-¡Allá va!, una persona buscando una vida mejor

– ¿Qué es eso de una “vida mejor”?

Estimados lectores, hace algún tiempo no tenía la elocuencia de dirigirme a ustedes. Pienso que escribir por elocuencia no es necesario en tiempos de internet donde a diario nos encontramos millares de sandeces escritas por elocuencia. Una elocuencia cargada de anomia social, vital y sobreestimulada por hacer de nuestra persona la más importante que podemos conocer.  Pero todo esto es apariencia, “maya”. La apariencia hace parte de nosotros. ¡Y qué reducidos estamos si solo nos condensamos en aparentar elocuentemente lo que ni acaso conocemos múltiplemente!, es decir a nosotros mismos.

Estoy convencida que la tarea del autoconocimiento es la última de la que nos ocupamos hoy por hoy.  Las personas huyen. ¡Nosotros huimos! y lo hacemos en un torrencial de proyectos en los que comprometemos nuestra persona completa; la endosamos enteramente a un calculado y en todo caso, incierto “llegar a ser”.

Me voy a otorgar el privilegio de escribir de la manera más informal que me sea posible para contarles  a qué me refiero precisamente con ese “llegar a ser”.

Mi sobrino no tiene ni un año de vida. Él me ha enseñado la lección más importante que he recibido en los últimos meses. Cada vez que puedo verlo o visitarlo me sorprende la capacidad que tiene para entregarse completamente a la experiencia de vivir y al descubrimiento que es el conocer. Todos los que pueden compartir tiempo con los infantes, saben que lo anunciado en estas líneas es cierto. La ausencia de la certeza del futuro estimula la concentración de las propias fuerzas, facultades y capacidades en cada instante al que se asiste como lo que es, el acontecimiento.

Para mi sobrino las visitas, la comida, los paseos, el mero hecho de despertar es acontecimiento. Esto procura que cada paso que da, cada lugar que recorre, visita o conoce sea una conquista. Para él la vida no da espera, la vida no está por venir. La vida se le agota en cada momento y la existencia se la consume en esos segundos en los que recorre la vida manifiesta en sus gracias, intereses y poder. Son sus conquistas las maneras en las que aprende a vivir sin esperar el “por vivir”. Mi sobrino es un anarca pues no se enfoca en liberarse de algo, ya que no reconoce ataduras. Sus limitaciones son sus propias incapacidades, las mismas que va superando en cuanto se conoce mejor a sí mismo, y no me refiero aquí a un conocimiento epistemológico de sí (si le dijera esto a mi sobrino me dejaría sola por pensar en tonterías y no jugar con él), me refiero al conocimiento de su propio cuerpo, de su entorno, de las personas que le quieren, y en la confianza y desconfianza que le generan las cosas y los otros.

En concordancia con las enseñanzas de mi sobrino, encuentro que el aprendizaje que perseguimos las personas con formación academicista no puede erigirse de espaldas a nuestros contextos vitales, porque son estos extensión y representación de la manera en la que asumimos la vida conforme a nuestra existencia. No se trata en este escrito de hacer una oda a las formas básicas (pero no menos complejas) de habitar el mundo, como sí de reconocer que estas formas no pueden quedar relegadas por un conocimiento a priori.

El contacto con nuestro cuerpo de cara a las respuestas que ofrece ante la hostilidad de lo social, es lo que necesitamos incorporar al momento de enfrentar las crisis no solo antropológicas, sino sociales, políticas y éticas.

 

¡Cuidado! No caigamos en el señalamiento maniqueísta y culposo de estimar que ese parásito al que llamamos sociedad nada tiene que ver con nosotros, y por el contrario, es el resultado de las desigualdades sociales que promueve el neoliberalismo, el capitalismo, la clase oligárquica, y todos los otros en los que no estamos incluidos nosotros. El origen de la sociedad parásito no son “los otros” somos nosotros mismos y la anomía social en la que estamos embebidos. Al contrario de mi sobrino que cada vez que algo no le agrada, le incomoda o le perturba el desarrollo de sus fuerzas, lo manifiesta con lloriqueos, pataletas, gritos y una convulsión vital que resulta siempre impredecible, a nosotros nos pasa que cada vez que algo no nos agrada, nos incomoda y nos perturba el desarrollo de nuestras fuerzas, no pataleamos, no lloriqueamos, ni tampoco  nos convulsionamos vitalmente (¡Que estupendo es ser adultos, reprimirnos!).

¿Qué hacemos? ¿Qué hace la persona promedio de un territorio como el mío, ante una sociedad corrupta, parasitaria, enferma y sedimentada en tradiciones de servidumbre? ¡Se fuga!

Es muy común que el estudiante universitario de mi territorio, una vez terminados sus  estudios o antes de terminarlos, esté pensando en fugarse; emigrar a un territorio donde su saber o su quehacer tenga más autoridad, sea más visible y vincule un desarrollo mayor del profesional, no solo en términos académicos, sino monetarios ¿y qué? ¡No se puede juzgar a nadie por querer una vida mejor!

No juzgar, los escritos que no se envenenan con elocuencia no juzgan. Lo que quiero decir es que fugarse a otros lugares en aras de buscar una “vida mejor” como proyecto a “por venir”, no procura la conquista de nuestros contextos naturales.

En otro territorio, los contextos siempre nos son ajenos. Son contextos artificiales cargados de la historia de otras mujeres, de otros hombres embebidos en sus propios problemas y las maneras de solucionarlos ¿Qué hubiera sido de un Sócrates sin Grecia, de un Hegel sin Alemania,  de un Mill sin las islas británicas? ¿Qué hubiera sido de un González Prada sin su Perú, de un Borges sin su Argentina, de un García Márquez sin su Colombia? ¿Qué sería de sin mis orígenes? Cualquier otro en cualquier otro lugar, como el extranjero… otro, en otro lugar.

Nuestros territorios no necesitan de más mentes talentosas en fuga. No digo que tengamos que quedarnos arraigados defendiendo nuestras raíces. Por supuesto que visitar otras culturas, otras religiones, otros horizontes, otros mundos…salir del sinsentido de un contexto creado parasitariamente, a distancia de nuestras consideraciones, de lo que somos y nos place ser, también es importante para hallar respuestas vitales ante las crisis sociales. Lo que afirmo es que hay un compromiso con nuestro regreso.

Basta estúpidamente de pasar culpas y señalar responsabilidades para quienes resultan que el actual estado de nuestros territorios está más que bien.

Nuestra generación tiene una responsabilidad social y si nuestros intereses vitales se desarrollan de espalda a la misma, no dejaremos de ser parias, mentes en fuga buscando salvar cobardemente un pellejo extraño en un territorio extraño (¿quién no se ha sentido un extraño para sí mismo fuera de casa, incluso en casa?).

La representación de un contexto social como el colombiano es la apatía, porque los que habitamos o hibernamos allí estamos llenos de apatía, quizá como arma de defensa ante las insondables esferas de la humillación, la pobreza y los vejámenes a los que somos expuestos a diario.

La esperanza -podrida de espera- de fugarnos en el futuro, nubla nuestra capacidad de acción.  Las pataletas, los gritos acallados por la esperanza, implican que renunciemos a nuestras conquistas vitales como acontecimiento. Para mi sobrino su próxima conquista será caminar, en ella se empeña todos los días desde hace dos meses cuando aprendió a gatear y supo que le resultaba práctico pero insuficiente ante sus ganas incansables de conocer, conquistar sus propias fuerzas y llenar el mundo con sus propios pasos. Para mí, mi próxima conquista, sin dejar de caminar, será aprender de lo que he caminado y plantar este conocimiento en el terreno más fuerte y maltrecho que conozco: donde están plantadas mis propias raíces, porque es mí terreno y no quiero que sólo dé cuenta de lo que otros hacen de él, sino también de lo que yo hago por él.

 

Basta de ser mentes en fuga. Basta de dejar nuestros talentos en los anaqueles de la filosofía con apellido alemán; de la ciencia con pasaporte inglés. Basta de huir de nuestros contextos y con ello, de una de las múltiples caras de nosotros mismos.

Yo no sé qué hubiera sido de Sócrates sin Grecia, pero sé que Grecia no hubiera sido la Grecia esplendorosa sin su Sócrates.