Hay estíos particularmente infernales,

de cosas al rojo vivo.

Por eso es bueno observar al zopilote:

detecta lo tórrido mucho antes de que aparezca.

Los viernes de Lautaro

      Los años han logrado gastar el recuerdo de Jesús Gardea. El hombre que transita sus cuentos -siempre uno, siempre todos- y lleva consigo un pozo de complejidad interior. Personajes solitarios, envueltos en sus propia miseria, sitiados por la cotidianidad. Las atmósferas en los textos casi poéticos de Gardea son sofocantes, en ellas la luz es vista a través de la luminosidad de una bola de papel tirada a la noche o por el cuerpo sudado de una mujer. Se lee a Gardea con una “ventana abierta en el pecho por donde entra el sol de otro cuerpo”.

En 1980, Joaquín Mortiz publicó Septiembre y los otros días, el segundo libro de cuentos del chihuahuense. Que haya recibido el premio Xavier Villaurrutia dice mucho. Este volumen de textos destaca por su capacidad poética, por su oralidad y por la indagación que hace el autor de la relación del hombre con animales como la muerte, la ira, la venganza y el amor. La entonación en los cuentos de Gardea es sin duda poética, llega al lirismo. La orbe narrativa de estos textos está edificada por silencios, por lluvias torrenciales, murmullos, por la irrupción mediante gritos ahogados, así como un reiterado uso de las sensaciones corporales que los personajes sufren con mucho placer. “Según Evaristo”, “Ángel de los veranos”, “El fuego en el árbol” y “Después de la lluvia” son algunos de los cuentos que componen el conjunto, todos ellos con trazos similares, con el uso de una prosa llena de sencillez cuando no es poética, de personajes hundidos, devastados, que se alimentan de calor, de lluvia, que vuelven una y otra vez a las mismas preguntas, a los mismos odios. Hombres y mujeres que no olvidan, martirizados. En esta narrativa poco hay de sátira, mas sí hay ironía ante las vicisitudes de los otros días. La ya de por sí asfixiante construcción de ambientes se une a la combinación de claroscuros que muy bien sabe manejar el autor, hay una constante batalla entre la luz y la sombra, y no sólo debido a un juego de la óptica, sino también por las pelas que existen en el lado A y el B de cada protagonista.
Acaso sean Los viernes de Lautaro y Septiembre y los otros días las mejores obras de Jesús Gardea. Si algo se le puede reprochar al autor es que mantuvo inmóvil su estilo, pocos cambios se notan en sus otras obras cuentísticas, su estilo se definió y no procuró dar un vuelco y abandonar una prosa que tan bien le funcionó.