Nada como crearse una leyenda de poeta maldito para atraer las miradas de los escasos lectores de poesía que existen en el mundo. O eso dicen. Nada como encerrarte durante años diciendo que estás loco, que eres esquizofrénico y que además escribes poesía para que las más importantes editoriales de tu país quieran publicar tus balbuceos pletóricos de imágenes oscuras que nadie entiende. Eso dicen las malas lenguas. Eso es lo que los ayudo a triunfar en el mundo de la literatura, en el mundo de la poesía, dicen algunos críticos. Porque las leyendas negras, construidas a partir del malditismo, de las drogas, de la locura ayudan a vender más libros que el ser un poeta exquisito, dicen algunos críticos.

Pero esos críticos olvidan o pretenden olvidar que Leopoldo María Panero fue miembro de una de las generaciones poéticas más importantes del siglo XX de su país, perteneció, al mismo tiempo, a una de las familias intelectuales y poéticas más importantes de su país. Pero para esos críticos eso no lo hace grande e importante. Tampoco el hecho de que escribió como un poseso, como un obsesivo durante los largos años de encierro en los varios centros de salud en donde estuvo recluido. No, eso tampoco lo hace importante. Lo que lo hace famoso, según estas voces críticas, es su leyenda negra, su supuesta locura. Eso es lo hace ser un poeta famoso. Aunque ¿qué es ser un poeta famoso en un mundo en donde nadie lee poesía?

Durante años he escuchado la voz de algunos críticos mexicanos que dicen que un autor no merece ser conocido por los lectores cuando su leyenda es más importante que su obra. Las leyendas negras anteceden en muchas ocasiones a la lectura de una obra, es probable. Pero ¿Toda esa legión de lectores se queda solo porque una obra habla de putas y borrachos? Desde mi punto de vista no es así, es ahí en donde entra el poder de una obra, el placer que esa obra, maldita o no, les puede dar a posibles los lectores.

La leyenda de la locura antecede en muchos casos a la lectura de la obra del poeta español Leopoldo María Panero (1942-2014). Una obra vasta, intensa, una obra que sí, bordea los límites de la locura, pero también los límites de la vida cotidiana. Panero pertenece a una familia de escritores y periodistas, cuyo padre, el también poeta Leopoldo Panero, fue considerado el poeta del régimen franquista. Una definición que sin duda marcaría la vida y la obra de sus hijos, que tendrían que definirse dentro del ámbito literario a partir de este calificativo.

Su segundo Leopoldo María (el primero fue el también poeta Juan Luis Panero fallecido en 2013), se acercaría en su primera juventud al Partico Comunista español, clandestino por aquellos años. Un hecho que marcaría su vida y su obra, sin duda. Pero también la relación con su familia y con su padre. Este acercamiento político llevaría a Leopoldo María a visitar por primera vez las cárceles del régimen de Francisco Franco, una experiencia que no debería tener nada de agradable ni de romántico.

Después estarían las drogas, pues todo sin estas no hay ninguna leyenda negra que se sostenga. Sin embargo, Leopoldo María lograría escribir un libro tremendo titulado “Heroína y otros poemas” en 1992 sobre sus experiencias con la heroína, un libro descarnado, como casi toda la obra de Panero. Un libro que recorre la brutalidad y el placer que pueden llegar a conocer los adictos a esta droga.

Drogas y locura, que más se necesita para tener una leyenda negra. Una leyenda que lo antecede y lo cubre todo, menos una poesía al mismo tiempo es descarnada y profundamente humana, una obra a ratos ingenua, a ratos terrible, una obra que tiene siempre un pie en la profundidad del ser humano, siempre indagando en eso que nos hace específicamente humanos:

 

oh dejadme besar este humo que se deshace
este mundo que me acoge sin preguntarme nada este
mundo de titíes disecados
morir en brazos de la niebla
morir sí, aquí, donde todo es nieve o silencio
que mi pecho ardiente expire tras de un beso a lo que
es sólo aire
más allá el viento es una guitarra poderosa pero él no
nos llama
dejadme entonces besar este astro apagado traspasar el
espejo y llegar así adonde ni siquiera el suspiro es
posible
donde sólo unos labios inmóviles
ya no dicen o sueñan […]

 

Nos dice el poema “20 000 leguas de viaje submarino”, en donde podemos leer sobre la búsqueda eterna de Panero. Esa búsqueda que se encuentra delimitada por el fin, por el ocaso, por el límite, por la búsqueda de la oscuridad y de la muerte.

Pocos poetas contemporáneos se pueden apreciar de tener una palabra que taladre los cimientos de la vida aburguesada que hemos construido en los últimos años. Una vida que para Panero no significaba nada, porque la vida verdadera estaba encerrada entre los muros de los manicomios, esos muros que lo encerraban pero que al mismo tiempo lo acogían y lo cuidaban.

Sin duda todo en la vida de un gran artista es paradójico, extraño, todo parece suceder porque hay un mensaje oculto en sus más mínimas acciones, en sus más mínimos gestos. 1968 fue un año determinante en la vida de Leopoldo María como nos dice el periodista español Javier Rodríguez Marcos en la nota que escribió para el periódico El País hace dos años hablando del fallecimiento del poeta iluminado: “1968 fue el año de su primer libro, de su primer intento de suicidio, de su ingreso en el Instituto Frenopatico de Barcelona y de su paso por la cárcel de Carabanchel, después de lo detuvieran en Madrid junto a Eduardo Haro Ibars por consumo de marihuana y le aplicaran la ley de Vagos y Maleantes.”

Un año para entender toda una vida, un año para entender como vivía Leopoldo María Panero su propia vida: con intensidad y con furia, como un hombre que se sabía condenado y que sabía que su única libertad estaba en la escritura, en la poesía, en la traducción de esos símbolos oscuros que solo él entendía, que sólo él podía descifrar.

Poesía y locura son lo mismo, no se pueden entender por separado, no hay límites para la locura, excepto la palabra, excepto la cordura de esos otros hombres que también habitan el mundo señalando a todos aquellos que se han perdido en sus delirios y no son productivos y no sirven para la vida cotidiana:

¡ah el sórdido, el
viscoso templo de lo humano
!

Como diría el mismo Panero en el poema “Glosa a un epitafio (Carta al padre)”.

Lo humano, eso que nos aleja del cielo y del infierno, eso que no nos deja ser dioses, ni nos permite volar como los ángeles, lo humano como diría Panero.

El escritor italiano Roberto Calasso nos recuerda que en la antigua Grecia los locos eran divinos, porque solo ellos podían hablar el lenguaje de los dioses. Pero también debemos recordar que en la república ideal de Platón los poetas debían ser expulsados. Acá la doble paradoja de Panero: divino y expulsado.

Los poetas no pueden vivir en esas calles de ciudadanos cuerdos, que salen a cumplir con sus obligaciones. Lo humano, lo terriblemente humano, es de eso de lo que Panero quería huir, quería escapar, y no encontraría mejor lugar para eso que el manicomio. Para huir de nosotros, los humanos, sus lectores, estos lectores que nos apropiamos de la vida de los artistas, los chupamos para intentar convertirnos en ellos, en esos artistas que dislocan el mundo con su mirada, con sus palabras.

Poetas y locos, que mejor glosa para entender una obra. Sin locura no hay pasión, sin pasión no hay arte. ¿Para qué queremos el arte? ¿Para ser perfectos y deleitarnos con la pureza de la belleza? ¿O para caer sumergidos en el delirio de esa furiosa pasión que nos enseña que la vida es más que unas cuantas calles y unos cuantos muros?

La pasión deliciosa y desordenada de Panero nos abre las puertas de un mundo dionisiaco y perturbador, en donde la locura es el canto de las musas, es el eco de un lugar distinto a la monotonía, a la grisura.

Sí el arte sirve para algo es para enseñarnos la libertad de pensar diferente, es para enseñarnos la posibilidad de ser diferentes. Panero y su vida agitada e intensa nos descubrió que no es necesario recorrer el mundo para ser libres, nos enseñó que no es necesario estar cuerdos para ser felices. Yo con eso me quedo.

 

 


Javier Moro Hernández (Cd. de México, 1980) Poeta y periodista cultural. Autor del libro Mareas (Editorial Abismos, 2013) Es colaborador de las revistas electrónicas Palabras Malditas, Noiselab, Bunker pop y Suplemento de libros y colaborador del periódico La Jornada de Aguascalientes.