¡Qué idiota, me traje los lentes viejos!, se quejó papá cuando ya íbamos en la carretera. El día anterior le habían entregado en la óptica sus lentes nuevos, con la graduación actualizada, y comentó a la hora de la cena:

            –No hay remedio: con los años se va uno quedando ciego.

            Pero la fuerza de la costumbre le hizo coger esa tarde de sábado, después de la siesta, los lentes de siempre, y con esos iba conmigo a ver la pelea de Mantequilla contra el estadounidense Adolph Pruitt, que tendría lugar en el Memorial Plaza de Monterrey, la ciudad vecina.

            El aficionado al boxeo no era papá sino yo. Todo empezó un domingo en que mi primo Geri se burló de mí por no haber visto por televisión, la víspera, la pelea de Olivares contra Lionel Rose. Me dio a entender que me había perdido de algo muy importante: un mexicano había conquistado, de manera contundente, el campeonato mundial de los gallos.

            Pero quizá mi interés por el boxeo no empezó con esa pelea que no vi, sino antes, cuando papá compró el primer televisor que tuvimos en casa, un Koblenz a color provisto de antenas de conejo que había que ajustar una y otra vez para conseguir una imagen nítida, y de un regulador de voltaje con pedal.

            A través de ese televisor fuimos testigos de dos acontecimientos de la época, que impactaron al mundo: la llegada del Apolo 11 a la Luna –un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la Humanidad– y la pelea del siglo entre el campeón de peso completo, Joe Frazier, y el controvertido Cassius Clay, preso tres años porque se negó a enlistarse en el ejército para ir a la guerra de Vietnam. En esa pelea, Frazier fue acumulando puntos round tras round. Cuando sonó la campana para el último asalto, el ex convicto se levantó del banquillo dispuesto a noquear a su rival, pero fue recibido con un violento izquierdazo a la mandíbula que lo depositó en la lona. Se levantó para perder por decisión unánime.

            También habíamos visto el enfrentamiento por el campeonato mundial de los welters entre el norteamericano Curtis Cokes y un boxeador de origen cubano, pero nacionalizado mexicano, al que apodaban Mantequilla por la facilidad con que sus golpes entraban en la humanidad de los rivales. Cokes fue ampliamente superado por el antillano, y ya no salió para el decimocuarto asalto. Las diademas mundiales de la WBC y de la WBA habían cambiado de testa.

            Tras las burlas de mi primo por no haber visto la pelea de Olivares, decidí no volverme a perder ninguna pelea importante que transmitieran por televisión.

Una tarde de domingo fui con Geri a ver jugar a los Saraperos. Hacia la tercera entrada, hubo gran revuelo entre los aficionados. Acababa de llegar una personalidad, a quien buscaban todas las miradas.

            –Es Mantequilla –dijo mi primo.

            Vestía pantalón de pana, una camiseta naranja y, sobre la camiseta, un chaleco abierto de color café. Lo acompañaba Joe Conde, su manager. Ambos se sentaron en la sección de sombra, cerca de donde estábamos nosotros.

            ¿Qué hacía Mantequilla en Saltillo? Supongo que pasaba en automóvil por la ciudad, hacia Monterrey o tal vez hacia Laredo, Texas, o hacia McAllen, y se le antojó ver un partido de beis. Como buen cubano, era aficionado a ese deporte.

            Pero los fanáticos no lo dejaban en paz. Fueron varios los que se acercaron a darle palmaditas en la espalda, felicitarlo o pedirle un autógrafo. Y él solo quería ver el partido. Así es que en cierto momento le hizo una seña a Conde y ambos se levantaron para abandonar el parque. Todavía hubo un tipo que quiso llamar la atención del campeón, jalándolo de un brazo. Con un movimiento brusco, Mantequilla se zafó y siguió su camino hacia la salida. No había estado en el parque ni quince minutos.

            –El precio de la fama –dijo Geri con una sonrisa.

Llegamos al Memorial Plaza cuando estaba empezando la función. Nos acomodamos en los asientos que nos correspondían, en la cuarta fila de ringside, y nos pusimos a ver, en una arena casi vacía, los combates preliminares. Papá se quejaba de sus lentes.

            –Veo un poco borroso –dijo.

            La gente fue llegando en grupos, y cuando subieron al ring los boxeadores de la pelea previa a la estelar, el bullicio era ensordecedor. Desde donde estábamos podía ver las nucas, y a veces los perfiles, de los dos comentaristas del canal 2: Toño Andere y Sonny Alarcón. Sábado a sábado narraban las peleas desde la Arena Coliseo de la Ciudad de México, así como también los combates de campeonato mundial que se llevaban a cabo, en ese tiempo, en el Forum de Inglewood, California, o en el Madison Square Garden de Nueva York. Han pasado muchos años, y aún recuerdo sus dichos favoritos:

            –Mal empieza la semana para quien ahorcan en lunes –razonaba Toño Andere cuando uno de los boxeadores era enviado a la lona en el primer round.

            Y cuando el peleador que iba perdiendo se esforzaba por meter sus golpes, decía reflexivo:

            –El que hace lo que puede, hace más de lo que debe.

            Por su parte, Sonny Alarcón repetía al principio de cada función semanal:

            –Sabadito lindo, sábado de box: ¡un sábado sin box nada más no sabe a sábado!

            Era la primera vez que yo estaba en una arena de boxeo, gracias a papá, que había querido complacerme, y me sorprendía oír los golpes que se daban los contendientes, sólidos. No se escuchaban así en la transmisión televisiva. Esto no es un mero teatro, pensé.

            Llega al fin la pelea estelar. Sube al cuadrilátero el retador, Adolph Pruitt, de piel oscura, chocolatosa. En seguida, acompañado del clamor popular, José Ángel Mantequilla Nápoles, de piel menos oscura que la de su rival. Un mariachi interpreta el Son de la Negra.

            Retrepándome en mi asiento, recuerdo que Mantequilla ha dicho en una entrevista que él es más mexicano que las enchiladas.

            Después de la ceremonia inaugural, un muy joven y espigado réferi, hijo del célebre Enrique Meyrán, llama a ambos boxeadores al centro del ring. Ha sonado la campana para dar inicio al primer round de una pelea pactada a quince. Mantequilla luce calzón blanco con cinturón y franjas negras, mientras que su rival viste pantaloncillo color obispo, lila, con cinturón y franjas amarillas, como pueden apreciar, desde sus hogares, quienes cuentan con pantalla a color.

            –Todo el mundo conviene en que esta noche Mantequilla está frente a uno de sus contrincantes más duros de los últimos tiempos. Unas breves escaramuzas… Conectó Adolph Pruitt un gancho de izquierda abajo, más bien marcando que incrustando el golpe.

            Pruitt intercambia golpes con el campeón, valiéndose del wavering.

            –Uno de los movimientos característicos de aquel famoso Jack Dempsey, movimiento como de oleaje, yendo hacia adelante, quebrándose por la cintura y ondeando el cuerpo. El retador viene con evidentes deseos de llevarse el título, y si quiere la corona tiene que ir por ella como lo ha venido haciendo hasta ahora.

            Si las peleas preliminares las narraba Sonny Alarcón, el honor de la estelar le correspondía siempre al experimentado Toño Andere, verdadera Biblia del boxeo.

            –¡Fuerte entró con la izquierda el campeón, y hubo también un remate con la derecha! ¡Escuche usted con qué entusiasmo, con qué euforia, con qué optimismo le responde el público a Mantequilla Nápoles, un hombre arraigadísimo en México, nacionalizado mexicano, aunque él nació en Santiago de Cuba!… Fuerte derechazo de Mantequilla en los momentos en que está por sonar la campana: puso mal a Adolph Pruitt.

            A la distancia de tantos años, al ver otra vez la pelea en YouTube, no estoy muy seguro de que el norteamericano haya hecho bien en buscar la pelea franca desde el principio ante uno de los mejores boxeadores de ese tiempo; para muchos, el mejor del mundo libra por libra. Pronto, Mantequilla empezó a imponer su ley.

            –¡Fuerte izquierda! Hizo el borrachito Adolph Pruitt. Otra vez lo toca con la izquierda Mantequilla Nápoles. A punto de irse a la lona el retador… ¡Otra izquierda! Mantequilla ve la ocasión de terminar la contienda y trata de aprovecharla íntegramente… Tiene reventada la boca el retador. Entró fuerte esa izquierda abajo de Mantequilla, y un bolo punch con el que…

            El destino de la pelea parece ya irreversible. El retador recibe un golpe tras otro de un púgil que tiene la agilidad y fiereza de una pantera.

            –Adolph Pruitt anda haciendo prodigios de equilibrio para mantener la vertical. ¡Mantequilla lanza derechas e izquierdas, dándose gusto! De vez en cuando también suelta las manos Pruitt, como usted acaba de ver, lo que le da al segundo round de la pelea un tinte dramático, sensacional. ¿Cómo es que no ha caído Adolph Pruitt? No lo entendemos… ¡El réferi interviene! ¡Está dando el triunfo a Mantequilla!

            Me vuelvo hacia papá.

            –Se acabó –digo un tanto desilusionado, pues hubiera querido que la pelea durara cuatro o cinco rounds más.

            Papá me mira sorprendido.

            –¿Se acabó? Pero si casi no vi nada. ¡Malditos lentes!

Cuando salimos del estacionamiento techado en el Chevrolet, papá al volante, nos recibió una densa cortina de agua que, aunada a la oscuridad de la noche, hacía muy difícil distinguir lo que estaba a unos metros de distancia. Y fue justo por eso que pasó lo que pasó, por la tormenta y por la noche, y también, claro, porque papá andaba con los lentes viejos y no con los nuevos, se va uno quedando ciego con los años, qué remedio, y porque no quiso pasarme el volante a pesar de que yo ya sabía manejar, tu padre te trajo a ver a Mantequilla y tu padre te lleva de regreso a casa. Fue justo por eso que cuando nos aproximábamos a la carretera a Huesos Viejos, en la bifurcación, la calle de pronto vuelta avenida de dos carriles, el Chevrolet se trepó al camellón como Adolph Pruitt al ring y dio de lleno contra la lengüeta de metal como el gringo contra Mantequilla, y se detuvo con brusquedad, fulminado por un derechazo, y fue justo entonces que nuestro vacilante viaje de retorno concluyó con la misma rapidez y contundencia de la pelea, casi sin que nos diéramos cuenta, hasta ahí llegábamos como hasta ahí llegó Pruitt cuando se interpuso el réferi Meyrán, sí, nos tocaba el mismo destino del rival chocolatoso, el nocaut irremediable, definitivo. ¿Por qué yo sobreviví y papá no? Esa es una pregunta para la que no tengo respuesta.


Armando Alanís (Saltillo, Coahuila, 1956) Radica en la Ciudad de México, donde estudió Comunicación. Hizo un posgrado en Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid. Es autor del volumen de cuentos La mirada de las vacas; del libro de microrrelatos Fosa común; de las novelas Alma sin dueño, La vitrina mágica y Las lágrimas del Centauro, esta última sobre Pancho Villa. En 2015 publicó su segundo volumen de minificciones, Narciso, el masoquista (Cuadrivio) y están en prensa Sirenas urbanas y Cómo nació el desierto y otras historias, también de minificciones. Profesor en la UACM, colabora con su espacio Alfileres en el suplemento Laberinto del diario Milenio. Cuentos y microrrelatos suyos han sido incluidos en varias antologías, y traducidos al francés y al rumano. Es hombre de pocas palabras.