Mi problema con los hombres se debe, de acuerdo con mi psicóloga de cabecera, a que crecí sin ninguna figura varonil cerca de mí. No tuve hermanos y, por otro lado, mamá era una mujer separada. Nunca vivió con mi padre. Ni siquiera era su concubina: era su amante. Él sólo nos visitaba de cuando en cuando. Era un hombre de edad indefinible, lo que quiere decir que parecía un viejo bien conservado. Bajo de estatura, corpulento de complexión, con un aroma a tierra recién labrada, y la expresión sarcástica. Aquel sujeto, de cara ancha y ojos achinados, nariz roma y cabello espeso, un día, sin previo aviso, dejó de aparecer por la casa.

Mi madre era vendedora de Mary Kay y su mayor anhelo era viajar por el mundo y ganarse un Auto Rosa. Era maniaca depresiva, según decía ella misma. Para colmo, cultivaba un secreto alcoholismo. Lo cierto es que no le iba mal con la venta de perfumes y cosméticos. Después de practicar ciertas mañas en el embaucamiento, había logrado cierto rango en la escala de ventas. Era directora sinior, o algo parecido. A mí, además de deleitarme mirando el sonriente rostro de las modelos que posaban en las portadas, me gustaba mucho deslizar mis dedos por las resbaladizas páginas de los catálogos.

Como no tenía tiempo para mí, mi madre engatusó a la abuela para que me cuidara. Se trataba de una mujer rolliza, pechugona y estridente. Como la señora ya estaba vieja y achacosa, me refundió en una escuela de tiempo completo, de donde me sacaban, todos los días, a las seis de la tarde. En general, tengo pocos recuerdos gratos de ese periodo. Fui creciendo, hasta llegar a la adolescencia, inmersa en una atmósfera de carestía y aislamiento. Los primeros acercamientos reales que tuve con los hombres fueron hasta el bachillerato. No me gustaba estudiar, pero consideraba que completar alguna carrera podría ser una vía de escape para alejarme, lo más pronto posible, de aquella estúpida familia. Y así ocurrió, al menos en parte. Apenas pude, me largué de la casa materna y, ya instalada en mi nueva vida, entré en el largo proceso de irme acostando con todos y cada uno de los muchachos, a mi juicio, varoniles y maravillosos que se acercaban a mí. Por otro lado, no me interesaba comprometerme seriamente con nadie. Por ningún motivo deseaba repetir la historia de mi madre. Me cuidaba. Al tener noticias sobre la clase de vida que llevaba, mi madre dijo que la abuela estaba decepcionada. La noticia le había caído como un jarro de agua fría, me contó en una de las raras llamadas telefónicas que solíamos tener. Pero a mí, por cierto, me importó un bledo.

Pese a todo, hoy no me siento contenta. Quitando que vivo en un apartamento cómodo, aunque no es de mi propiedad, y que soy guapa, algunos opinan que decididamente hermosa, a los veinticinco años no tengo suficientes motivos para sentirme feliz. Tengo un trabajo estable, que no requiere de mucho esfuerzo. Soy recepcionista telefónica en un Call center. A veces cubro la ausencia de alguna compañera. Por lo regular, se trata de guardias nocturnas. Aunque, claro, no lo hago gratis: me dan un bono. Quizá otras personas podrían sentirse contentas con eso. Yo no.

Mi apartamento es, hasta cierto punto, acogedor. Desde mi terraza puedo ver el panorama. Aunque no es mi horizonte preferido, no es malo el espectáculo que ofrece. Hay dos tipos de paisaje que, desde niña, siempre tuvieron el poder de estimularme: el bosque y el desierto. Quizá porque, hasta ahora, nunca he podido visitarlos. El caso es que estos dos anversos de la naturaleza ─uno con el mínimo y el otro con el máximo de vegetación─ son idóneos para despertar en mí un estado muy parecido al optimismo. Por otro lado, creo que cuando te gustan cosas opuestas, corres el riesgo de transformarte en un péndulo, vas y vienes cada vez con más regularidad entre una y otra, sin detenerte en ninguna. Quizá por eso, las personas que me conocen me llaman inestable.

Ayer conocí a un tipo en la lavandería. Me abordó sin inhibiciones, tal como me gusta. Tiene el cabello castaño, un poco alborotado. En cuanto a la vestimenta, un pantalón de felpa con camuflaje, y una playera blanca sin mangas, tal vez no eran las prendas ideales para un príncipe azul. No obstante, sus brazos musculosos y su desfachatez me atrajeron. No podía perder la oportunidad. Tenía que comérmelo. Después de conversar un rato, lo invité a mi apartamento. Podría tratarse de un loco o un psicópata. Pero qué diablos, la vida es demasiado breve para andarse con maquinaciones.

La noche fue memorable. El tipo resultó ser, tal como lo esperaba, un gran amante. Practicamos algunas posturas insólitas, creo que varias de ellas hasta absurdas.  Tocado un punto, sus besos en el cuerpo me hicieron llorar. Hacía tiempo que no lloraba, cuando menos frente a alguien. En ese momento lo hice. Él, a manera de consuelo, supongo, me pasó sus dedos gruesos por la cabellera, desenredándomela. No sé por qué le dije que un día abandonaría el Call center, que esa clase de trabajo no era para mí. Volví a llorar, pero con más desgarro. El sujeto sonrió y apoyó su greñuda cabeza sobre mi pecho. Supongo que deseaba confortarme. Pero no fue muy eficaz. Le dije que en mi infancia el abandono de mi madre, algunas noches, había regresado en forma de pesadillas. Con el sentido común inherente a los mentecatos, me dijo: “No hagas del victimismo tu razón de ser”. Y agregó: “Goza lo que Dios te dio y no pienses más en pendejadas”. Así, llano e imbécil, fue su consuelo. Ni siquiera me atreví a refunfuñar. Era una oportunidad mágica para llevar a cabo una venganza contra el mundo, contra la vieja estúpida de Mary Kay, por rechazar amarme y adecuarse a mis fantasías: ¿cómo podía quejarme?

Mientras recuerdo, no sin cierto asco, mi encuentro de anoche con aquel idiota, a través de las persianas, la tarde oscura asoma la nariz. El estrépito es más estridente, menos sordo, en la calle. Los postes de luz han encendido sus lámparas. Pero adentro, en mi habitación, reina una callada consternación.

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