, vi asomar de un ramo unas hebras de aquel pelo áspero y rojizo que conocía tan bien. Las desprendí cuidadosamente, las deslicé en un sobre y me senté, inmensamente satisfecho. Había logrado el objetivo de aquel ridículo viaje.” Luego, nos dice, oyó voces que clamaban: “María, María”, y creyó haber enloquecido. No tarda en descubrir, para su gran alivio, que se trata tan sólo de un grupo de monjas que ha salido de excursión. La madre superiora le pregunta entonces si no tiene miedo, tan solo allí dentro. Chatwin, es interesante, elude la respuesta, o no nos la quiere decir. Claro, es muy probable que miedo no tuviera. El persa Alí, adepto de la fe Bahá´í en el Instituto de Trevelin que Chatwin visitara, le había preguntado poco antes si creía en dios, a lo que éste respondió que su dios era el dios de los caminantes. Y agregó: “Si caminas mucho, es probable que no necesites otro.” Tal vez Chatwin, en efecto, nunca necesitó nada más que el camino y la íntima, muy personal convicción, de no estar nunca sólo en él.