Caminar por las calles de la Habana es una alegoría del origen. Desde la acera se perfilan las fachadas cuarteadas por el paso de un siglo de dictaduras y revoluciones fallidas. Entre barrios de aparente ruina, donde pareciera que las edificaciones se abandonaron a sí mismas para dar un tinte fantasmal que permanece, hay cientos de voces obstinadas en la escucha. Una de ellas, luminosa hasta la ceguera, dictó en el número 162 de la calle Trocadero, una de las zonas más viejas de la ciudad; ahí vivió durante cuarenta y siete años el escritor José Lezama Lima.

En complicidad con su madre, esa casa atestiguó la vida de un lector empedernido que pasaba madrugadas inmerso en el conocimiento profundo tanto de la humanidad como de sí mismo, acompañado del humo del tabaco que ni sus crisis asmáticas le impedían paladear. Durante el encierro forzado que le fue impuesto por el choque de su postura ideológica con la del régimen de la Cuba postrevolucionaria, encontró la mayor de las libertades en el proceso creativo. Su maestría para diseccionar la historia de todos los tiempos le permitió atender al dictado fiel de una de las obras mejor logradas de la literatura: Paradiso, publicada, a pesar de todas las limitantes políticas, en 1966.

La novela, un monumento poético-narrativo, es un rito iniciático, proceso mediante el cual el protagonista, José Cemí, asume su destino: convertirse en poeta. A manera de relato costumbrista, el narrador deja entrever el barroco real de la conciencia; y es que el hecho de que la prosa Lezamiana tenga esta densidad de elementos, este exceso retórico, no es gratuito, pues ¿de qué otra manera, si no en el lenguaje barroco, podría entrar el mundo en su totalidad, es decir, cada uno de los elementos que componen lo real?

El personaje del padre, José Eugenio Cemí, un coronel ejemplar, ve truncado su fin último porque la muerte se le atraviesa; en este destino incompleto surge la importancia del hijo que viene a consumar al padre. Pero para nacer hay que morir y viceversa. Durante el proceso iniciático, mayormente enfatizado en la adolescencia, el personaje asume su estirpe y la reinventa: se aleja de la milicia para penetrar en la poesía. Gracias a la presencia de Rialta, arquetipo materno, vientre cósmico, es que Cemí se encamina hacia la transformación de la conciencia, hacia el desplazamiento del Yo, hacia la resurrección. Con las palabras que su madre le desea: “una obsesión que te llevase siempre a buscar lo que se manifiesta y se oculta”, es que el poeta germina.

El sentido de lo divino se logra percibir en la realidad mediante la poesía. Por tanto, el papel del poeta, arquetipo del Hierofante, es ser el mediador entre lo sagrado y lo mundano. José Cemí se encuentra con esa fuerza desconocida que encamina al hombre hacia su deber ser, atiende el llamado. En su viaje hay dos figuras antagónicas que fungen como el choque de fuerzas necesario para que nazca el poeta: Fronesis y Foción, estudiantes con los que entabla una amistad cargada de simbolismos durante su estancia en la universidad, matriz alquímica.

Se ha delineado la tríada: el padre, el hijo y el espíritu santo. Lo apolíneo, la fuerza pasiva, el mundo de las ideas está representado en Fronesis; Foción alude a lo dionisiaco, la fuerza activa, el mundo de lo intuitivo. La apertura de la conciencia de Cemí surge al tomar su papel como fuerza equilibradora en esta triangulación. Él es el vínculo donde los contrarios armonizan. Es mediante la palabra, o principio verbal como el propio Lezama lo nombra, que el poeta logra unir muerte y vida en un renacimiento, anhelo de la unidad que se cumple, pues sólo a través de la resurrección, la dualidad desaparece.

Por medio de esta obra, Lezama Lima consigue la encarnación de la divinidad. Desciende lo sagrado mediante su poética, y de esta forma, confirma que la imagen, a través de la palabra, es la verdadera trascendencia: lo que nos une al Todo. José Cemí representa la humanidad, tan transgresora como divina, siempre matizada, sin negar su propia sombra. Paradiso es el lugar donde lo divino y lo real convergen, donde el tiempo resucita y el ser se instaura. Para habitar este libro es necesario ir más allá de los géneros y tiempos narrativos, de la religiosidad mal entendida y de la política banalizada; no se puede ser reduccionista ni limitarlo a lo autobiográfico o entenderlo como una apología de la homosexualidad. No, esta obra es la tesis del hombre como ser para la resurrección. Paradiso es una cosmogonía, una codificación del origen. Un tratado donde están las leyes generales que rigen tanto al mundo físico como al espiritual. Todo esto que pudiera parecer la narrativa arrogante de un hombre y su erudición, es la maestría de poder nombrar de qué va la vida, lo que hay delante y lo que hay detrás.

 


Elena G. Moncayo (Ciudad de México, 1987). Es licenciada en Ciencias de la comunicación. Estudió el diplomado en Creación Literaria de la Escuela Mexicana de Escritores donde se especializó en cuento. Fue invitada a participar en el 5to y 6to Festival Sinfónico Universitario UATx en la ciudad de Tlaxcala, con su propuesta Ficción Sonora donde leyó algunos de sus cuentos acompañada por el ensamble musical Amicitia.