Pareja de contrastes. Ella de piel blanca y con actitud protectora: “póntela, me voy a sentir mal”. Él tez oscura y despreocupado que se mezcla con el nublado del día, insiste para que la chaqueta guinda quede en su friolenta novia, al final ganó. Un grupo tricolor de estudiantes de enfermería que lleva en sus manos pequeñas cajas con una cruz roja que suenan al caminar, desintegran al par. Él se quedó solo con unos anteojos que cubren la mitad de su rostro y con el aire helado que lo embiste.

El camión uniformado de verde y el blanco se llevaron al novio, fue su único abordaje. El segundo colectivo con la ruta Gómez- Lerdo fue el elegido. En su interior caras abatidas, agotadas con sobrepeso en el inferior de sus ojos. Rostros envueltos en luces neón: rojo y morado, recuerdan a un antro de niños fresa, solo que la música es distinta; aquí predominan el acordeón y las historias de abandono: “el Rosal ya no da flores“, dice un canto que asemeja un llanto.

En el plástico azulado que sirve de asiento se refleja el frío del exterior. El clima parece haber congelado el sonido y las voces de los pasajeros al interior de esta maraca de metal, convertida en autobús público. Quizás este mutismo se pierde en el baile involuntario que ocasionan los temblores y parones del camión. De pronto, aparece la tranquilidad, al mismo tiempo aborda una nueva alma que batalla contra el ritmo frenético para alcanzar un lugar.

Un violín se deja ver por la puerta principal. Pertenece a un músico que después de brincar todo el pasillo, suspira cuando toma asiento, como si hubiera llegado  a la meta de un maratón. Molido, fija su mirada al frente, transpirado. A la par, afuera de la sonaja metálica un corredor que parece no tener una gota de sudor en su piel, desaparece en la ventana. Ésta es vigilada por una niña en pijama roja, que por momentos duerme, ya que después de un temblor sus ojos pelones quieren salir corriendo una y otra vez.

“Bajan”  una orden tímida que es expresada con una dulce voz por una chica vestida con jeans.  “Paran”  vuelven a ignorar a la mujer del chongo, quien chista y acompaña su impaciencia con el movimiento furioso de sus pies. Al final el robusto conductor detiene la sonaja, y no por la solicitud de la fémina, sino porque tocó el rojo, suerte creo.

Cambiarse de lugar es una proeza difícil. Pero es aventurarse o tener las nalgas entumidas y doloridas. Al adentrarnos a la ciudad apretada, en sus calles angostas, sube un suéter como de un abuelo, gris. Hoy fue la vestimenta elegida por un muchacho que no rebasa los 20 años. Además del vestuario de antaño, también lleva en sus oídos dos pequeñas conchas, que tal vez, desprenden mejor ritmo que los bostezos del motor.

Última parada, Plaza de Armas de Ciudad Lerdo, campo de juegos para cientos de pájaros que giran encima de las copas de los árboles. Los ocupantes saltan arriesgándose, y es que la matraca aún en movimiento telúrico no le importa que éstos caigan. A quién le importa, si solo son relleno de maracas


Juan Eusebio Valdez Villalobos (Gómez Palacio, Durango, 1989.) Radica actualmente en su ciudad natal, donde se desempeña como psicólogo. Escritor en tiempos libres, participante del taller de crónica urbana por parte del Astillero librería. Sus cuentos, así como crónicas han aparecido en revistas electrónicas: “Proyecto ambulante” y “Bitácora de vuelos“