Esto comenzó aquel día de abril cuando el jefe me entregó un sobre con mi nombre en letras rosadas y grandes. Dentro del sobre estaba el último cheque de pago. Lo abrí y miré la cantidad, asombrado; luego levanté la cara para preguntar que significaba eso y me encontré con unos ojos azules sin repuesta. Aquel hombre, de rostro sombrío y arrugas de hule, en ocasiones siempre que pudo me invitó un café en los descansos. Me ayudó en situaciones de emergencia económica y fue más que un jefe; fue un amigo. No dijo nada, solo dejó caer sobre mi hombro su mano de acero y siguió andando para repartir más cheques. Movía la cabeza como diciendo sí, sí, sí, eso fue todo. Me marché escupiendo maldiciones.

Por la noche a Rocío la notica le causó una fiebre cataléptica que le duró tres días. Los primeros pesos de ese último cheque se fueron en medicamentos. Dos semanas después, cuando los números en la cuenta del banco estaban en negativo, llené la aplicación para el beneficio de desempleo. Tardó dos semanas y media el proceso, y al final de la cuarta me depositaron trecientos pesos, de los cuales el banco me cobró ciento cincuenta por dos cheques sin fondo que debía. Nos habíamos quedado sin energía eléctrica y aboné cien a los cuatrocientos cincuenta que debíamos en pagos atrasados; nos reinstalaron el servicio. Los cincuenta que me sobraron fueron para comprar leña para la calefacción, el frío en mayo aun hacía sufrir a Rocío, y café para que nos ayudara a pensar en como le haríamos hasta el siguiente depósito de otros trecientos pesos.

Era la única cantidad para la que calificaba, me explicaron en las oficinas del empleo; $300 pesos semanales. Una miseria, sin lugar a dudas, pero ese dinerito para algo daba y ese algo nos ayudaba para meter algo al estómago.

Los números en mi cuenta de banco se iban desapareciendo conforme pagaba las cuentas atrasada, unas muy altas, hasta que quedaba en cero. Llegaban los martes y ya no tenía nada, el depósito del desempleo me lo hacían los viernes, eran tres días arañando las paredes por la desesperación. Casi no comíamos en esos tres días.

Todo empezó porque la compañía LORD CONSTRUCTION Corp., encargada de la manutención mecánica de cientos de plantas energéticas en el país, se deshizo de mil trecientos de sus empleados, tan solo en un día, debido a los recortes presupuestales y la caída del valor del petróleo. Y yo fui uno de esos números en los recortes. Me miraba las manos al derecho y al revés, estaban todavía manchadas de grasa, buscaba una respuesta a esa mala suerte. En el paladar se me quedó un sabor metálico que por las mañanas cuando tomaba café aun sentía. Las monedas en mis bolsillos siempre que las cogía salían manchadas y brillosas, mi cuerpo sudó aceite por mucho tiempo. Es lo que siempre le pasa a un obrero, lleva la labor en la sangre, en sus prendas. En las noches yo me despertaba repentinamente sofocado y con un ataque de tos. Tenía frecuentes pesadillas sobre un día que me despedían de un trabajo, y luego en otro, y después en otro. La voz que salía de mis cuerdas vocales en esos sueños no era la voz a la que estaba acostumbrado oír. Era una voz chillona, como de animal, y la lengua me salía de una manera extraña como si sudara por ella y yo me la intentaba jalar pero con garras no podía ni sujetarla.

Siete meses después de ese último día de trabajo, recibí una carta con un citatorio en las oficinas del sindicato.

En la carta mi nombre eran unas letras negras, muy pequeñas, seguidas de un número que me asignaba una posición. El día de la cita, en las afueras de las oficinas había una línea formada únicamente por hombres calculada en por lo menos ochocientas almas. Todos ellos con las mismas características (incluido yo): flacos, ropas desgastadas, barbas descuidadas, cabellos engominados con vaselina, algunos con limón, apretados unos contra otros, sudorosos y el desodorante barato entre otras cosas como el mal aliento flotaban. La mañana era aun oscura, las calles se cubrían de hojas moribundas muy parecidas a nosotros. El viento las empezaba a arrancar de los árboles. Estos que a su vez tomaban esa apariencia de gigantes góticos guardianes de la ciudad medieval. Nos vigilaban, era obvio que entre ellos mismos sentían lastima de esa hilera de humanos pálidos y tétricos. Podridos frente a ellos, hermosos. Me pregunté si los árboles sentirían lástima por nosotros.

Eran las seis, las puertas abrían a las ocho. Nadie de los ahí presentes quería ser el último en entrar. No importaba que tu carta tuviera un número y una asignación, una ventana a donde ir, no, lo que importaba eran las ansias de conseguir un lugar en las ofertas de empleo. Y a eso nadie le gana, ni la burocracia de la organización. Las vicisitudes eran miles, comparadas con los que fuimos citados. La espera fue larga, el frío calaba, el sol salió pero no era suficiente porque ya el otoño soplaba los vientos más infames. Las puertas se abrieron exactamente a las ocho con nueve minutos.

Tenía hambre. Una taza de café había sido muy poco para engañar al estómago, el hambre que me apretaba desde el esófago a las tripas ya no les podía exprimir nada. Cuando abrieron las puertas, todos corrimos a las ventanillas de información. Una estampida de desempleados.

Las mujeres detrás de las vitrinas no se cansaban de gritar ordenes, decían que teníamos que pararnos en otro lado para llenar la solicitud y no bloquear los pasillos de las filas. Todos chocábamos hombro con hombro estrujándonos llenado hojas llenas de preguntas. Siempre había por ahí uno que no sabía leer, había que esperar a que alguien más le ayudara y lograra callarlo, porque desesperado pedía ayuda al primero que veía con cara de buena gente. Dentro del edifico la calefacción era agradable era rico tardarse para llenar los documentos y disfrutar del calorcito, pero eso te detenía y alguien más te ganaba el lugar en la posición de entrevistas. En ese momento de prisa alguien me tocó el hombro. Pensé que era el que no sabía leer. Cuando lo miré a primer instancia me pareció despreciable. Tenía un bigote de corte antiguo teñido con colorante negro y los pómulos le brillaban demasiado. Me saludó, una sonrisa patética. –soy Gerardo González– dijo, las coronillas en sus frontales brillaron, y sin escrúpulos me pidió prestada mi pluma. Con el ceño fruncido le pedí que me esperara un segundo. Pero no se hizo el aludido, sin dejarme concentrar interrumpió otra vez. Ya terminé, dijo detrás de mí, pero mi pluma se quedó sin tinta y me falta anotar mi dirección. Le entregué el bolígrafo, de mala gana. Solo la dirección, es rápido, afirmó. Se tardó dos minutos, para ser exacto. Al entregarme la pluma se marchó dando las gracias sin mírame a los ojos, una actitud típica de las personas en esta ciudad, cosa que me ofende bastante hasta la fecha. En mi pueblo las cosas nunca han sido así, allá para todo lo que uno hace con otra persona, lo tiene que hacer mirándolo a los ojos. Es de poco hombre no mirar a los ojos cuando se escucha o cuando se habla.

Por fin terminé y entregué mi hoja. La señorita de la ventanilla, una rubia de cachetes rojos y acento sureño, me dijo que tenía que regresar en dos horas y buscar en el tablero de la sala de espera el número que me asignarían. El siguiente paso era la entrevista con el delegado de mi zona, él evaluarían mi aplicación. Pero no se puede quedar aquí, advirtió la rubia, antes de que me diera la media vuelta, en las horas de espera no puede permanecer dentro del edifico. Me tuve que salir al frío, como todos los que terminaban de llenar sus aplicaciones.

Afuera seguían congregándose grupos de hombres que no teníamos a donde ir, ni modo de ir a casa, se gastaría dinero en transporte; era elemental permanecer cerca. Unos fumaban, otros solo soportaban el viento. Conversaban. Yo no conocía a nadie y no me apetecía hacer plática con nadie.

Salí a caminar, a pasear al hambre con la esperanza de distraerla y que se olvidara de mí durante ese rato. Tres horas. ¿Qué haría? Sobre la Avenida Jackson encontré un parque en el que me senté a fantasear la posibilidad de una contratación en un nuevo empleo, empero estas en realidad para todos eran muy pocas… Enfrente del parque, del lado norte, está el mercado de Las Santas y me quedé contemplando la marchantería que comenzaba a poner sus puestos y a señoras morenas remojar la acera con agua y barrer con parsimonia y un rostro eterno. Detrás del mercado se asomaba el azul verdoso del río Hanababa, y más allá el muelle de los Carteleros echaba vapor donde centenares de cabezas envueltas en trapos blancos se movían por todos lados como la fila de hormigas. Cuando llegué a esta ciudad llegué a pensar en algún día buscar trabajo en ese muelle, de cargador. Pero es muy difícil entrar en esa industria, está llena de nepotismo y si uno no es portugués, ni la pinta de brasileño ayuda. El olor al pavimento mojado llegó hasta donde estaba sentado, y flotaba un olor a pan recién horneado que se me metió por los pulmones, que cosa más triste, pensar en pan y que el pensamiento se arraigue en los pulmones. Me dio sueño. Y que bueno, así aguanté esa hambre perruna.

Al poco rato una voz familiar me llamó. No sé cuanto tiempo había dormido, o si dormí. Era el tipo del bigote antiguo, el tal González. Se acercaba a mí con su sonrisa de cirquero. Venía fumando y se me antojó pedirle un cigarrillo. Se sentó junto a mí y se puso muy serio cuando hice la petición. Me miró con ojos celosos pero algo dentro de él le recordó el favor del bolígrafo y no tuvo remedio más que reír irónicamente por su propia falta, le costó un cigarro, me lo dio.

Va a llover más tarde, dijo, mientras me daba fuego. La primer calada me raspó como el hambre me raspaba el recuerdo. Eso parece, dije. La bocanada de humo llegó hasta los arbustos de la banca de enfrente. El hombre sacó un diario y me dijo que no me molestaría más, que solo quería sentarse a leer. Me pareció una magnifica declaración de paz, acomodando el cuello de mi americana y fumando tranquilamente me quedé mirando el muelle y el mercado; el mercado y el muelle.

Después de fumarme el cigarrillo hasta el filtro me quedé dormido. Soñé que era un animal, no sé que clase de animal pero era un animal peludo, con trompa y bigotes larguísimos por donde vibraciones me avisaban de los olores y los olores me llevaban al almuerzo. Escarbaba con mis pequeñas patas garrudas en un pantano de lodo, buscaba algo. Las garras sacaban trozos de barro, uno, otro, otro… que arrojaba por encima de mi lomo. Sentía que en el fondo mi tarea era sacar una especie de concha marina que por algún motivo sabía que estaba enterrada en el lodazal. Pero no podía encontrar nada por más que escarbaba con esa velocidad del animal, a tiempo de animal, con paciencia de animal. Garra y escarba y no sale la concha. Las uñas las tenía atascadas de lodo y las limpiaba con la lengua y mis colmillos, volvía a la tarea de rascar más lodo. Me daba por vencido en algún momento cuando sentía sed. Levantaba la vista y veía unas altísimas copas de árbol por donde los rayos del sol apenas entraban, eran árboles selváticos; daban una sombra eterna y un calor húmedo. Yo, animal, de pelaje grueso habitando en ese horno, sentía una enorme necesidad de mojarme el vientre. Dentro del sueño deseaba no ser un animal peludo sino un reptil, animal que desea ser otro animal, uno mucho mejor. Para poder nadar. Después caminaba sobre mis patitas que eran tan cortas que me balanceaban el cuerpo de un lado a otro. Sentía una cola en mi trasero que al moverla de lado a lado me enviaba vibraciones por los tendones de las patas a los músculos de las costillas hasta alcanzar mis orejas y me tenían alerta de todos los ruidos de la selva. Pensé quizá ser un tipo de puerco salvaje, pero no tenía pesuña, eran garras, las patas eran muy cortas para ser de marrano. El oído lo tenía muy agudo y el olfato no era nada mal. Definitivamente un chancho no era. Me sentaba sobre una roca y pensaba, ¿qué animal seré? El hecho de ser un animal peludo viviendo en la selva me daba tiempo de filosofar mi situación. Pensaba también sobre el hecho de estar marcado de por vida en los libros de historia de las estadísticas político-social del desempleo y la desigualdad económica. Un animal desempleado, en la lucha de una animalidad distintiva, entre los estudios de la sociología y la ciencia política denominados: estados cívicos. Estados selváticos. El compromiso era el desempeño de superación animal. Estaba filosóficamente enredado en los últimos minutos de meditación, me los tragué con pensamientos salados y una lengua pastosa que lamía la orilla de un río turbio. Ni para qué narrar la parte de cuando me lamí el ano debido a una comezón insoportable. Pero el sueño dio un giro drástico, me comencé a sentir como un animal enfermo, sin medicamentos, sin remedio alguno más que soportar el proceso de aceleración curativa. Mis deseos se empeñaron en arrastrarme hacia atrás como una larva crustáceo, me alejaba del río, la cola me guiaba y las patas traseras se me habían enredado en algas terrestres, seguía mi lengua lamiendo agua y lodo. Qué sentimiento tan impotente no poder comprometerse a sentir alegría ni aun siendo un animal. Estaba marcado por naturaleza, me empujó un sueño a una guerra entre especie y pensamiento.

Los rayos del sol me despertaron. En primer instancia no recordé mi ubicación y un leve dolor de cabeza (de hambre) me comenzó a torturar. Miré el reloj, el único objeto de valor sobre mí, entonces vi el mercado en el norte, ya era medio día. Gonzáles ya no estaba, solo estaba su periódico tirado debajo de la banca. Debió haberse marchado hace mucho. Perro infeliz, no me despertó. El sol en tope calentaba poco, muy poco, pero corres y así se calentó mi cuerpo, entumido…Corrí, crucé la calle sin mirar y un carro casi me atropella. Sonó una mentada de madre y una disculpa. Ya sabrá el lector el origen de cual. Ya era humano otra vez. Mis piernas tomaron su forma, eran largas, ya no tenía esas garras, había zapatos de suela dura debajo de las plantas de mis pies. Un hilo de sudor me corría por la nuca, me empapaba el cuello de la camisa, ya no tenía ese insoportable pelaje.

Llegué directo a la sala de espera. Estaba llena, todos miraban las pantallas y en una vitrina dorada se guardaban sobre una pizarra de corcho distintas listas de miembros. Ahí estaba la mayoría intrigados buscando sus nombres. Otros ya estaban sentados, esperando a ser llamados. Encontré mi nombre, era el número 783, por apellido paterno, edad, raza, experiencia, estatus social; clase media baja. Enterrado en esa lista que solamente anotó a los del sector Norte del condado era uno entre los casi dos millones de habitantes. Numerado en los desempleados. A la espera de una oportunidad de trabajo.

Pensar es la pesadilla diaria. Actuar es la manía tenaz. Sentado en una silla de la sala, un enrome salón donde los aglomerados no guardaban silencio. Donde el vaho de todos salía materializado y flotaba en el techo opacando las pantallas. Los televisores transmitían talk shows, alguien en la misma fila de sillas decía en silencio que ojalá pusieran el partido de tal, o los resúmenes de otro, los otros solo decían mmm. Yo estaba callado, pensando en que había unos cuarenta y tres números frente a mí. ¿Cómo? Pues había una pantalla con números, iban en el 740. Qué fortuna, no se me había hecho tarde. Tenía tiempo. Un anuncio de televisión decía que había remate de cerveza en el supermercado local. Hasta agotar existencia, ser mayor de edad para consumir bebidas alcohólicas. Los dos billetes en mi cartera no daban para más que un café, debía elegir entre una cerveza o una taza de café, ojalá y un churro. Opté por el azúcar y la cafeína. Salí de nuevo, en la esquina estaba el truck de Alí, donde aunque tenía una deuda atrasada, el buen árabe me daba crédito, siempre con el pendiente de que le comprobara que explotaba mis neuronas buscando empleo. Hola, Alí, buenos días. Dame un café. Un gracias y me quedé con la sensación espumosa de la levadura y el olor a barniz y laca de la barra en El cuervo, el bar local. No se permite la entrada con alimentos al edificio, así que me senté en la acera, junto a la estatua de Jorge Manila, el fundador del sindicato, a disfrutar de mi café y el churro. Mi suerte había cambiado por fin y tenía que planear como solucionar mis cuestiones económicas y como administrar los primeros pagos. Un sobro. Una mordida al churro. Pero aun no tengo empleo. Me arrepentí de gastar los dos billetes. El humo del café me recordó las palabras de Juan Carlos, aquel amigo del bachillerato, un cadáver es excitante cuando lo palmas y sientes que la vida se le ha desprendido. ¿Acaso era yo un cadáver? ¿Me estaré separando de esta vida? Se palpa la fragilidad de su anatomía ante lo inevitable y poderoso que es el sentido frágil de la existencia. Ese Juanito tan loco. Sexualmente, entrelacé esa anécdota de mi amigo el médico con la de cuando toqué la pantorrilla de mi abuelo muerto en mayo de 1995. La mancha de mis huellas dactilares que se corrió por la bastilla de su pantalón y la temblorosa mano que no me dejó en paz por cinco semanas. El odio es el último en morir, me decía Juan Carlos. ¿O sea que me escuchan si les habló? El odio, no el oído. Yo supe que me escuchaban siempre en la clase de asesoramiento y motivación personal. Si la medicina te acerca más a la muerte, eres un sepulturero. No es así, la pospones y mientras llegas te recibe con honores. Entones para que perder el tiempo, pon tu nombre en esa lista de una vez por todas, gritó. ¿Será que morir, es como que estás en la lista desde hace muchos años? Según Juan Carlos, si le toqué la pantorrilla a mi abuelo muerto, algo de mí quedó plasmado en las marquesinas de la superstición.

Ocho días pasaron. Llegué a las instalaciones de las Oficinas de Parques y Recreación Urbana. Pregunté por el supervisor a dos jardineros que barrían una montaña de hojas mojadas. Olía mal el parque y el olor se quedaba en el paladar. El supervisor me atendió en su tráiler oficina, pertenece a la firma de una compañía de mantenimiento, empleador para limpiar parques, me garantizó un sueldo decente. La incrustada bandera de empleadores nacionales es la prestación de labores de mantenimiento durante el otoño. Millones de hojas al morir tapan el sistema de alcantarillado y somos siete los afortunados en esa lista para recibir unos números en un papel por limpiarlas. Son lomas de hojas, nunca secas. Las callejuelas y el alcantarillado del parque son tapadas y obstruyen el flujo vehicular, peatonal; y provocan inundaciones eternas. Por ende el mal olor del parque. Parque Monumental General Cristo Larrañaga. Nos daban media hora de descanso para el almuerzo, a las doce. Nada mal. El café era gratuito, amigo, peor es mucho, me dijo el supervisor. Estaba sentado detrás de una mesa en muy malas condiciones, que a veces le sirve de escritorio y a veces de silla. El sudor que le corría por la espalda se le pegó a la sudadera cuando se la puso, y los tres mantos de algodón pesaban mucho sobre su pecho cuando se abrochó el overol. Me dio uno a mí también, grueso, y al menos dos tallas más grandes; pero eso es mucho más tranquilizante para no escuchar los reproches de Rocío que al fin respiraba tranquila frente a una estufa con leña y un café con leche, gracias al salario. Su plancha la hemos rescatado del Monte de Piedad y ha vuelto a sus planchadas, gana poco pero con eso compramos leña y a veces gas. Tuvimos por fin pan y frijoles, a veces hubo un poco de queso, cuando me fue bien y entre los millares de hojas apareció una moneda.

En menos de un mes laborando en las lomas de ese parque, vi ratas devorar ardillas, debajo de los columpios o en las coladeras, las muy tontas ya no inviernan aquí y es muy fácil cazarlas. Hay un halcón que sobrevuela las copas, es muy vivo y caza lo que se le ponga enfrente, caza una ardilla al día. A veces come gatos y cuando le va mal se echa una paloma. De vez en cuando confundes a un gato con una pantera, es gordo, y se lo llevaba también al bufet que se desgarró con un par de perros. El canto de los pájaros me recordó por muchos días tanto la soledad de la habitación, cuando Rocío se iba a casa de la madrastra porque el embarazo y la pobreza siempre fueron nuestro obstáculo. Para vivir bien. El canto era tan solitario y su eco se me metía por los costados y las entrañas me vibraban con un llanto ahogado. Sin poder llorar por mi Rocio, mi nena. Si tan solo ella hubiera botado esos fetos en el alcantarillado de este parque seguro el mapache que sale por las noches les hubieran dado buen uso culinario. Hay un mapache, gigante, parece un perro. Ese prefería a las palomas, no se atrevía a robarle un trozo de ardilla al halcón. Enemigos, había un tratado entre ellos, el mapache de noche y el halcón de día y el odio los hacía respetarse. Sería que las plumas le eran más placenteras al mapache, el pelaje, quizá lo haría sentir que comía un parentesco, un acto caníbal, predador, al menos para digerir. Pero la carne de ardilla tiene más grasa, es más suave también, y tiene más vísceras que una paloma.

Con la música de los pajaritos mis pensamientos se proyectaban en el suelo cuando el agua de las lluvias corría por esas pistas. Podía ver los fetos que Rocío botó en la coladera rodar por las aceras arrastradas por la corriente rumbo a otra coladera, y la rejilla los detenía y luchaban por no ser tragados por la cloaca. Rodaban los chiquitos encueraditos, pálidos (muy blanca la piel, venosa) y sin pelo. Si bien las hojas que barríamos a diario ocultaban un incontable desperdicio animal. Humedad y hedor a montaña. Siempre había sangre que salía del asfalto y corría en la corriente de agua formando un riachuelo directo al caño. La necrofilia en el parque. La paloma que sobrevivió al mapache de noche y cuando ese día el halcón estaba ocupado picoteando los ojos de un gatito, la vi yo primero, estaba pisando a otra paloma muerta, tendría minutos de haber fallecido. La pisaba y la pisaba. Me detuve a mirar, recargué mi escoba en un árbol y me quité los guantes, las manos me sudaban, las tenía arrugadas como un viejo, empapadas y blancas. Al principio pensé que se trataba de algo normal en su comportamiento. Yo no sé nada de palomas. Pensé que solo la estaba pisando. Un viejo pordiosero pasó por ahí y al ver el espectáculo se detuvo, buscó tambaleándose una piedra, les lanzó esa piedra. Las alas de la paloma se alborotaron y se pintaron de azul cuando levantó el vuelo, el cielo ese día era un azul helado. Pero no fue suficiente, regresó a pisar más. La muerte se llevaba a su víctima. Estaba muerta, la paloma blanca estaba muerta y esa negra se la estaba violando. Eso es necrofilia, le dije al pordiosero. Necro…¿qué?, dijo sin mirarme, recogía otra piedra…filia…Necrofilia. En los animales no existe eso, dijo y lanzó el proyectil. Las alas se alborotaron pero las patas no soltaron el plumaje muerto. Pues ahí la tienes, admírala lo más que puedas. Se iba hinchando, estaba aun caliente; con ese frío de otoño no hay diferencia, la paloma muerta se aferraba a un calor, su calor, y la otra la violaba. Ya no será necesario pisarla. Y si se fecunda ¿quedará preñada por unos cortos momentos de vida, los últimos que le quedan? Puede ser –dije– depende la ciencia. Ciencia, no seas tonto, ladró y se rindió con las piedras. Se marchó decepcionado. Qué sabes tú, barre mejor y deja que las putas palomas sean felices. Y volvió ese pensamiento materializado a recordarme que en la facultad de medicina los pasantes son fuertes de estómago, para tocar cadáveres. Así les ven todo por dentro, arterias y tejido. Algo elástico y sensible, me contaba Juan Carlos. De muerto las huellas ya no marcan más que la tinta en las fosas comunes. Carta sobre el dedo pulgar que anota en la lista de los restos. Si fuiste feliz en la vida, te queman solo, si fuiste una mierda te mandan a la universidad a que seas violado por los pasantes. El dedo es un órgano sexual, funge mejor que los otros. Necrofilia. Eso es necro…¿qué?

Una tarde después de que había llovido toda la mañana, abrimos las alcantarillas que se habían tapado con hojas. El apeste, ya lo conocía entonces, el de las violaciones animales. Apaleamos por dos horas seguidas removiendo las hojas que obstruían las tuberías. Barrimos y amontonamos tres montañas de hoja. A la hora del café, quince minutos de descanso, llegó el patrón. Con él venía un hombre, iba vestido con overol, el nuevo integrante. Se acercaron y nos saludaron. Para mi sorpresa, el nuevo era González, aquel tipo raro de bigote antiguo que conocí en las oficinas del sindicato. Nos saludamos y le dio gusto verme. A mí no mucho, si dividíamos las labores, todos tendríamos menos que hacer, y era una tregua que no nos beneficiaba. Hola amigo, ¿cómo le va?. Bien. Y terminó el descanso, le dimos una pala y le enseñé el trabajo todo ese rato, hasta la hora del almuerzo. González despreció de inmediato la cantidad de animales muertos que escupían las coladeras. Pero demostró tener mejor estómago que yo. Cuando la alcantarilla estaba más limpia y el agua comenzó a correr con más facilidad y sin inundar las pista, encontramos un trozo de brazo humano descansando entre la oscuridad del tubo. Estaba doblado y por eso la corriente no lo arrastraba, era como si el mismo brazo se estuviera aferrando al tuvo para no ser tragado por el caño. Como los fetos. El miembro tenía los dedos retorcidos y vestía un pedazo de chaqueta cubriendo la extremidad donde por las orlas se veía un muñón rojo. González lo tomó y lo arrojó fuera del tubo así la corriente fluyó mejor. El capataz nos ordenó alejarnos del brazo para que las autoridades pudieran investigar. No se lo llevarán, tienen que averiguar como llegó aquí, y acordonamos la zona para identificarla; después llamó al supervisor. Las autoridades llegaron a los veinte minutos. El mapache ha hecho de las suyas, dijo. Afuera en los periódicos se divulgó que el brazo era de mujer. No es la primera vez, dijo uno de los obreros encargado del desaguadero. Este desagüe traga mierda y humanos. El supervisor que llevaba mucho tiempo bajo el empleo nos contó, –trago de cerveza, escupida, calada al cigarrillo, su rostro se iluminó de humo– que años atrás encontró a una mujer violada en la alcantarilla Este, a la altura de la avenida Roble. La alcantarilla de este parque mordisquea de todo noche tras noche. La policía no le ha podido echar el guante encima, la puta alcantarilla es enorme. ¿Y por qué come humanos?, me atreví a preguntar. Hubo un silencio en la barra de El Cuervo, estábamos el supervisor, González, el capataz y dos de los otros barrenderos; escuché detrás de mí que alguien burlonamente tosió. El supervisor dio otro trago a su cerveza y sin mirarme dijo, Es la carne, es más dura. Nadie dijo nada más. González encendió un cigarrillo, escupió a un lado de la barra y pidió otra cerveza. El capataz se retiró al baño y el supervisor se quedó como hipnotizado mirando el espejo detrás del bar. Y el recuerdo de mi mano tocando la pantorrilla de mi abuelo, de mi abuelo cadáver, aquel 1995, regresó; me he prohibido entender porque cada que hay una muerte pienso en ese momento. Por la noche le conté todo a Rocío, todo lo del mapache. Pero no entendió. ¿Por qué lo hace?, preguntó. Le respondí con otra pregunta. ¿Qué pasó con los fetos que botaste? Me dio la espalda, sus brazos se cortaron entre la figura de la olla de los frijoles, no me respondió. Es imposible que se hayan crecido en las alcantarillas, le dije, con una voz como si no hubiera salido de mí. Con una lengua larga y pastosa, colmillos de fuera y sudando por las encías. Hasta la piel se me crispó de solo imaginar. El mapache seguramente no los hubiera encontrado. El halcón…ese sí que es más astuto y puede que aunque estuvieran en la alcantarilla los hubiera visto. Pero no hubieran llegado a más de dos meses vivos. No me había dado cuenta que mis pensamientos se estaban haciendo audibles y Rocío me gritó que me callara el hocico y me lanzó la cuchara de madera con la que movía los frijoles. Si no me muevo, me descalabra. La cuchara sacaba humo de lo caliente y aun en el suelo yo la veía manchada, manchando el suelo, como el brazo en la alcantarilla.

Dormidos, Rocío tuvo pesadillas y no me dejó descansar. En el techo me la pasé viendo un montaje de proyecciones; más hojas y el otoño se termina, agua de riachuelo rojo, hielo negro, árboles blancos, mapaches cachorros recién nacidos, ardillas voladoras que peleaban con palomas. Ratas revolcándose en nidos manchadas de leche de rata. Y vi al halcón de pie, vestido con un overol como el mío, sujetando con su ala una pistola para matar al mapache. Las voces de Gerardo González y Juan Carlos me calmaron, uno hablando de medicina y el otro de una lista de nombres para trabajar. Hasta que caí en el sueño. Ya no hubo papeles con números que dieran para la leña y el café. En el parque las lluvias maltrataban tanto el asfalto y la sal preparada para las nevadas corroía las tuberías, que tuvieron que contratar a expertos para reparar los daños. Hubo que sacar hojas y hojas atoradas en las tuberías que se taparon por el hielo. Fue lo último que hice antes de recibir otro cheque con letras rosadas, ya no había trabajo para mí en el parque. Le di tres vueltas por última vez como para despedirme. Conocí varios tipos de árboles, un olmo recto y adusto, un haya gris con sus brazos largos; cagan mucha hoja, aquí hay más trabajo para mí. No me entraba la idea de que me despidieran así nada más cuando todos los árboles cagan hojas durante el otoño y parte del invierno. Hablé de eso con el supervisor la mañana siguiente cuando me presenté a regresar el overol, limpio. El supervisor se rió en mi cara. El contrato era solo para el otoño, me dijo. Fuimos a la barra del El Cuervo y pidió dos cervezas pero pagó por una nada más. Se puso terco y adiestró su modismo muy bien, pensó astutamente lo que quería decir. Me miró pero sin mirarme, como si sus ojos me atravesaran, y me propuso. Antes le dio un trago grotesco a su cerveza. Su vaho olía a ceba rancia, por primera vez vi que le faltaba un diente, sus labios húmedos se asomaban por una barba rala sostenida por una papada que parecía de guajolote. Si encuentras al mapache, –dijo, con una voz temblorosa, con el eructo que le estaba apunto de salir– te quedas en el trabajo de por vida. Quizá fue otro de mis pensamientos. Lo miré, miré la cerveza frente a mí. No era ni medio día, no me apetecía beber. Afuera empezó a caer una llovizna que cubrió la pintura de los edificios, las ventanas del otro lado del escaparte le borraban la figura a los caminantes. Eran formas chaladas escurriéndose, de proyección animada. Las manos que palmaban la barra no eran las que manejaban el pick-up, recogían y cortaban troncos, plantaban, rascaban las entrañas de las cloacas y limpiaban las fuentes. Manos que tamborileaban. Me temblaban. ¡Uy¡ Cuando el hielo es hielo se nos entumen hasta las arrugas del culo. Nada se salva de ese mapache, le dije, ¿acaso se puede capturar?. El supervisor sonrió burlón, encendió un cigarro, después de dos caladas largas escupió. Entre humo y voz sugirió lo siguiente: Echa un brazo humano a la coladera número 32. Espera un día, dos máximo, si encuentras el brazo mordisqueado, al siguiente día pones la trampa. Yo no tengo experiencia, le dije. El supervisor no dijo nada. Pero se me vino a la mente algo. Era una oportunidad y debí tomarla. El temor hizo que me diera valor, tomé un trago de mi cerveza. Le dije: la tarea ha cambiado entonces, y depende de mi habilidad para cazar ¿depende de qué?, ladró, y luego eructó. Bueno, si agarro al mapache, usted se encargará de que los números aumenten en mi cheque, y así habrá más leña en mi estufa y más queso para mi mujer cada semana. Nos dimos la mano. Era un trato. No pensé nunca que aceptara tan rápido. Salimos del bar en silencio y cada quien se perdió bajo la llovizna.

Le conté mi plan a Rocío y se enojó. Encogió los hombros y se retiró a la mesa de planchar; planchó por el resto de la noche sin dirigirme la palabra. La tarea es sádica, no tengo ningún brazo humano para echar a la alcantarilla. Pienso en la pantorrilla de mi abuelo, del cadáver de mi abuelo, de aquel 1995. Quizá antes de mi plan un par de ardillas caigan bajo las garras del halcón y yo pueda robarme una que esté agonizando, que esté aun caliente; que el oído lo tenga vivo y escuche los chillidos que emana el halcón cuando la devora. Que escuche como el pico penetra su pelaje y le traga las entrañas. Que escuche el esófago del halcón deglutir sus pedazos. Pero mi plan es otro, y le repetí la pregunta a Rocío, qué que pasó con los fetos que botó.


Abraham García Alvarado (Ciudad de México, 1979) Novelista, cuentista. El árbol en mi pecho (Voces de Hoy 2011, MAPorrúa 2014) El hombre de tinta negra (Porrúa 2016). Profesor de inglés, estudió Estudios Latinoamericanos en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Colaborador de las revistas ViceVersa Magazine y Revista Literaria Monolito.