Medio penique de olvido

 

No éramos sino una cascada sin contornos

Marchábamos sin rieles y sin rutas

cargados de peces y de ranas.

Iguanas de piedra bebían lo que éramos y lo que éramos era sólo agua

y el agua era la iguana bebiendo de su carne que éramos nosotros.

Sólo recuerdo un pedazo de olvido.

Éramos una cascada cayendo sin tropiezos y sin lujos

Ningún río alimentaba nuestra hambre

Ninguna cavidad remataba las caídas

No había piedra que nos puliera y la cantera no sufría el cincelar de nuestros huesos.

Sólo recuerdo un pedazo de olvido.

Cabellera sin la cabeza y los pies,

longitud sin medida,

un fluir puesto para crecer y desbordarse

como una fiesta en la hora en que no cede.

Entonces éramos la risa del agua sin quebrantos

Un canto que reía de su propio júbilo

y el júbilo era cosa de no celebrarse,

porque era mucho y era vasta su perpetuidad.

Sólo recuerdo medio centavo de olvido.

Sólo me atañen los rublos y los chelines,

sólo me entiendo en quetzales redondos, en porcentajes de lingotes

   (La historia es pobre invención de los pobres para recordar las injurias)

                                                      y mi voz es el humo,

         y mi hogar son las caries,

y me levanto a la hora que haya que levantarse,

     y no recuerdo ni medio penique de olvido.

Éramos antílopes y éramos los toros.

¡De verdad éramos los toros fuera de las plazas!

Vivíamos más allá de los zoológicos

la tierra entera era nuestro abrevadero

y ella era un tazón inmenso

una alberca emparentada sólo con su quietud de silencio

Ya no recuerdo ni medio penique de olvido.

Sin religiones nos enredábamos libres en las enredaderas,

liebres en las laderas,

breves en cualquier latitud.

Sin presas nuestro verdor se imponía a las dunas y a la muerte

Y la vida renegaba de dios porque negaba los desiertos,

inundando sus arenas

atesorando sus poquísimas palmeras.

Entonces la vida inauguró los oasis como antros del demonio entre la nada

(Pero la nada era más que nada nada y lo demás es puro ensalzamiento)

Ya no recuerdo ni medio penique de olvido.

Y las montañas

rudas en su condición bruta de gigantes

nos ofrecían sus sombras sin tapujos.

Y los volcanes

mausoleos de titanes de gelatina y meteora

conocían del vigor de nuestros muslos

Y los riscos

hablantes únicos de la lengua del mercurio

nos hospedaban en sus cuevas de asteroides.

Nos alojábamos más allá de toda calle y dirección

y carecíamos de señas y esquinas para doblar a la izquierda.

         Mas en medio penique de olvido

se prometía el rigor de mis alambres

lubricados con la sangre de los siervos

enlazados con plástico en el pico de las garzas

engarzados con cianuro en la entraña de los mares

con amarres de plutonio en la espina de los peces.

Sólo el interés levanta mi intención y mi decoro

y hago de coro de las hipotecas.

Me entrego al cálculo de deudas

y me entretengo en la supresión de mis dudas.

Y no recuerdo ni media libra de olvido.

 

 

La canción del Ahuehuete

 El ahuehuete renegó de sus raíces

no aguantó la picazón en las narices

exprimió metano de sus riñones

y extirpó moribundos los muñones

se calzó las botas y abandonó su condominio

y mi abuela lo siguió en su fuga rumbo al mar.

¿Adónde vas, sombra de mi tumba, amparo de mis días, guardián centenario de mis sienes?

¿Adónde vas que dejas tu tierra, tu bosque, tu desierto?

¿Adónde vas arrastrando tus pies quebradizos, tu ramaje sedentario?

¿Acaso llevas tarjetas para pagar las casetas, billetes para solventar las hosterías?

El ahuehuete negó con la corteza

y próximo voló por la maleza

¡Ay, con peregrinas ideas en su mala cabeza!

Peregrina como el Halcón Peregrino

Peregrina a Ahuehuetitlan, Ahuehuetzingo, Ahuehuetango

hacia tu tierra, la prometida, peregrinando, peregrinando.

El ahuehuete cambió por aventones sus semillas,

tornó sus pesadillas en deliciosas villas junto al mar

y con historias verdes de hace muchos siglos se aderezó las millas.

Mi abuela lo descubrió llenando una alforja de luz y de luciérnagas

cuando el camión lo estacionó a orillas de un muladar,

donde el vetusto tenor, señor de antiguos señoríos, quedó parco y de pálidas mejillas.

Verde de espanto y café de suyo, no se halló en aquel lugar,

del basurero salió coronado de latas y envases de refresco,

de pañales y vasos de unicel, de cajas de cartón y de sobras de comida,

de papel aluminio y baterías doble A.

Con tinta desteñida del periódico del lustro se lustró las ramas y las hojas

y mi abuela recogió sus despojos plañideros en el pepenar de nuestras gentes.

¿Qué buscas lejos de tu cimiento en el tiempo agreste de las penalidades?

¿Adónde vas sin tantear el tintinear de los tones y lo sones,

ignorante del tono sonoro de las fábricas?

¿Adónde huyes indefenso ante la alcurnia del smog, asedio del caminar suave de las bestias,

asaltante del quieto quedarse de las plantas?

Y por fin, el de las cuatrocientas vetas, acertó a dar declaración:          

“Adonde el humo no calcine mis pulmones,

adonde me alquilen algo más que un camellón

y los chicles no hagan desfile en mi decoración,

adonde la edad de mis edades cause al menos conmoción

y no recaigan en mí los descuidos de la nación.  

Voy, en fin,

adonde no sea un edicto la vida y su prohibición”.

Mi abuela le tomó la palabra y el pulso

y viendo que se hallaba bien y en justo impulso

le limó las heridas y le lijó las porfías

lo adoró al viejo uso y lo atavío con barbado musgo.

Redactó sus demandas y también las exigió

y al final de sus días ella me trajo esta canción

escrita en clorofila extinta con palabras que ya no son

y esta tarde la vine a tirar a la honda boca de su extinción,

donde ambos, carne y celulosa,

reposan en la cavidad que el dióxido les deparó.

 

Manantial de Copal

       En la milésima grieta de la tierra,

blanca como vertebras erosionadas, polvosa como luces del sol disecadas

                                                                                        me entretenía espantándome las moscas.

Y viendo y viviendo la indolente ausencia de los dados

sobre el lodazal congelado de tantas sequías,

donde sólo yo me sabía y donde nadie me anhelaba;                

me decidí por el agua.                          

Nada me detenía sino mi soledad

Nada me lo impedía sino esas sombras surcando los pies de las nubes

espectros levantando eclipses sobre mi cabeza                                  

                                                                         Eran Halcones.

                                                   El manantial susurraba mi desnudez                                              

y eso no era un nado, era un espantar renacuajos

                                                                       un alborotar a sus madres

                                                                                          un agitar sus casas subterráneas.

                     Los Halcones se deslizaban por transparentes vías,

                                         señaladas por un hilo colgado de sierra a sierra.

Me ignoraban y yo que les temía,        

volaban ignorantes de su vuelo y de su libertad,

                                           planeando sin planear, libres de toda destrucción.

   Nada saben del tormento sin tormentas,            

de la estrechez de sus alas en los aeropuertos,

                 de la escaramuza de llantas sobre nuestro campo de falsas luciérnagas;

deshuesadero en el que nos proponemos reinar,

                                                                               cónsules de nuestro silencio de carbón

 

 


Alejandro Salvador Ponce Aguilar. (Ciudad de México, 1990). Estudió Ciencias de la Comunicación en la FCPyS de la UNAM. Obtuvo dos menciones honoríficas en el concurso de Punto de partida, en la edición 44º y en la 45º. Segundo lugar en el 15º concurso universitario de cuento Letras Muertas de la UNAM. Ha colaborado en revistas digitales como Punto en Línea y Tierra Adentro. Actualmente trabaja en el comité ejecutivo de la FIL Minería.