Mi ciudad está sitiada por estremecimientos, 

en los bordes del río bebemos agua de una gotera

que emana la saliva insípida de la duda. 

que emana la saliva insípida de la duda. 

Las muchachas aguardan en las plazas públicas

a que las miren de todas partes, de todas formas,

pero que las miren con los ojos febriles

y les arranquen de a poquito la piel,

de a poquito el suspiro, para besarles el pecho nocturno

de tantos labios como bocanadas de humo,

y que no pendan de un nudo en el cuello

aquí donde nadie las reconoce

            -en su vestido ya renunciaron a la mortalidad-

 

A mi ciudad no le hacen falta falsos profetas,

reptiles de ultratumba con corbata,

          -los fantasmas ni espantan-

asustan más los muertos como flores,

sembrados en todas partes

en fosas sin firma

hecho trizas ahí abajo está mi compañero de clase,

la vecina, el amigo de mi padre.

Al final de esa fosa también estamos nosotros

sin reconocer qué mano corresponde a cuál brazo.

 

A mi ciudad le hacen falta tejados

donde los gatos anden firmes

y sigan componiendo canciones a  

               “la luna que se quiebra”.

La neblina es la fábula de las almas,  

vagan a la media noche,

flotan en la luz de las farolas

que permanecen expectantes

hundidas en el asfalto que se cuartea,

los edificios tienen lepra

de tanto resanar los muros:

pintar para olvidar

que de lunes a  viernes todo es gris

porque la rutina me tiene atiborrada

de subir el mismo cerro

sin correr, gritar, ni empujar la escena.

Los sábados la ciudad se pinta de amarillo

porque se trata del peatón que va al bar o al café

donde se roban el auto de un mesero

            -yo el domingo me deshago de este cuerpo-

y si resucito quiero ser el edificio más alto después de catedral. 

 

A mi ciudad no le hacen falta personajes ilustres

no reconozco qué Comala es este

aunque todo lo que camina y respira aquí

intenta no derrumbarse

 

Mi ciudad tenía un nombre apacible como los brazos de mi abuela,

en algún lugar, tal vez hubo un nombre, que venía desde mi voz,

era una espiral en el aire,  gritaba y corría,

empujaba la suave tarde  que se desgaja en mis manos.  

 


Cristina Bello (Morelia, 1995). Estudia Literatura Intercultural en la ENES Morelia. Ha participado en diversos congresos literarios como creadora. Aparece en las antologías poéticas Corre y se va con… (2013) y Raíces a una voz (2017). Editora del Suplemento Cultural Chirimbolo.