Mudanza

No habían ahogado a los gatos el día que fuiste por mí a la escuela
para entonces, en el 96 nuestra aventura era también descanso
tu felicidad hizo el cambio de domicilio
y nos fuimos contigo
porque tú eras todo
Si dios murió por mí una vez, tú lo hiciste al menos seis veces

El auto olía a vainilla
y por la ventana el cielo arrojaba una luz
sobre los lunares rojos de tu cuello,
ignoramos el destino rotundo
las bestias de carga eran bestias yendo al paraíso

Te pregunté porque los niños ahogaban a los gatos
me dijiste que la gente piensa
que cuando golpeas a un corazón
éste se hace más duro
pero en realidad se rompe.

 

Sin título

Arruinaste

los días de junio,

octubre

y todos mis cumpleaños

qué esperabas.

 

No hay más que este silencio

lo que queda de un grito

que de tan alto

fue ahogado.

 

Hay veces que la memoria me despierta para echarte.

 

Se esconde,

detrás de ese humor tuyo

la forma en la que corriges todo

y acercas la mano para tocarme los dedos,

un desconocido al que temo.

 

En tu falta, cuando estoy sola

destruye las cosas

respetuosa y calladamente,

deberías ver cómo deja nuestra casa.

Y a mí me siembra

ojitos de huracanes

minúsculos y violentos.

Y cuando estás conmigo

lo veo asomarse como una corcova detrás de ti.

 

Hay días en que no puedo mirarte sin pensar que no existes.

 

Y a nuestra casa como un refugio de sombras

que salen a la calle

               vueltas cuerpo.

 

Luis

La orilla donde me acobardo y muerdo el vértigo

tendría que ser tu nombre

este monosílabo con que te llamo

que no te alcanza para decirle a todos lo que eres cuando te presentas

 

Te vi

anónimo

caminar entre rostros refugiados en sus propios nombres,

uno se acostumbra a mirar con los ojos.

Yo fundaba mi esperanza de ti en el paladar.

Saberte

y abrir la hendidura de mis horas muertas

en el viaje amantísimo a la certeza.

 

Y qué voy a hacer.

A dónde iré a recoger mi cuerpo

cuando sepa tu dirección,

La hora exacta en que naciste.

 

II

Mi padre tiene los ojos agotados

como dos cáscaras de uva

que me miraron antes

completas y alegres.

 

-Me hago viejo, confiesa

Y espanto a las moscas del tiempo

con un manotazo:

-Todo lo demás te funciona bien

 

Pero sus ojos orientales y solitarios

apenas conocidos entre ellos

son mi tesoro,

la pureza del recuerdo que no se guarda.

 

Sus ojos,

campiñas arrendadas que prestaron su sol para abastecerse de días,

y traer a gotas

su mismo cuerpo, pero henchido

su misma piel, pero helada.

 

Sus ojos,

grietas de luz

que despertaron una mañana

con miedo a la sombra

para decirnos que el tiempo

                               no es redondo.

 


Katia Rejón Márquez (Ciudad del Carmen, Campeche, 1993). Egresada de la licenciatura en Periodismo. Es maestra de etimologías, literatura e inglés en preparatoria. Periodista cultural en formación. Dirige la revista digital y página web de cultura y arte Memoriasdenomada.com, colabora en el periódico La Vieja Guardia y la revista Tropo a la uña.