Él se llama igual que yo, Pedro. Eso lo sé porque cuando gritan el nombre que está escrito en mi etiqueta él voltea siempre. Viste a diario un overol color naranja con manchas negras de suciedad pues se encarga de la limpieza de la estación del metro Buenavista. Su cabello está grasoso y bien peinado. Tiene una chata narizota en forma de bola, posee una gran mandíbula, grandes ojos y pequeñas orejas. En su cara se dibuja una ligera barba mal recortada. Es feo y gordo.

En lo que respecta a mí, uso un traje de piel de tigre sin mangas ni pantalón, es por eso que también tengo manchas negras en mi ropa. Además, una corbata azul. Pedro es casi idéntico a mí. Él siempre me tiene abrazado. Sólo cuando está trabajando me esconde dentro del overol, donde quepo muy bien pues apenas mido treinta centímetros.

Al terminar su turno laboral me sacó de su vestimenta y me abrazó. Me acercó a su cara y frotó la mía contra su lijosa piel. Suavidad y aspereza. Peluche y carne. A mí me gusta que haga eso pues aprecio el cariño que me brinda. Me alegra que se sienta acompañado por mí y que él se vea feliz.

Dejó su grisácea jerga y su descolorida cubeta en una enmohecida caverna camuflada por una puerta del color de la pared del andén. De ahí mismo, sin que nadie se diera cuenta, hurtó un periódico para utilizarlo cuando fuera a hacer del baño. Gráfico se leía hasta arriba, y abajo, con letras negras, decía: Gobernador del Edomex visita Ecatepec. Siempre que se roba algún periódico aprovecho para darle un vistazo a lo que alcanzo a ver para distraerme un poco, aunque el periódico tenga manchas cafés después de que él lo haya usado.

Bajamos las escaleras para pasarnos del lado de donde parten los trenes hacia Ciudad Azteca. Nos subimos en un vagón.

-Ya nos vamos a casa —me dijo con su voz tropezada, torpe y gangosa.

De su bolsa sacó una botellita con un líquido amarillento y denso. Mojó con esa mezcla, un pedazo de estopa usada. Me sujetaba con la mano izquierda. Con la derecha sostuvo, por largo rato, junto a su nariz, la bola de hilachas que colgaban hacia todos lados. Ese constante olor ácido y picante siempre me marea un poco, pero ya estoy acostumbrado a sentirme así porque diario hace lo mismo.

Nos subimos al vagón. Las personas que subieron después, se alejaron de nosotros, nos vieron con gestos de repugnancia y algunos, se llevaron las manos a la nariz. Otros, al mirarnos, prefirieron no subirse y esperar en el andén. La gente que viaja al lado nuestro evita vernos y cuando por equivocación lo hacen, enseguida voltean hacia otro lado. Nosotros les provocamos a la gente común asco y repugnancia sólo porque nuestro olor es fétido y nuestra apariencia es desagradable, pero no es porque queramos permanecer así, es por el efecto del líquido amarillento y denso de la botellita y porque no hay dónde asearnos. Nos ven como si fuéramos delincuentes, asaltantes, secuestradores, asesinos o diputados.

Conforme pasan las estaciones, cada vez más gente se quiere subir. Guerrero, así como bajan, suben. Garibaldi, suben varios, bajan pocos. Tepito, bajan varios, suben pocos. San Lázaro, donde más se llena. Oceanía, donde se sigue llenando. Nezahualcóyotl, donde bajan muchos. Nosotros descendemos en la estación Río de los Remedios.

Caminamos sobre las vías que transitan a un costado de la infraestructura del metro hasta llegar a una abandonada, pequeña y oxidada caseta de láminas de aluminio que nos sirve como hogar. La cama donde dormimos es una tabla de madera forrada, para suavizar la superficie, con ropa sucia y vieja que hemos encontrado en la calle y recolectado por varios meses. Él se acostó primero y después me acomodó a su lado. Ambos nos hicimos los fuertes para intentar no sentir frío y nos cubrimos con más ropa usada y sucia.

-Intenta no sentir frío, Pedro —dijo, y en lugar de usar él nuestra única chamarra, me cubrió con ella.

Mientras conversaba con la luna y conmigo, la noche se hizo más oscura, el frío aumentó y el silencio engrandeció. No pasó mucho tiempo cuando su voz se desvaneció en medio del ambiente de sombras. Permanecí quieto en espera de un día idéntico al de hoy. Yo no tengo ninguna necesidad de dormir pues ni siquiera puedo cerrar los ojos.

Habían pasado alrededor de dos horas desde que mi amigo se quedó dormido. Cada cierto tiempo acomodaba su cuerpo en diferente posición. Me di cuenta que una luz entraba difusa por la rendija y los hoyos de la puerta de lámina. Distinguí dos voces que no alcancé a entender qué decían.

Pedro se percató de las presencias que invadían nuestro pestilente ambiente. Despertó e intentó aclarar su vista por medio de curiosos gestos, cuando dos hombres abrieron con recato la puerta de nuestra casa y una luz nocturna iluminó el lugar. Su cara se mostró alumbrada por un fuerte destello que salía desde la lámpara de mano de uno de los intrusos. Las paredes y el suelo de la caseta fueron examinadas por otra lámpara; lo único que encontró fue ropa sucia, restos de comida, cucarachas y varias ratas muertas.

Observé que vestían de color azul marino, calzaban botas negras, llevaban una gorra con un escudo bordado, un chaleco antibalas y a un costado de la cintura una pistola. Cerraron la puerta.

-Vas, te toca cogértelo —le dijo uno al otro.

El cuerpo de mi amigo se alertó. Su intento de incorporación se vio impedido cuando uno de los dos policías le acertó una patada que lo volvió a dejar sentado. Procuró, con cierto miedo, retroceder, pero su espalda sólo logró encontrar la pared de fría lámina. Observé en su cara una expresión de terror al mirar las sombras de los monstruos uniformados. Yo seguí recostado, pero por todo el movimiento que había me encontré pronto fuera de mi lugar.

-Levántate, cabrón, si no te suelto un plomazo —amenazó un policía.

Pedro, abstraído, se puso de pie lentamente. Al dar un par de pasos cautelosos, después de ser obligado con amenazas a caminar hacia enfrente, me pisó. Notó que seguía ahí. Trató, mientras siguió dando diminutos pasos, cubrirme con la ropa, sin que se dieran cuenta los intrusos, intentando ocultarme. Sin embargo, mi cuerpo estaba escondido pero mi cabeza se seguía asomando, por lo que pude ver todo lo que sucedió después.

Fue colmado de golpes en el cuerpo y en la cara. Percibí que lo habían dejado bastante desorientado. El primer intruso sujetó los brazos de mi amigo y lo obligó a doblar su cuerpo. El segundo le arrancó el overol color naranja. Con fruición, se lo bajó hasta los pies. Éste se quitó los pantalones y el calzón. Pedro me volteó a ver y enseguida cerró los ojos. Escuché quejas contenidas provenientes de sus cuerdas vocales mientras era embestido con la pelvis del policía y apuñalado con un cuchillo en repetidas ocasiones. Me di cuenta de que apretaba su expresión facial en tanto su cuerpo se encontraba fruncido y recibiendo impactos que lo obligaban a mecerse hacia delante y hacia atrás.

Lo había visto ebrio, drogado, vomitado, con dolores de estómago, lo había escuchado gritar de dolor, pero nunca en tal situación. Me sentí impotente. Sentí la necesidad de moverme. Observé, sin querer hacerlo, al Overol Naranja maltratado y me dieron ganas de arrojar líquido antinatural, intocable e invisible por mis ojos. El silencio fue más fuerte que nunca. Sentí en mi cuerpo una presión como si en él hubiera querido nacer sangre. 

Pedro se arrodilló luego de que el policía reprimió un grito con el cual descargó energía. Fue obligado a levantarse cuando los policías lo tomaron por ambos brazos. Débil y avergonzado, fue arrastrado, con su atuendo mal puesto, a la salida del cuarto.

-Te vas con nosotros porque mi Gober pasa por aquí mañana y no quiere ver desgracias —dijo el que lo violó.

A lo lejos miré una patrulla que llevaba por nombre Policía Estatal. Cabizbajo, escoltado y deslizando los pies sobre el suelo, mi amigo volteó a verme como si se despidiera. Su mirada melancólica contagió la mía porque ambos sabíamos que tal vez no nos volveríamos a ver, que nadie se preocuparía por nosotros y que nadie lo defendería. Yo sé que probablemente él morirá esta misma noche. Una mancha anaranjada desapareció dentro de la patrulla.

Me quedé solo en esta caseta de lámina y eso no importa pues soy un inerte y anticuado muñeco de peluche made in Taiwán. Si por la mañana un perro me lleva consigo después de orinarme, saldré ganando de cualquier manera porque entonces significa que no me pudriré abandonado en la humedad y pestilencia de esta covacha. En cambio, el Overol Naranja, que alguna vez tuvo vida, probablemente terminará en un una bolsa negra llevada por agua pestilente, inmóvil y pasivo como yo.

Aunque no sé mi destino, deseo que si las cosas se dan así, el Overol Naranja y yo, nos encontremos en aquel basurero, aunque sea en la misma condición: sin vida. Por lo mientras quedará en mi memoria su recuerdo y esperaré al perro que me arroje en el río para estar de vuelta con él. Hasta pronto, mi amigo, Pedro Picapiedra.

 


Mauricio Neblina (Nezahualcóyotl, 1993). Estudió Ciencias de la Comunicación. Actualmente es columnista de la página web Capitalino Errante. Ha colaborado en diversas publicaciones como Prólogo, Palabrerías, A Buen Puerto, Operación Marte, Punkroutine, Revés Online y Tierra Adentro.