En el idioma alemán no existe el gerundio; no como una extensión natural de los verbos. Para reproducir el movimiento del presente continuo hay que parar en seco el ritmo de los pensamientos e insertar de improviso una partícula externa que paradójicamente no refiere al tiempo sino al espacio. Entre otras cosas gerade significa derecho, recto, plano o liso. El penoso episodio se puede evitar agregando completos como “ahora” o “en este momento”, pero la sensación será distinta y el extravío se hará más evidente. Lo mejor será usarlo con indiferencia, como las frases de afecto que soltamos por compromiso o por costumbre. No valen, no comprometen, no significan, pero nos ayudan a esquivar preguntas directas sin exponernos demasiado. Es simple y maquinal. Sólo hay que estirar la mano y tomar alguno de los de los múltiples ejemplos que diariamente nos salen al paso, pequeños y dulces, como bayas silvestres; basta con sostenerlos entre los dientes y exprimirlos un poquito para hacerlos estallar, aunque chillen, como ratas.

Pero los lenguajes se vengan de quienes no los conocen ni se toman la molestia, y el alemán, en especial, es cruel en la revancha: tuve que perder mucho tiempo deambulando por los pasillos de ese laberinto bizantino para dejar de buscar equivalencias, o mejor dicho, para comprender que el intercambio entre las lenguas es una ficción, un cuento medieval cuya trama comienza con la ejecución pública del sentido originario y se propaga de boca en boca hasta convertirse en mito o en rumor. Que exista no significa que sea verdadera, ni prueba que los seres humanos, por el hecho de serlo, digan siempre las mismas cosas aunque usen distintas palabras.

Dice Octavio Paz, no como poeta sino como traductor, que “las lenguas que nos sirven para comunicarnos, también nos encierran en una maya invisible de sonidos y significados”. En este sentido, cada tomo vertido a otro idioma es una mera aproximación, un ejercicio paralelo que no deja de evocar al original pero que tampoco pueden reemplazarlo. En medio de la confusión babélica hasta el mismo Goethe para en seco al no poder utilizar la palabra Wort cuando intenta traducir lo que los ancestros vieron en el principio, cuando la palabra fue. Sabe que los pensamientos originales jamás podrán surgir en otra gramática sin pasa por una reconfiguración esencial, que ya nada nos asegura que seguimos hablando de lo mismo. ¿Y qué decir de nosotros, los confinados a contemplar los versos de Celan desde un universo lingüístico que se entretejió del otro lado del mar? Entre lo kitsch y lo volcánico se nos atasca el proceso de trasplantar ideas que han abierto boquetes en la tierra. No nos faltan los sustantivos, sino el secreto de su combinación.

Quizá por ello, en una oda al horrible idioma alemán, Mark Twain propone que se éste sea presentado, “amable y respetuosamente, como una de las lenguas muertas, pues sólo los muertos tienen suficiente tiempo para aprenderla.” Y en parte tiene razón. Aquí no basta con aprender una palabra para poder utilizarla. Hay que dominar sus infinitas hileras que rebosan de consonantes, sus ocho vocales en lugar de cinco, sus flancos hexagonales que declinan en cuatro casos, tres géneros, dos números y una irrisoria manía por coronar todos los sustantivos con una gran letra mayúscula. Podría ser peor, pienso, y me mantengo cerca de Borges, el tímido admirador que se limita a escribirle poemas de noche y lo compara con la suerte de un amor tardío. Pero luego me pregunto ¿de quién se ha enamorado Borges esta vez?, ¿por qué llama “dulce lengua” a esa “jungla de declinaciones”?  Ah, si tan sólo supiera alemán podría diferenciar entre una femme fatale y una reina drag. Pero ni siquiera mi nombre sé pronunciar en ese idioma:

Todos, todos menos yo—

      todos, todos menos yo—

hablan alemán.

Ahora lo mío con el alemán es algo distinto. Ahora es él quien habla por mí. Yo sólo me limito a balbucear esos sonidos extranjeros esperando a que alguien los descifre y me responda desde esa otra orilla. Hace mucho que me di por vencida: me volví el amante pasivo, el intelectual amanerado, la princesa hastiada en espera de un acto de amor. Pero aún después de perder cada batalla contra el monstruo ágil de la lengua viva, insisto junto con Lessing y Jarell: si Dios me diera a escoger entre el alemán y aprender el alemán, le diría: ¡Quédese con su alemán!

 

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